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PLAZA VIRTUAL DE ESCRITURA

5-ene-2008 - EN EL PAGO DE LOS DESEOS...





 

 

CUENTAS FALSAS*




Los cuervos negros sufren hambre de carne rosa;
En engañosa luna mi escultura reflejo,
Ellos rompen sus picos, martillando el espejo,
Y al alejarme irónica, intocada y gloriosa,
Los cuervos negros vuelan hartos de carne rosa.

Amor de burla y frío
Mármol que el tedio barnizó de fuego,
O lirio que el rubor vistió de rosa,
Siempre lo dé, Dios mío...

O rosario fecundo,
Collar vivo que encierra
La garganta del mundo.

Cadena de la tierra,
Constelación caída.

O rosario imantado de serpientes,
Glisa hasta el fin entre mis dedos sabios,
Que en tu sonrisa de cincuenta dientes
Con un gran beso se prendió mi vida:
Una rosa de labios.



*De Delmira Agustini.
-Fuente:
http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm







EN EL PAGO DE LOS DESEOS...






Buscando el lugar de los Deseos*




*Por Maria Bar 
mariabarleiva@yahoo.es



El otro día me encontré con Silvana y me contaba riéndose que por durante
muchos años se había trasladado a Pago de los Deseos  - Departamento Saladas
de la Provincia de Corrientes - por cuestiones laborales. Y a raíz de la
difusión mediática[1] de las acciones privadas de 6 - seis - mujeres
maestras, ella - riéndose - me decía cómo puede ser que nunca me invitaron!
Los comentarios siguieron en esa línea y luego nos despedimos. Más allá de
sonrisas conducentes a formas que alientan las fantasías sexuales, todo
hecho merece ser contextualizado.
Entonces leo, conservando casi como un regalo de primavera, el 21 de
Septiembre de éste año, el diario El Libertador [2] publica los resultados
de la encuesta realizada por el INDEC en la Capital correntina, diciendo que
La pobreza alcanza al 40,2% en la Provincia, aclarando que en el país éste
mismo índice alcanza al 23,4 %. Reproduzco - parcialmente - la nota de dicho
Informe: De cada diez correntinos que andan por la calle, cuatro de ellos
son pobres. Es una de las formas de expresar el índice oficial que dio a
conocer ayer el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), que
señala que el 40,2 por ciento de la población de Corrientes vive en la
pobreza, una cifra que casi duplica a la media nacional, ubicada en el 23,4
por ciento en el primer semestre del año.
Entonces me digo que tal vez no comprenda algunos mecanismos de la economía,
pero me encuentro con otro Informe elaborado en base a datos publicados por
el Ministerio de Economía de la Nación para el tercer trimestre del año
2007, que dice que: la región NEA es la que el mayor índice de endeudamiento
registra en relación con los Recursos Totales que maneja. Asimismo
disminuyó, porcentualmente la financiación privada, con respecto a la
financiación pública.[3]
Pero además Javier Lindenboin en una entrevista que mantiene con Jorge
Alperín en Pagina 12, [4] dice que la distribución del ingreso es el tema
decisivo de la vida social, pero no logra ocupar ese lugar en el debate
político. Continúa diciendo que eran muchos - y se incluye - los que habían
realizado diagnósticos erróneos en la última década cuando sostenían que la
pobreza y la desigualdad venían de la mano del desempleo. Sin embargo acota
que ahora ha bajado significativamente el desempleo, pero se sigue siendo
desiguales, y persiste la alta pobreza. Es  momento de preguntarse si el
problema no deriva de otras cosas, a las cuales ayudó el desempleo. Por
ejemplo, pensar cómo se retribuyen los actores económicos que participan en
la creación de la riqueza. Ese es el motivo por el cual yo pongo tanto el
acento en que discutir el reparto según la participación que cada uno tiene
en la economía.
Lindemboin aclara que lo que se llama "distribución del ingreso" encierra,
al menos, dos momentos, dos procesos:
-distribución primaria es la que asigna a los dos factores básicos
entre el empresario o propietario de la empresa y del capital,  La forma
aparente es que el empresario le paga un salario producto de un acuerdo, un
convenio, una resolución legal, etc. Pero, en el fondo, le paga de acuerdo a
la productividad marginal que el trabajo tiene.
-el trabajador,
distribución secundaria, realizada a través de la intervención del Estado.
Capta ingresos a través de impuestos, distintos tipos de impuestos, y los
utiliza con criterios que en cada Estado varían.
.En el momento en que se producen los bienes, se determina qué parte le
queda a cada uno bajo la forma institucional que en ese momento rija. Esa es
la distribución primaria. Ahí se define cuánta gente tiene trabajo, pero
gana poco, y cuánta gente se lleva el resto.
La cuestión es cómo acontece la vida económica en nuestra sociedad, tal que
año tras año a los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para
vivir, mientras que los que tienen la posibilidad de vivir de alguna forma
de renta de capital están cada vez mejor. Eso es comprensible para algunos
que tienen preocupación por estos temas, pero para el común de la gente no.
Y muchas veces los medios tampoco ayudan a dilucidarlo. Todo eso lleva a que
estas cosas no tengan prensa. A mí me llamaban muy a menudo los periodistas
cuando las tasas de desempleo eran muy altas. Pero, cuando el desempleo
empezó a caer, también cayó el interés de los medios en el tema y cada vez
llamaron menos. ¿Por qué? Porque periodísticamente se supone que no es
noticia de impacto que caiga el desempleo. Y no es por criticar al
periodismo. Simplemente, hay cosas del funcionamiento de la sociedad que
quedan fuera de la vista cotidiana.
Disculpen si uso productos o trabajos de otros, lo que sucede es que creo
que la autoridad intelectual de Lindemboin merece traerlo. Y como para
volver a los hechos convocantes de éste escrito, me resuenan las siguientes
cuestiones:
a)  El profundo y delicado problema de la inequidad que genera la
distribución del ingreso
b)  La cuestión es cómo acontece la vida económica en nuestra sociedad, tal
que año tras año a los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para
vivir, mientras que los que tienen la posibilidad de vivir de alguna forma
de renta de capital están cada vez mejor.
Y tratando de regresar al tema generado desde un Paraje cuyo nombre promueve
y alienta el disfrute, propio de todo deseo humano, me resonaba una noticia
en relación al hecho: Los maridos de las maestras buscan al chofer que las
llevaba a Pago de los Deseos[5], e inmediatamente me dije: ¿para qué? Y que
las parejas de ésta mujeres me disculpen, pero me figuré un encuentro entre
ellos, en el que cada marido enloquecedora y sucesivamente preguntaba al -
ahora famoso - chofer de la combi, cuál había sido su fórmula. Lo que tal
vez ni él, sepa. Pero por algo suceden los hechos y seguro tienen relación
con el proceso de distribución primaria que explicaba Lindemboin, cuando se
refería a la gente que trabaja, pero gana poco. Y ello permite deducir que a
los sectores que viven de su trabajo no les alcanza para vivir. Esto último
no les alcanza para vivir no significa acaso guardar cotidianamente la rabia
que produce no acceder a bienes materiales, culturales, recreativos, etc. Y
sé - tratando de superar cortas y perversas especulaciones - que cuando se
engloba en una frase bienes materiales, no se nombra explícitamente al
hambre que muchas veces se siente al ir a dormir, o la imposibilidad de
adquirir la zapatilla al hijo o una buena lencería sugerente y atractiva.
También parece que cuando uno dice bienes culturales, no menciona
directamente a los libros, películas, concurrencia a congresos, a la
producción artística o deportiva, etc.  Da la impresión que sucede lo mismo
cuando uno se refiere a los bienes recreativos, ya que generalmente no se
habla cuanto de salud mental incorpora una familia entera cuando puede ir al
mar, a la montaña, al menos 15 días en un año.
Nada de esto pueden hacer las familias pobres y pareciera que la
insatisfacción, cotidiana y brutalmente naturalizada, van creando las
condiciones que hacen desaparecer al deseo, en todos sus sentidos posibles.
Se puede creer que todo ello va configurando los vacíos sociales,
culturales, existenciales, etc., y el Tete Francisco Romero diría que da
lugar al Culturicidio. Y más allá de los factores que van produciendo éstos
hechos, el principal desafío es reconocerlos, contextualizarlos,
vincularlos, etc., aportando alguna línea que permita interpretarlos.
Y hablando de contextos, puedo visualizar el Interior de Corrientes, que
llama con sus indicadores, que reflejan también los deseos que se mueven
alrededor de Corrientes, Provincia claramente desigual. En ésta provincia
querida - y en particular éste año -  ha mostrado realidades feroces y en
especial con historia de niños:
·      ese niño quien tal vez marcado por el deseo nacido en  una eventual
influencia de la mano dura, no ha hecho otra cosa que matar a un compañero
de clases. La vida de un semejante.o desigual?, aquí cerca en Ituzaingó.
·      lo ocurrido con y alrededor de Ramoncito, en Mercedes (que también
nos muestra la morbosidad de ciertos medios de comunicación social,[6]
cuando exhiben las fotos del cuerpo, que alguna vez fue requerido desde el
deseo).
·      Y Romina, niña de apenas 11 años, quien seguro se paseó por las
barrancas que hicieron famosa a Empedrado, localidad que hoy cobra
notoriedad por su cuerpo - depositario de un perverso deseo violado, tirado.
Alguien dirá que tres o cuatro hechos no representan a la totalidad, sin
embargo creo algo se mueve en Corrientes, desde adentro, incluyendo a sus
niños y a quienes los educan.
Siento que algo nuevo rompe viejas convenciones intelectuales que no nos
permiten entender lo que está sucediendo al lado nuestro. Habría que
trabajar denodadamente para construir solidaria y cotidianamente una
Provincia menos desigual, lo que - seguro - no sólo nos salvará de la
muerte, sino que habremos encontrado el lugar de los deseos.


Notas:
[1]
http://www.minutouno.com/1/hoy/article/%C2%A1Qu%C3%A9-maestras!:-En-medio-del-esc%C3%A1ndalo-sexual-las-profesoras-infieles-defienden-su-intimidad%5Eid_62830.htm
[2] www.diarioellibertador.com.ar - Edición Digital Corrientes, Viernes 21
de Septiembre de 2007 - Año 4 Edición N ° 1672
[3]
www.morarandu.com del 5 de diciembre de 2007
[4]
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-89615-2007-08-12.html
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-89615-2007-08-12.html
[5] http://www.corrientesonline.com/  del 22 de Diciembre del 2007
[6] 
http://www.corrientesenelaire.com.ar/?galeria=265





CUENTAS DE MÁRMOL*



Yo, la estatua de mármol con cabeza de fuego,
Apagando mis sienes en frío y blanco ruego...

Engarzad en un gesto de palmera o de astro
Vuestro cuerpo, esa hipnótica alhaja de alabastro
Tallada a besos puros y bruñida en la edad;
Sereno, tal habiendo la luna por coraza;
Blanco, más que si fuerais la espuma de la Raza,
Y desde el tabernáculo de vuestra castidad,
Nevad a mí los lises hondos de vuestra alma
Mi sombra besará vuestro manto de calma,
Que creciendo, creciendo me envolverá con Vos;
Luego será mi carne en la vuestra perdida...
Luego será mi alma en la vuestra diluida...
Luego será la gloria... y, ¡seremos un dios!
-Amor de blanco y frío,
Amor de estatuas, lirios, astros, dioses...
¡Tú me lo des, Dios mío!



*De Delmira Agustini.
-Fuente:
http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm






Geneviève*



En medio de la clase de física, cuando llegaba la primavera y el viento se
calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes, el Flaco Martínez, que
era el profesor más querido del colegio, tiraba la tiza sobre el escritorio
descalabrado y decía: "Y ahora, a visitar la materia". Los alumnos sabíamos
lo que quería decir. Los primeros aplausos y vivas venían de los bancos de
atrás, de los mayores que repetían por tercera vez el año y estaban en edad
de conscripción.
Guardábamos carpetas y libros y el Flaco Martínez levantaba las manos
pidiendo silencio para que el director y el celador no nos oyeran. El
director era un tipo bien trajeado que sabía manejar la sonrisa y el rigor;
estaba al tanto, pero toleraba las escapadas porque temía el desgano de los
mejores jugadores de fútbol en la gran final intercolegial de noviembre.
Era sabido que cada año apostaba su aguinaldo completo a favor de "sus
muchachos". Con la llegada de la primavera florecía también su carácter
jovial, tolerante, y la disciplina se relajaba y los exámenes eran menos
imperativos y aquellos que nos sabíamos ya integrantes del equipo nos
sentíamos con derecho a olvidar las matemáticas y la química para entrenar
en la cancha vecina.
Entonces salíamos caminando despacio, casi arrastrando los pies para no
darles envidia a los pibes de primer año que tenían matemáticas en el aula
del zaguán, la puerta entreabierta porque ya no soplaba el viento del oeste
y el silencio calmaba los nervios como un puñado de aspirinas. Por entonces
las calles no estaban pavimentadas y un viejo camión regador pasaba dos
veces por día para aquietar el polvo. Cuando el viento callaba, como aquella
tarde, el pueblo chato y gris parecía cubrirse de ruidos que no conocíamos.
El Flaco Martínez caminaba adelante, el pucho entre los labios, su pálida
cara de tuberculoso afrontando un sol dañino. Era, creo, tan pobre como
nosotros: llevaba siempre el mismo traje azul lustroso que planchaba
extendiéndolo bajo el colchón de la pensión y se ponía cualquier corbata
cortita a la que nunca le deshacía el nudo. Se decía que era timbero y
mujeriego y que por eso lo habían transferido de un respetable colegio de
Bahía Blanca a nuestro remoto establecimiento de varones solos, adonde sólo
se llegaba por castigo o por aventura.
Éramos más de veinte en el curso, pero la asistencia nunca pasaba de doce o
catorce; los mejores alumnos, serios y bien vestidos, y nosotros, los que
teníamos el boletín lleno de amonestaciones pero jugábamos bien al fútbol.
No era fácil seguir al Flaco Martínez que tenía las piernas largas como
mástiles. Subía la cuesta y encaraba por la ruta asfaltada que separaba a
los malos de los buenos ciudadanos del pueblo. Al sol, su pelo largo al
estilo de un bohemio pasado de moda se ponía rojo y todos nos dábamos cuenta
de que la física le importaba tanto como a nosotros. Pero nadie, nunca, se
animó a tutearlo. En los momentos más dramáticos de una partida de billar se
le alcanzaba la tiza acompañándola de un "señor" que jamás sonó socarrón.
Aquélla no era su tierra y estaba claro que despreciaba cada grano de arena
que respiraba o se le metía en los zapatos. Pero se había resignado a ella
como los hombres solos se resignan a las noches interminables.
Bajando la cuesta, al otro lado de la ruta, se veían esparcidas las primeras
casas cuadradas y el café con billares y barajas del turco Saúl Asir. A esa
hora, las calles del barrio estaban desiertas y sólo los camiones cargados
de manzanas pasaban dejando una polvareda que se quedaba flotando hasta que
una brisa nos la apartaba del camino y el sol volvía a cocinar las acequias
y los espinillos. En el bar, el Flaco Martínez se tomaba una sola ginebra y
nos hacía vaciar los bolsillos. Como siempre, el Rengo Mores tenía apenas lo
justo para pagarse la vuelta en ómnibus hasta Centenario, que quedaba entre
las bardas, a cuarenta kilómetros. Casi todos vivíamos lejos y atravesábamos
el río en colectivo, o en bicicleta, o colados en algún camión. Los que
faltaban a clase se habían quedado pescando cerca del puente porque todavía
no era tiempo de sacarse la ropa y tirarse a nadar.
Juntábamos el primer viernes de cada mes lo que ganábamos al truco, o en
trabajos de ocasión. El Flaco Martínez reunía los billetes y hasta alguna
moneda, agregaba lo suyo que no era mucho, y se iba a parlamentar con la
gorda Zulema que era nuestra virgen protectora. La Zulema era dulce y sabia,
paciente y comprensiva, y amaba su profesión como jamás he visto que otra
mujer la amara. No conocía el egoísmo ni las pequeñas miserias que otros
toman por virtudes. Su orgullo era la heladera eléctrica, la única de ese
costado maldecido de la ribera, que había hecho traer en un vagón de
encomiendas desde Buenos Aires. No es que alardeara de ella, ni que la
mezquinara, pero nadie tenía derecho a abrirla sin su presencia y
consentimiento.
Una noche de sopor en la que todos estuvimos de acuerdo en que llovería, la
abrió delante de mí y del Negro Orellana. Aparte de una botella de refresco
y una pechuga de pollo, había un largo collar de perlas de imitación y un
paquete de cartas envueltas en una cinta rosa. Eran fantasmas del pasado y
la Gorda Zulema quería que se conservaran frescos e intactos como un postre
de chocolate.
Hubo otra noche en que yo estaba triste, un poco borracho e impotente, y
ella me pasó la mano por la cabeza y me acarició los párpados y no me dijo
las estúpidas palabras que tenían preparadas las otras mujeres del barrio.
Me hizo sentar al borde de la cama, que era grande como una pista de baile,
apoyó su cabeza contra mi espalda para que no nos viéramos las caras y me
contó alguna cosa de su vida que nos hizo llorar a los dos mientras los
otros clientes esperaban en el vestíbulo.
Supe esa noche que se llamaba Geneviève, que era francesa de verdad y no
como otras, que arrastraban la erre para darse corte. Buscó las cartas en la
heladera. Los sobres desteñidos de tinta violeta estaban escritos con una
caligrafía varonil e imperativa. Un detalle añadía a la distancia un
reproche velado: no conforme con escribir Neuquén, Argentine, el hombre
agregaba inútilmente Patagonie, Amérique du Sud. El sobre traía ya una
sospecha de selvas o desiertos. De fin del mundo.
Geneviève se había ocultado detrás de Zulema en Buenos Aires, donde había
pasado algunos años de gloria mientras Europa se desangraba. Su contribución
al esfuerzo de guerra de sus compatriotas había sido firme y decidida: hasta
la liberación de París ningún hombre de nacionalidad alemana se tendió sobre
sus sábanas.
La decadencia y las arrugas la trajeron a nuestro pueblo y secretamente
sabía que su tierra ya estaba tan lejana como su juventud. Barajó los sobres
como si fuera a repartir las cartas y en ellas estuviera escrito el destino,
el de ella -que soñaba en vano con volver a ver el Mediterráneo- y el mío,
que alguna vez me llevaría a su Francia natal.
No habló del hombre que se quedó en el puerto de Marsella: cuando la
correspondencia dejó de llegar empaquetó el pasado y lo guardó en la
heladera, como otras mujeres lo conservan el rictus amargo de los labios.
Pero aquella tarde de primavera en que llegamos con el Flaco Martínez,
todavía no habíamos mirado la heladera por dentro ni habíamos llorado
juntos. Zulema era gorda y opulenta y Federico Fellini hubiera gustado de
ella. A su lado, el Flaco Martínez parecía una escoba abandonada junto a un
camión cisterna. Hablaron un rato sin manosear dinero ni levantar la voz. Al
otro lado de la calle nosotros esperábamos, ansiosos como si el Flaco
estuviera por tirar un penal. Un movimiento de cabeza, una risa comprensiva
de la Gorda Zulema y empezamos a saltar como si el Flaco hubiera hecho el
gol.
Tirábamos los turnos a la suerte, revoleando dos monedas a la vez y el
sistema era complicado porque la empresa era seria. Si alguien reclamaba
prioridad por su dinero, el Flaco prometía hacerle explicar la fusión de ya
no sé qué materia y el egoísta se calmaba. Después, al caer la tarde, con la
lengua desatada por la emoción, íbamos a jugar al billar a lo del Turco y
teníamos un hambre feroz y ni una moneda para un sándwich.
Cuando recuerdo aquellos años, cuando reviven las imágenes del Flaco
Martínez y de la Gorda Zulema, imagino que el corresponsal de Marsella
escribiría sus cartas temiendo que el corazón de su Geneviève se endureciera
en aquel desierto hostil. Pues no. Es hora de que ese hombre obstinado, si
vive todavía, lo sepa. Valía la pena esperarla. Aun esperarla en vano. En
aquel paisaje en el que éramos extranjeros (es decir, inocentes), todo era
irrealidad: no había elefantes que rodearan el valle, ni el avión negro de
Perón llegó nunca. Las manzanas y las vidas florecían pero las ilusiones,
como los relojes baratos que llevábamos en la muñeca, se entorpecían y
luchaban por abrirse paso entre la arenisca que volaba desde el desierto.
Hace unos años, cuando fui por última vez, mis amigos de entonces me habían
enterrado: corrió la noticia que me daba como descabezado en un accidente de
tránsito. Fue curioso ver las caras azoradas frente a una aparición de
ultratumba.
Por fin, cuando hicimos el recuento de vidas y muertes, de hazañas y
cobardías, de sueños realizados y matrimonios hechos y deshechos, pregunté
por el Flaco Martínez. "El Flaco también se murió -dijo alguien-; se fue al
sur, a Santa Cruz, y lo agarró la pulmonía, pobre Flaco."
La Zulema era un recuerdo que se nombraba en voz baja. Muchos se habían
construido un edificio personal que los abrigaba de un pasado de pobreza y
la Gorda Zulema estaba sepultada en los cimientos. ¿Qué importancia podía
tener entonces aquel primer viernes de cada mes, cuando era primavera y el
viento se calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes?



*De Osvaldo Soriano.
-"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana, Bs. As. Edición de
1993.






SERPENTINA*



En mis sueños de amor, ¡yo soy serpiente!
Gliso y ondulo como una corriente;
Dos píldoras de insomnio y de hipnotismo
      Son mis ojos; la punta del encanto
Es mi lengua... ¡y atraigo como el llanto!
      Soy un pomo de abismo.

Mi cuerpo es una cinta de delicia,
Glisa y ondula como una caricia...

Y en mis sueños de odio, ¡soy serpiente!
Mi lengua es una venenosa fuente;
Mi testa es la luzbélica diadema,
Haz de la muerte, en un fatal soslayo
Son mis pupilas; y mi cuerpo en gema
      ¡Es la vaina del rayo!

Si así sueño mi carne, así es mi mente:
Un cuerpo largo, largo de serpiente
Vibrando eterna, ¡voluptuosamente!



*De Delmira Agustini.
-Fuente:
http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm






Sábado, 05 de Enero de 2008
Delincuencia, castigo y ética*



*Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania Federal


Aquí, en Alemania, prosiguió durante las fiestas la discusión sobre si hay
democracia cuando se pagan millones de euros anuales a los ejecutivos de
grandes empresas y al mismo tiempo hay casi cuatro millones de desocupados.
¿Es democracia ejercer el poder del dinero para crear el "más poder" que
significa la propiedad? No, democracia debe ser siempre lo equitativo. A
cada uno lo suyo para vivir en la dignidad. Eso tendría que ser lo racional.
Y no favorecer la riqueza de algunos y la pobreza de otros. Cuando no se
guarda la dignidad no se es democrático.
Por ejemplo: ¿se puede llamar democracia a un país que tiene desocupados?
No, evidentemente, no. Es un concepto que tiene que hacerse consciente en
toda mente humana. Aquí en Alemania -y nombro a este país porque es señalado
como el mejor país organizado económicamente dentro del sistema capitalista-
justo ayer los medios comunicaron exultantes que en el último mes se ha
reducido el número de desocupados en 28.000, y ahora el total de gente sin
trabajo es de "solamente" 3.406.000. Tres millones y medio. Lo que no dicen
las frías estadísticas es la situación de desigualdad entre los que no
tienen trabajo frente a los que sí lo tienen. Porque debemos, insistimos,
adoptar el concepto de que en una democracia todos tienen que tener trabajo,
todos deben tener las mismas posibilidades de vivir dignamente. ¿Cómo se
hace? Pues repartiendo. Creando trabajo. Porque si no el resultado es la
violencia, la sociedad violenta.
Que es el tema de actualidad en Alemania. De debatir como principal tema la
irracionalidad de los altísimos sueldos de los ejecutivos de las empresas
privadas, los sucesos de actualidad han llevado la discusión a la cuestión
de la violencia en las calles. Todo nació con un hecho muy cruel ocurrido en
el subterráneo de Munich. Dos jóvenes extranjeros -un turco y un griego, de
20 y 16 años de edad- se pusieron a fumar en un vagón de pasajeros. Un
anciano -de 76 años- les advirtió de buenas maneras que en el subte estaba
prohibido fumar y que, por favor, apagaran sus cigarrillos. Los dos jóvenes
extranjeros le gritaron al anciano pasajero: "Callate, alemán de mierda". Y
lo escupieron. Poco después, el anciano alemán se bajó del subte y fue
perseguido por los dos jóvenes extranjeros. Uno, de atrás, le pegó un feroz
puñetazo en la cabeza. El hombre cayó y allí fue pateado con toda violencia
en la cabeza y en la espalda. Todo esto fue filmado por las cámaras de
vigilancia que hay en cada estación de subte. El pasajero golpeado resultó
ser un maestro, director de escuela jubilado, quien fue internado de
inmediato en estado grave con fractura de cráneo. Tres días después del
hecho fueron detenidos los jóvenes autores de la agresión. Las cintas
filmadas fueron pasadas en todos los noticieros de televisión. Se originó
una gran indignación de la opinión pública dirigida en especial contra los
extranjeros, por supuesto. Justo fue el momento cuando cada partido político
demostró lo que tiene que ser para ellos la educación y cómo hay que
terminar con la violencia juvenil. Por supuesto, para la derecha, con más
castigo. Es decir aumentando las penas de prisión y, a los extranjeros,
luego de cumplida la prisión, expulsarlos del país.
Pero la realidad volvió a repetir sus fantasías. Dos días después del hecho,
en un subte de Berlín, dos muchachos alemanes golpearon a un africano, a
quien, por supuesto, calificaron de "negro de mierda". Aquí era al revés. No
sólo los agresores son jóvenes extranjeros sino que también pueden serlo, y
lo son, jóvenes del propio país. Quedaba demostrado que la verdadera
culpable es la sociedad misma, con sus pobres y ricos, con sus niños
educados en escuelas de barrio "bien" y los otros, en barrios pobres, de
gente desocupada, marginada, del alcohol y de la droga. Ni siquiera las
religiones han logrado aminorar la violencia de la sociedad, debe ser por
sus principios de autoritarismo. (Justamente, se ha comprobado en Alemania,
por ejemplo, que el 26 por ciento de padres turcos mahometanos castigan a
sus hijos. En las familias alemanas esa proporción cae al 6 por ciento, pero
en los estados católicos, al sur alemán, es más asiduo que en los
luteranos.) Y gran parte de la delincuencia juvenil -lo demuestran los
estudios realizados- viene de los hogares donde se ejerce la paliza como
medio de enseñar conductas. Por supuesto, la delincuencia en su mayoría es
ejercida por jóvenes sin trabajo y que han abandonado los estudios y
aprendizajes.
Y todo eso no se arregla aumentando las penas por los delitos. Lo demuestran
las estadísticas. Un alto porcentaje de los delitos son cometidos por ex
presos, es decir, por personas con antecedentes delictivos. Lo que quiere
decir que con la prisión no se aprende nada. Pero sí cuando en la prisión, y
especialmente a los jóvenes, se les enseña un oficio, es decir, a llegar a
la seguridad de sentirse útiles dentro de la sociedad. Y salen de la cárcel
con un trabajo asegurado.
Del total de actos delictivos en Alemania, el 43 por ciento fue llevado a
cabo por jóvenes menores de 21 años de edad, y la mitad de los mismos fue
cometido por jóvenes extranjeros.
Y aquí hay que preguntarse por qué y no hacer racismos baratos. La derecha,
representada por el Partido Demócrata Cristiano, ha iniciado la campaña de
terminar con la "pedagogía del mimo" para con los jóvenes delincuentes e
instalar campamentos de castigo para ellos. Pero aclaran que con ello no
tratan de imitar a Estados Unidos, que posee los bootscamps donde los
jóvenes son tratados como si estuvieran haciendo el más despiadado servicio
militar, sino someterlos a severas reglas y un horario de tareas a cumplir
indefectiblemente. Trabajo, trabajo y trabajo. Por supuesto, trabajos que
lleven al agotamiento físico para que no comiencen a tramar planes contra el
orden previsto. Esa democracia cristiana ha conseguido ya que Alemania pueda
expulsar a extranjeros jóvenes desde los catorce años de edad. Eso es como
tirar la violencia para otro lado y darle la espalda. Así no se solucionan
los problemas de un mundo cada vez más estrecho y cercano.
Ojalá que las agresiones en los dos subterráneos alemanes, el del maestro
golpeado y el del africano agredido, den principio al diálogo para encontrar
cuál es el método de la razón que lleve a terminar con la violencia
individual.
Los argentinos tenemos una historia del horror en nuestros institutos
penales. Las masacres, los incidentes entre internos, la pobreza inmensa de
medios para lograr una convivencia que nos aleje de la violencia, enfermedad
siniestra que si no se la trata terminará con toda forma de convivencia.
Y para eso, el primer ladrillo de una verdadera democracia debe ser el
diálogo, la palabra. Termino ahora con algo que me llena de tristeza pero no
de conformismo. Los argentinos no somos capaces ni siquiera de debatir
nuestra historia y preguntarnos qué nos ha pasado en esa bella y más que
generosa tierra argentina. Me acaban de comunicar que el presidente de la
municipalidad entrerriana de Gualeguaychú, Juan José Badillo, acaba de vetar
la resolución de cambiar el nombre a la calle General Roca por el de Pueblos
originarios. Es decir, cambiar el recuerdo del genocida por el de sus
víctimas. El pretexto de Badillo ha sido que "la implementación del cambio
de nombres de calles acarrea innumerables inconvenientes a los vecinos
(...), ya que se hace necesario que ellos deban realizar cambios de
domicilio". Qué profundidad filosófica la del señor Badillo (con el mismo
argumento, hoy todas las calles céntricas de Alemania seguirían llamándose
Adolf Hitler), cuando lo valioso, lo valiente, hubiera sido llamar al debate
público y que triunfe la razón sobre el interés. La misma resolución tomó la
mayoría de la comisión de cultura de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de
Buenos Aires por el voto del macrismo y del ARI. La pregunta es: si tenemos
miedo de debatir esa temática histórica que hace a la Etica de una verdadera
República, ¿cómo vamos a resolver los profundos problemas de nuestra
sociedad?


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-97058-2008-01-05.html





FIERA DE AMOR*



Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones.
De palomos, de buitres, de corzos o leones,
No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;
Había ya estragado mis garras y mi instinto,
Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto,
Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

Y crecí de entusiasmo; por el tronco de piedra
Ascendió mi deseo como fulmínea hiedra
Hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;
Y clamé al imposible corazón... la escultura
Su gloria custodiaba serenísima y pura,
Con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra
Ha quedado prendido como sangrienta hiedra;
Y desde entonces muerdo soñando un corazón
De estatua, presa suma para mi garra bella;
No es ni carne ni mármol: una pasta de estrella
Sin sangre, sin calor y sin palpitación...

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!



*De Delmira Agustini.
-Fuente:
http://www.abanico.org.ar/2004/12/agustini.htm






Presagios de Beethoven para la UE*



*Por  Slavoj Zizek
Fuente: FILOSOFO, DIRECTOR INSTITUTO BIRKBECK DE HUMANIDADES

Los gobernantes de la Unión Europea pusieron fin semanas atrás a diez años
de disputas diplomáticas y firmaron el Tratado de Lisboa.

Durante la ceremonia, un coro interpretó la "Oda a la alegría" de Beethoven.
Si bien el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven puede
parecer una elección inocua como himno oficial de la Unión Europea (se lo
proclamó en 1972), en realidad es mucho más elocuente que lo que cabría
esperarse en relación con la Europa actual.

La pieza musical tiene un pasaje de extraño desequilibrio. En medio del
movimiento, después de escuchar la melodía principal (el tema de la
"alegría") en tres variaciones vocales y orquestales, ocurre algo inesperado
que incomoda a los críticos desde hace ciento ochenta años: en el Compás 331
el tono cambia por completo y, en lugar del himno solemne, el mismo tema de
la "alegría" se repite en un estilo de "marcha turca".
El tono se convierte entonces en un desfile carnavalesco, un espectáculo
satírico. A partir de ese momento, estiman tales críticos, todo se arruina;
nunca se recupera la dignidad simple y solemne de la primera parte del
movimiento.
¿No se aplica lo mismo a la Europa actual? La segunda estrofa del poema de
Friedrich Schiller musicalizado en la "Oda a la alegría", cuyo coro invita a
los "millones" del mundo a "abrazarse", termina con un presagio: "En cuanto
a aquél que no pueda regocijarse, que se aleje llorando".
Resulta difícil obviar una reciente paradoja de la marcha turca: mientras
Europa da los últimos toques a su solidaridad continental en Lisboa, los
turcos, a pesar de sus esperanzas, están fuera del abrazo.
Antes de sucumbir al sentimiento cálido de que somos una gran familia, los
europeos deberíamos pensar en todos aquellos que no pueden regocijarse con
nosotros, en todos aquellos a los que se obliga a "alejarse llorando". Tal
vez sea la única manera de poner fin a los disturbios, los incendios de
autos y otras formas de la marcha turca que ahora vemos en nuestras propias
ciudades.


Copyright Clarín y Le Monde, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/01/05/opinion/o-03102.htm





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6-nov-2007 - UN SER DE LEANÍAS...





 

Un ser de lejanías...




TANGENCIALES*


Para Eduardo Coiro, de Inventiva Social


Acabo de leer el artículo de Eduardo Aliverti, en que parece que aborda el tema indebidamente, muy indebidamente, porque cuando se dice aquí y allá que faltaron boletas (en verdad faltaron sistemáticamente en localidades o ciudades enteras), o que ante el reclamo de los votantes se respondió con prepotencia, o ya con violencia --como en el caso, entre otros, del poeta W. Lannutti, severamente lastimado--, no deja de ser un dato de otro carácter que tal candidato (en este caso candidata) dobló en votos a su seguidora; en verdad podría haberla triplicado o cuadruplicado. Eso no quita ni hace a lo
que estamos hablando; eso no quita al hecho moral de que ningún votante debe ser prepoteado ni agredido como respuesta a su reclamo por las boletas faltantes. Más: no debe haber boletas faltantes (ciertamente, escamoteadas, o escondidas) en ninguna elección del país, con ballottage o sin ballottage,
si lo que pretendemos es construir un país en serio, no bananero, o sin fraudes. Ni tampoco --como se vio en un especial en televisión ayer domingo a la noche-- que un candidato a intendente de la provincia de Formosa, compre los votos en una zona marginal a 10 pesos contra entrega del documento nacional de identidad. Porque ahí ya no hay duplicar ni triplicar; ahí el país entero --el periodista Aliverti inclusive-- está perdiendo la elección.


                                                     
*Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com







De íntegros y simuladores*
 


Esto que voy a contarles pasó el domingo 28 de octubre.
El amigo me dijo por teléfono que estaba en la casa de sus padres - a dos cuadras de casa- y que pasaba en un rato a devolver el andador y el trípode que eran de mi viejo. Su padre los utilizó durante los meses que llevó la rehabilitación de su pierna quebrada.
Al amigo lo conozco hace 43 años. Cuando llegó directamente de un pueblito de Pontevedra al barrio y a la escuela del barrio.
Tengo su imagen de niño y el debe guardar la mía. Nuestras madres se encontraban en la esquina, nos cruzaban la calle y nos veían hacer la cuadra que faltaba hasta la escuela 6.
Y aunque nos vemos dos o tres veces al año. El amigo ha estado siempre. Y yo como pude, también.
Tocó el timbre. Bajó las cosas del auto. Me dijo que no quería entrar. Nos quedamos en la puerta de casa. Vi su rostro desencajado. Me animé a preguntarle "cómo están tus padres".
El gallego -como lo llamamos en casa- se quedó un momento paralizado y luego me abrazó con desesperación y lloro y lloro como una eternidad de llantos tragados e invisibles. Nunca nadie me abrazo con esa fuerza. Nunca antes había puesto el hombro a un llanto tan hondo.
Le acaricie la espalda, le revolví los pelos de la cabeza al niño que sigue siendo a pesar de los 49 años que se avecinan, como niños que siempre somos buscando un abrazo ante lo inexplicable de las cosas.
Cuando pudo hablar me dijo que su madre empeora. Que se ausenta lentamente. No quiere comer. Ni levantarse de la cama.
No hay un diagnostico corporal certero. O es depresión, o la tristeza, o la falta de ilusión, o todo junto. Conjetura uno en su ignorancia sobre la condición humana.
Dice que no puede verla así. Él, que es hijo único. Que reconoce que ha acompañado a sus padres en todas sin descuidar a los hijos ni al trabajo. Lo veo demacrado.
Le digo lo que surge, hablo de más, digo cosas que dudo que le sean útiles. Le doy instrucciones para el día siguiente cuando lleve a la mamá a la psiquiatra. Le cuento de los últimos meses de mi padre. Me escucho decirle que él es más sano y más fuerte que yo, que al menos puede llorar, expresarse. Que es una persona a todas luces buena e íntegra. Que esta sufriendo por no poder con la vida de alguien querido y llega entonces a inventarse culpas. Me dice que se siente solo. Que se encuentra solo con un sufrimiento que no puede soltar en ninguna parte. Teme lastimar a su esposa e hijos.
Me cuenta al fin de su padre. Lo acaba de ver en una pequeña ceremonia: antes de que suba al auto el andador lo levantó y lo sacudió al aire con las cuatro patas apuntando al cielo. Hombre de pocas palabras el padre, al amigo le cuesta sacarle dos palabras que le ayuden a entender. Le dice al fin que se despide de estos objetos, que nunca más quiere usarlos.
Observo y conmueve que el viejo del amigo haya pintado al andador con pintura cromada. Le hice notar al gallego esa voluntad vital, pero no estaba ese día para ver más allá de la angustia por su mamá.
Después de fue a su casa y yo entre con el andador y el trípode al living donde la televisión seguía rondando en imágenes a la jornada de las elecciones y a los actores políticos que tenían que ver con el acontecimiento.
Estaba sacudido y no podía dejar de pensar en intermitencias veloces en el amigo, en mí, y en el ser humano que se debate en un equilibrio inestable entre fragilidad y fuerza.
Cuando volví de dejar las cosas en la piecita del fondo me encontré con las palabras del ministro del interior. Dijo que si faltaron boletas es responsabilidad de los fiscales de los partidos políticos y no del gobierno.
Me pareció surrealista. O el A-B-C del político desimplicado. “Si ganamos, y por tantos votos, ¿que importancia tienen estos hechos?” parecía decir el ministro sumando gestos y palabras.
El hombre debería al menos abandonar su cargo y entregarlo a quien al menos sea un buen actor. Al estilo de Máximo Cozetti, el especialista en caracterizar personajes de Los Simuladores.
 
De pronto volví a pensar en el gallego para quien estas elecciones ni siquiera habían existido. En su ser íntegro y sin dobleces que no puede tomar ninguna distancia del sufrimiento de sus seres queridos.
Y pienso en esos simuladores que en ese momento destapaban champagne en su efímero momento de fuerza, donde nada más del mundo parecía importarles. En su lejanía y negación permanente de la fragilidad en la condición humana.
Me veo en el gallego. Me identifico con la gente que la lucha día a día.
Y detesto profundamente a esos simuladores para los cuales la política no es más que un negocio que se renueva de tanto en tanto aprovechando la voluntad de la gente por ir al acto electoral y votarlos.
 

(Al gallego que hoy cumple 49 años)



*De Eduardo Francisco Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com







Martes, 06 de Noviembre de 2007
Una tarde de poesía*



*Por eugenio previgliano / corina moscovich . eugeniop@tower.com.ar



La sala está en un primer piso y se accede a ella después de dar un par de vueltas. Como hemos llegado tarde, no nos sentamos en las sillas que están dispuestas en la sala sino en una especie de chaise longue colorada que se mimetiza con la pasión de las poesías aún no descubiertas. Ya están hablando Allison Hedge Coke y Humberto Akábal, a quienes hemos venido a escuchar, y al cabo de la disertación, vendrá la entrevista. Ella, de la nación cherokee de Estados Unidos, él, de etnia maya K'iche, de Guatemala. El host Rodolfo Hachén introduce el tema del bilingüismo, Allison lee el extenso poema "Residence in motion". Con ritmo de palabras como cortadas, en el que las alusiones a la naturaleza y la fe son recurrentes, Allison transmite la idea de que es la tierra la que dicta el idioma. Al verle la piel realmente roja que se divisa entre las cabezas del público, se siente, en la cadencia de su discurso, un leve susurro de río en primavera.
Festival de Poesía de por medio, la transculturalidad transcurre armoniosamente: en Rosario, poetas de diferentes países y etnias leen poesías a un público no masivo que tiene sed de palabra oralizada más que impresa en un papel, aunque a fuerza de ser sinceros, sorprende esto en una provincia gobernada por quienes tienen por plataforma política nacional terminar con la humillación de los militares.
Humberto recita con un orgullo solemne, que puede leerse en su voz. En su cultura maya K'iche -explica el poeta- se definen los puntos cardinales por colores; el rojo es el Este, el negro el Oeste, el blanco el Norte, el amarillo el Sur y el quinto es el verde: nosotros. "Todo verde se vuelve azul, la distancia es lo que transforma", aclara AkAbal, quien concluida la lectura de un bello poema de sonidos eufónicos agrega: "Mi abuelo me enseñó a leer el canto de los pájaros, a descifrar los fenómenos físicos". No
podemos evitar copiar en el cuaderno una frase que se escapa de sus labios: "No es que las piedras sean mudas, solo guardan silencio". No es la armonía de los griegos, ni es el lamento de los derrotados: es la fuerza de lo original lo que surge en la vehemencia de esta poesía.
Más tarde y en otra sala, tratando de deducir el lugar desde donde escribe, Allison, profesora de poesía y escritura en la Universidad de Nebraska enumera sus temas: la naturaleza, la fe, la religión. Y prosigue: los campesinos, el medio ambiente, la historia (no la que pasó, la que sigue viva). En cuanto a su público, la poeta de cabello larguísimo y muy fino escribe cuentos y trabaja para niños. "El límite entre los géneros -sostiene- es algo que ellos pueden manipular". Escribe ficción, prosa, guiones de película. Asegura que una buena prosa tiene valor poético, aunque para ella la poesía es como respirar: siempre está ahí. Allison quiere asegurarse que otras voces puedan ser escuchadas desde el interior de su
comunidad. "El inglés -dice Allison- es un idioma que da miedo, los idiomas se usan para validar o invalidar los pensamientos de la gente".
De los días estos en que la tecnología permite manipular grandes volúmenes de información sin importar la fuente, el objeto o la intencionalidad no habla del todo bien. Cuando habla, sin embargo, hace un pequeño gesto con la cabeza que vuelca sus cabellos largos lacios en la misma dirección que la
pigmentación de su rostro.
En el suceder del Festival Internacional de Poesía, se los verá tanto a Humberto como a Allison nadar, como peces en el agua, entre cardúmenes de especies: exóticas, vulgares, raras... ¿Es el suceder de los poemas que leen lo que nos trae una especie de rumor de aves? ¿Es la charla con el público lo que nos devuelve a cierto paisaje original, a cierta tranquilidad? ¿Es el gesto de los invitados lo que nos germina una rebeldía suave?
Estas y otras preguntas discurren mientras volvemos a repantigarnos en el canapé colorado, en un descanso de verso libre.
En los días sucesivos, el Festival, quinceañero, como niña bonita intentará otros maquillajes para seducir a nuevas víctimas. No se concientizará aún, de una realidad poética tan ajena al marketing: Los poetas vivimos en planetas alternativos mientras el resto de los mortales restan a merced de bancos y empresas.... ¿Es esta una opción o un destino?


* Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-10981-2007-11-06.html
 
 




Viernes 2 de Noviembre de 2007
Cuando los cuerpos se separan*

Siempre me impresiona ver como se separan dos personas que están juntas, que hablan, en un café, o también, desde luego, que se enredan en llamas sensuales o sexuales, o quizás otros dos que estén uno al lado del otro en un colectivo.
No me refiero, quiero que se entienda, a un divorcio, o a una pelea. No. Simplemente al hecho de estar mirando uno a el otro, de hablar uno con otro, o de besar uno al otro, y de dejar de hacerlo, y de volver cada uno a sí mismo, lejos del ocasional amigo, novia o novio, o incluso compañero arbitrario de un mismo banco en la plaza.
Siempre que hay dos, en algun momento, uno toma un camino y el otro, otro.
Así es la vida, y la muerte; que es la separación mayor.
Es eso, esa espacialidad que acerca en un mismo cuadro a dos, y que luego se vacía, cuando uno se va, o los dos. Eso me impresiona.
Ese partir, esa distancia inevitable, me produce una cierta tristeza.
Es verdad lo que decía Heidegger: "El hombre es un ser de lejanías".



*Publicado por Miguel Wiñazki http://weblogs.clarin.com/apariencias/





ES UNO DE LOS GALARDONES MAS PRESTIGIOSOS DE LAS LETRAS HISPANAS

El escritor Martín Kohan ganó en España el Premio Herralde
Su novela "Ciencias morales" está ambientada en el Colegio Nacional deBuenos Aires.



*Por Juan Manuel Bordón. jbordon@clarin.com

 
KOHAN. EL ESCRITOR Y CRITICO REFLEXIONA EN SU LIBRO SOBRE LA MORALIDAD.

Desde Barcelona, a través de un teléfono celular que corta caprichosamente fragmentos de la conversación, el argentino Martín Kohan se despide porque ya empieza un ágape en su honor, el primero de una presumible ronda. Es que su novela Ciencias morales, una historia ambientada en el Colegio Nacional de Buenos Aires durante el último año de la dictadura, acaba de ganar la XXV edición del Premio Herralde de novela (26 mil dólares), que tuvo como finalista a Recursos humanos, del mexicano Antonio Ortuño.
Kohan integra desde ayer una lista de ganadores que orilla el canon literario latinoamericano de las últimas décadas: en sus veinticinco años, se han llevado el prestigioso Herralde escritores de la talla de Javier Marías, Enrique Vila-Matas, Roberto Bolaño, el argentino Alan Pauls o el mexicano Juan Villoro. Ahora, al final de la lista luce Kohan. Pese a que los primeros coletazos mediáticos hablaban de un escritor azorado, el hombre muestra una labia desinhibida, analítica y vertiginosa. "Puede ser un vicio
profesional, de crítico literario, que me hace hablar de un libro como si no lo hubiera escrito", bromea.
Ciencias morales, la séptima novela de Kohan, cuenta la historia de María Teresa, una joven preceptora que tiene a cargo la disciplina entre los muros del Colegio Nacional, en 1982. La historia se tuerce
-señala el autor- cuando considerando que perfecciona su método de control y vigilancia, la preceptora decide vigilar los baños de varones del colegio. "Me interesó insistir en el gusto que ella encuentra en la vigilancia, gusto que no percibe como gusto si no como sentido del deber. No diría que hay un torcimiento de su discurso moral si no más bien una derivación que muestra el aspecto retorcido que emana de la propia moralidad. Por eso el título del libro, Ciencias morales, que es como el colegio se llamó alguna vez (desde 1823). Intenté llevar hasta sus últimas consecuencias esa idea de una objetividad científica aplicada a la moral".
Kohan, ex alumno del Nacional de Buenos Aires, presentó su novela bajo el seudónimo de Miguel Cané, un guiño al autor de Juvenilia (1884). Si allí aparecía el Colegio Nacional como el marco para una historia de formación de carácter, en la novela de Kohan el espacio y la institución se mantienen, pero lo rodea otro país. "Yo la nombraba 'mi Juvenilia', pero el contraste es brutal. Cané habla del siglo XIX, un momento con un sentido de futuro muy fuerte. Yo tomo el fin de la dictadura, cuando ya no existe esa perspectiva fundacional ni esa perspectiva de futuro. Aquí más bien hay un clima de incertidumbre, de puro presente, de no saber qué sigue".
-La novela de Cané también funciona como un simulacro de la formación de un sector del país...
-Sí, y a mí me interesó pensarlo desde la desintegración más que desde la plenitud. La idea de que el colegio es la historia de la Nación no deja de pronunciarse pero, al mismo tiempo, yo armé la narración sobre la necesidad institucional de aislarse de la realidad. La novela casi no trabaja con materiales de la realidad política pero el aislamiento es tal que no se puede dejar de percibir aquello de lo cual se está aislando. La presunta nobleza de esa tradición nacional tiene como telón de fondo la Guerra de
Malvinas, el fin de la dictadura, y hace agua.
-¿La literatura no puede ser una forma de segmentar la realidad, también?
-Yo trabajé con la experiencia y contra ella al mismo tiempo, es una indagación sobre el mundo en que yo me encontraba y no sobre mi propia experiencia. Me interesaba lo que estaba entre lo que se sabía y no se sabía, lo que se podía entender claramente y lo que circulaba de un modo subrepticio. Cuando la literatura trabaja con materiales de la realidad tiene que buscar otras resonancias. El realismo tiene algo tautológico y eso me resulta poco estimulante.



*Fuente: Clarín  http://www.clarin.com/diario/2007/11/06/sociedad/s-03801.htm




*

Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 4 de noviembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Egberto Gismonti. Las poesías que leeremos pertenecen a Orlando Augusto Pinto (Brasil) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!



REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44  A-5020 Salzburg   AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


 

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1-oct-2007 - EDICIÓN OCTUBRE




 

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Matrioska*



Alma
cautiva en un cuerpo
anclado en una celda
la más oscura celda de una prisión infinita
arraigada en el corazón de una ciudad sin nombre
la más anónima de todas las ciudades
de aquel mundo perdido entre millones
de planetas
                    estrellas
                                     nebulosas
en constante movimiento.

Y sin embargo, todo
parece suspendido en el instante.




*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio







XXVI*



Tus muslos
derivan en un cielo
de espuma
apeándose
en mi boca
donde Octubre
no entraba.
En ese verano
que adelantaba
sus huestes
desplegaba su mar de cigarras
su devenir
de mariposas lecheras
su mediomundo
que trazó ese tordo
solitario
como un tonto
carbón
por el cielo.
Tus muslos
ese Otoño
se abrieron
y yo entré
al mundo más feliz
desde entonces.




*de Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar








LA PREÑEZ DEL CANIBAL*




Conocía los secretos del pabilo,
La ciencia del sándalo y la quietud del agua.
Hablaba sin embargo la curva del humo
deslizándose sobre el aire.
Con el tiempo había aprendido a mixturar
El instante con algunas ideas consistentes,
Logrando la soltura de los yoguis.
Sin paciencia enhebraba el azar
Para levantar la bandera de seda
Sobre el techo de su casa.

El caníbal, un tiempo anduvo sin rumbo:
Casi perdido.

Hasta que al fin,
Levantó su mano con tierra,
Como un puñado de dioses que agazapados
Esperaban el segundo
Para volar clavándose en el odio.

Y comenzarán a brotar risas en su boca.
Y el corazón le crecerá hasta la altura de la tarde.
Y desde el centro de la Luna en cuarto creciente,
Un sonido de aire de reloj bajará hasta la tierra.

Convidado con creces beberá solitario su última
Contracción,
Puesto de rodillas pujará la criatura.
Y la vieja cicatriz, la sutura,
Detendrá un poco más el llanto de la cría,
Y desde adentro sonará mansa.

Asimismo la duda,
Vendrá con su facón a chancletear ante el sitio.
Convidará ginebra en tanto canto.
La guitarra en otro puño
Con la cinta del color azud.
Azud. Blanco y Azud.

El caníbal debió nacer antes,
Pero aun no ha nacido.
Su figura se ve en sueños.
Es un presentimiento de luces efímeras.
Un fuego fatuo en la boca del Padre.

Un tanto verde al madurar
Para llevarse las señas,
Un tanto más cerca de las vueltas de la llave.
Beberá el saludo y el aire del mar.

 La duda le empezará a nacerle
Justo en el instante del cordón umbilical,
Pero la velita encendida en la casa
Ante la estampita de la Inmaculada Concepción
Evitará los quebrantos.

Luego silbará mansa
el sonido de lo que viene
sin prejuicio alguno.

Su babero será el norte de los astros
Y su baba el poema de lo oculto.



*de EDUARDO "BLUES" VILLALBA.
-Fuente: http://www.barcoebrio.com.ar/blues.htm







¡A escena, actores!*
 
 
 

Helia Pérez Murillo, mi compañerita en las clases de interpretación, así como en las de expresión corporal, enseñaba literatura inglesa en un colegio religioso. Religiosa ella, rara avis, buen humor y mal aliento, no respondía a los cánones usuales de quien se prepara para ejercer de actor. Se anexaba a los grupúsculos más laburadores sin desestimar a los que apuntaban hacia un destino de reviente. No todos la querían (nunca ocurre) y menos aún, la comprendían. Detalles simpáticos la adornaban: en substancioso revoltijo portabas tijerita, carreteles de hilo blanco e hilo negro, dedal, aguja, alfileres de gancho. Costurera ambulante, un botón me cosiste apenas nos conocimos. Por años trazamos un mismo derrotero estudiantil. Realizamos, a propuesta mía, los seminarios de maquillaje y de foniatría. Hicimos “de pueblo” (categoría “figurante”), bajo contrato, en la tragedia campestre “Donde la muerte clava sus banderas” de Omar del Carlo, en el Cervantes. Vos, como “mujer ribereña”; yo, detrás de una decena de ursos también disfrazados de montoneros, en un cuadro secundábamos a Venancio Soria (Alfredo Duarte) peleando a facón con su padre, el general Dalmiro Soria (Fernando Labat), en el segundo acto. Se te veía en el escenario. A mí, en cambio, como dije, cubriendo las espaldas del pelotón, con barba y gorro, el más bajo, sólo se me hubiera distinguido con la perspicacia de la que mi padre y su primo Boche carecieron cuando recibíamos los aplausos. De ese saludo en la función del estreno, conservo una foto: allí estamos: vos, sobre la derecha, empollerada y con pañuelo en la cabeza; yo, en el otro lateral, inclinado, con poncho y lanza, respetuosamente.
Nunca olvidaré aquella friega entusiasta que me propinaras con linimento Sloan, antes de irnos a comer Traviatas al barcito de la galería de la Sala Planeta. Ese calambre fue de lo más genuino, y por mí la pantorrilla hubiera podido quedarse agarrotada. Me dulcificaste. De qué buen grado te habría ofrecido todo mi territorio recontracontracturado. Te deseé con continuidad. Me enfebrecitabas al cerrarte el sacón de vizcacha o cuando te instilabas el colirio. Virginidad agazapada, Helia, vos, transida y amagante con tus treinta y cuatro años en ristra, mientras yo, con ocho menos, te alcanzaba mis versos esotéricos, mis silvas a la metalurgia y a la agricultura, mi única lectora, siempre una palabra amable, como una novia. También siempre tuviste hermanos mayores, todos machitos, y siempre confundía yo la voz de tu mamá con la tuya, por teléfono. Tu padre, siempre, además, fue un anciano delicado de salud. Vivías en una mansión de ésas que emputecen a un pequeño burgués que como yo la otearía desde afuera y de noche, a bordo de su Ami a dos tonos de colorado, bien de chapa, con vos sin terminar de despedirse ni de nada, en una callejuela de Adrogué, mucho árbol y parejo empedrado, mucho, muchísimo parque alrededor de la casona. Yo te dejaba, Helia, precisamente en el portón que se abría a toda esa manzana lóbrega y rodeada por ligustro.
Estuve casado durante los dos primeros años de tratarnos. La conociste a Viviana. Te amedrentaba su independientismo enérgico, y su desconcertante labilidad. Por entonces, con Antonieta y Alejandro concurríamos a los café-concert, previa presentación de nuestros modestos carnés de la Asociación de Estudiantes de Teatro. Sucesos que acontecían cuando te mandaste con Samuel Gomara esa atrevida improvisación en clase, incorporando los diálogos de Ionesco en “Delirio a dúo”. No te notamos más que ligeramente turbada cuando tu ducho partenaire te lamía a través de la malla amarronada y te besuqueaba en la nuca y se entretenía en tus nalgas y hasta en el perineo con los avispados dedos de su pie derecho, el mocoso. Nos quedamos boquiabiertos, y encima el texto no molestaba, abstrusas líneas que habían logrado justificar, ustedes, el adolescente aventurado y la ex-catequista. El recuerdo de tus desmandadas acrobacias me impulsó a la paja, admito, las nítidas imágenes de aquel recíproco adobe juguetón. Durante un tiempillo disfrutaste de popularidad, pero tus remilgos, opiniones y falta de swing te remitieron a tu primitiva ubicación.
María Palacini me informó de tu presencia en una velada de gala en el Teatro Colón con un joven británico, alto y rubio, con el que platicabas en su idioma. Al salir, con levedad, él te había tomado del brazo, según la chismosa que los siguiera hasta una parada de taxis.
Nos extasiabas recitando en inglés los sonetos de Shakespeare. Y no te hacías rogar. Ya más nacionales (Dragún, Gambaro, Monti), nos divertíamos memorizando escenas, tirándonos almohadones, para automatizar la incorporación de la letra.
No me gustaba ni medio que te trataras con un psiquiatra, que fueras a recibir consejos y medicación de ese vetusto chanta catolicón, amigo de tu padre. Te costaba dormirte, tenías sacudidas en la cama, súbita sudoración, lipotimia y taquicardia de origen emocional. Circulabas también con la farmacia a cuestas, y el kiosco:  pastillas de menta y mandarina, Genioles por las dudas, Efortil, antiespasmódico, Curitas, terrones de azúcar, saquitos de té. ¿Qué no he visto salir de tus carterones? ¡Ah, y el asma! El asma que habías superado tratándote con ese doctor, lo que hacía que sintieras por él una gratitud incondicional. Eras, en cierto modo, su cautiva. ¿Nunca de una pasión descontrolada?... En tus jornadas de retiro espiritual te imaginaba incandescente, aunque fuera por el divino Jesús, y después retornando a mí, aún sin el alivio procurado. Retornando, digo, vos, la no siempre macilenta. Cada tanto algo ocurría y tu cabellera lucía limpia y alborotada, vestías una ropa fantástica, calzabas zapatos acordes y todo así.
Remanida en expresión corporal, tus progresos fueron magros al principio. Allí se expuso ejemplarmente tu confusión. El profesor soslayó la calentura larvada que resumabas. No por tus pies planos y jirones de pintoresquismo, menos eras un volcán. Gocé cuando me embadurnabas y desembadurnabas mientras realizabas las prácticas cosmetológicas y de caracterización: Ratón Mickey, villano, mariquita; cíclope, linyera, marciano, bucanero. Jamás desprovista de ahínco deslizabas tus algodones por mi cara.
Cuando en pleno auge grotowskiano, Guido y Jorge se desnudaron recreando las circunstancias de un cuento originariamente infantil, vos eras observada al menos por mí: impávida, simulando, negándote al impacto visual. Retaceaste, luego, el imprescindible comentario.
Vivía solo cuando me insinué y me disuadiste: nada cambiaría entre nosotros. Yo, en broma atropellaba: “Soy el hombre de tus...” Y apelabas a mi compostura. Me descubriste besando a un minón por el obelisco; y ciñendo de la cintura a una espigada pendejita del Bellas Artes, en la esquina de Quintana y Libertad. Y de esos encontrones, ni una palabra. 
Astuto, te sugerí preparar para el fin del cuarto año lectivo una pieza corta de Tennessee Williams: “Háblame como la lluvia y déjame escuchar...” Aceptaste de inmediato, conmovida. “La mujer alarga el brazo, un brazo delgado que sale de la deshilachada manga de su kimono de seda rosa y coge el vaso de agua, cuyo peso parece inclinarla un poco hacia adelante. Desde la cama el Hombre la observa con ternura mientras ella bebe agua.” Ensayaríamos en mi departamento una vez por semana. Con el texto nos meteríamos cuando la etapa de improvisaciones estuviera avanzada. En los dos primeros sábados estuvimos trabados. En el tercero ubiqué mi cabeza en tu regazo y me amparaste. “En la ciudad le hacen a uno cosas terribles cuando está inconsciente. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran tirado a puntapiés por una escalera. No como si me hubiera caído, sino como si me hubieran dado puntapiés.” En el siguiente sábado me acariciaste, no sin algún grado de entrega, breve, claro está. En el quinto, te retrajiste: previsible. “Me metieron en un cubo de basura que había en un callejón, y salí de allí con cortes y quemaduras en todo el cuerpo. La gente depravada abusa de uno cuando se está inconsciente. Cuando desperté estaba desnudo en una bañera llena de cubitos de hielo medio derretidos.”  En el sexto sábado, como había mucho ruido en el palier, nos mudamos al dormitorio. Incluimos el borde de la cama (matrimonial). En el séptimo, y habiendo adoptado ya ese ambiente, apagué la luz y susurré, mi voz entrecortada, la tuya opaca, neutra. “Recorreré mi cuerpo con las manos y percibiré lo asombrosamente delgada e ingrávida que me he quedado. ¡Oh, Dios mío, qué delgada estaré! Casi transparente. Apenas real, ya.”  En el otro fin de semana nos reunimos, además, el domingo. Vos arderías subrepticiamente, y yo, agitado sufría y cerraba la puerta, te invitaba a trastornarte con el auténtico temporal que zarandeaba la persiana, apagaba la luz y en completa oscuridad intercalaba frases de Williams, mientras con impericia me libraba del gastado pantalón de corderoy (de bastones anchos) y de la polera. Algo se me anunciaba desde la médula, al tantearte; sofrenado me encimé y desgarré de indeseado semen, todo mi ser ridículo y perentorio, me ofrendé al slip de nailon. Destemplado justifiqué el recule, atiné a desdecirme y vos te adaptabas, Helia querida, módica, en lo tuyo. Me fui vistiendo con ocultado desdoro, encendí la luz, alegué desconcentración y desánimo, tomamos mate con bizcochitos de anís en la cocina.
Durante los días subsiguientes recobré ímpetus. Un tropezón no es caída. Mis antecedentes de eyaculación precoz habían sido aislados y en circunstancias atípicas o calamitosas. El ensayo de la obra, no obstante lo viciado del procedimiento, nos conformaba. Y fuimos consubstanciándonos con el texto. “Tendré una habitación grande, con postigos en las ventanas. Habrá una temporada de lluvia, lluvia, lluvia. Y me sentiré tan agotada después de mi vida en la ciudad, que no me importará estar sin hacer nada, simplemente oyendo caer la lluvia. Estaré tan tranquila. Las arrugas desaparecerán de mi cara. No se me inflamarán nunca los ojos. No tendré amigos. No tendré ni siquiera conocidos”: tu largo monólogo final, el poético y enrarecido clima de la pieza. El punto era cómo enajenarte, cómo enajenarte y mandar, mandar la escena al carajo. “Sus dedos recorren la frente y los ojos de ella. Ella cierra los ojos y levanta una mano como para tocarle. El le coge la mano y la mira volviéndola, y después oprime los dedos contra sus labios. Cuando se la suelta ella le roza con los dedos. Acaricia su pecho delgado y liso, como el de un niño, y luego sus labios. El levanta la mano y desliza sus dedos por el cuello y el escote de su kimono a medida que se afirma el sonido de la mandolina.” Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar los numerosos peces, los peces de tu soterrada lujuria. Y así, otra vez a oscuras la escena, impregnado, mórbido, con suavidad te bordeo, nictálope, busco tu boca con mis dedos, rozo tu nariz, beso tus párpados con alevosía, me desenvaso de las incordiosas prendas, doy contra tus dientes interceptando mi lengua, sin arredrarme aplasto tu mano con mi sexo, te aplasto, tenaz y corroído, te encepo los pies, girás la cabeza como que te dispararías, pero yo te sigo en el giro sin separarme, y resistís también con las piernas, aunque tu mano no pugna por zafarse de mi aplastamiento. Es más: me siento aferrado; advertirlo me nutre de renovadas ínfulas, no cejo, y tu boca y tus piernas algo se distienden; yo confío, me arrellano, tu lengua soliviantada no atina a organizarse; ¿qué es esto?: esto es mi nobilísimo tironeo de tu ropa, la cual desparramo, te quito las medias, te dejo en aros y en crucecita. ¿Y quién piensa en el inmenso dramaturgo norteamericano, si hiendo tus pezones y debajo te tenemos, transpirada y silenciosa?; “...el viento limpísimo que sopla desde el confín del mundo, desde más lejos aun, desde los fríos límites del espacio ultraterrestre, desde más allá de lo que haya más allá de los confines del espacio”; y tus brazos a los lados, como desmembrada, y a no distraerme, que esto en cualquier momento se quema, ya adviene lo superlativo, y se quemó cuando subiste las rodillas. Costó un poquito pero percibí que me alentabas. Respirabas mejor, acordáte, después de los espasmos.
 
Aún hoy, años después, ensayamos de vez en cuando la escena. Nunca presentamos en el curso nuestra versión libérrima. Nunca toleraste que encendiera la luz ni que subiera la persiana. Nunca me permitiste pasar a los papeles sin el ritual de “el suelo de aquel departamento junto al río...cosas, ropas... esparcidas... Sostenes... pantalones... camisas, corbatas, calcetines... y muchas cosas más...” Nunca te permitiste fuera de contexto un ademán extra-compañeril. Nunca aludimos al diafragma que aportaras a nuestros encuentros. Nunca me dejaste ni un mísero recado en la mensajería, en fin, ni un mísero recado de tinte qué ganas que tengo, y siempre arreglaste con prontitud para reunirte conmigo a ensayar cuando, como hasta ahora, te lo propongo.

Helia: siento urgencia por descristalizar esta trama. No te amo. Todo es perfecto. Quiero más con vos. Ansío secuestrarte. Variados argumentos. El epitalamio, el epitalamio. Pronto me mudo. Ensayemos otra obra. Proponé vos: Beckett, Jean Genet, Arrabal, Harold Pinter, Sartre, Schiller, García Lorca, Osborne, Ibsen, Armando Discépolo, Strinberg, Pirandello, Eurípides, Valle-Inclán, Racine, Benavente, Adellach, Camus, Albee, Leroi Jones, Aristófanes...



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar









XXVIII*



Hace poco
cabía
un vendaval
en un vaso
un agosto
en un árbol
un caballo
en un techo.
Hace poco yo
volaba
en un barrilete
desbordaba
corpiños de nubes
simulaba un océano
extraño
mientras mi padre
solitario
por el campo
cazaba.


*de Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar






Oda al agua*

 

En los canteros de mi mente
florecen los pensamientos
que te recuerdan en silencio
   y exaltan tu presencia.
Me zambullo en tu esencia
  y repaso tu historia
para hacer un balance
  de tu larga vida.
Eres la bonita reina
en los inmensos mares,
   juegas en los ríos
bañando las piedras.
Dibujas en los pisos
 una cálida sonrisa,
 riegas las plantas
con tus lágrimas espesas.
Alivias las bocas sedientas
con tus húmedas caricias
y tus masajes relajan
los músculos del cuerpo.
El universo resplandece
 con tu brillo azulado,
 tus gotas se deslizan
 con infinita belleza.

            
*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar








DETENER LA INUNDACIÓN*

 
      La escena transcurre en un salón de tercer grado, la maestra ha dado el tema de los seres vivos y no vivos. Una vez finalizada la explicación, indica a los niños que levanten la mano para dar ejemplos y comprobar si han comprendido.
     Seres vivos: Los conejos, las plantas, las mariposas, dicen los chicos.
     Seres no vivos: Las piedras, las casas..... los pobres.
     ¿Cómo los pobres? Cómo los pobres, pregunta la maestra que ha comenzado a reír. El nene, con seriedad, explica, “mi papá siempre dice que la vida de los pobres no es vida”.
     No es un chiste, ocurrió realmente en una de esas escuelas donde la ciudad se mezcla con los basurales y se degrada paulatinamente en la miseria de las casillas de cartón y chapa, en una de esas escuelas donde no se entregan las libretas de calificación porque los chicos no tienen un lugar seco, no tienen un mueble donde guardarlos.
     Tiempo ha pasado desde que Borges narraba la belleza de la ciudad perdiéndose en el amplio horizonte del campo, las últimas casas confundidas con el atardecer de un cielo limpio y gigantesco.
     Ahora las ciudades, todas las ciudades, se rodean de un amplio cinturón de odio. Un odio que brota como el humo de las quemas, como el hedor de los desechos descompuestos y el vaho amargo de las zanjas. Y de gente que no sabe de dónde viene, que solamente posee la seguridad de que su destino la forzará a permanecer dentro de esos paisajes, marcada por la pobreza que la estigmatiza con sus signos.
     ¿Cómo eran los indios? Preguntó un niñito en el mismo salón. Cómo decirle que los aborígenes eran morenos como él, tenían el mismo pelo lacio, los mismos ojos rasgados. Cómo decirle que él es un descendiente de esos indios por los que pregunta, si decirle esto es una especie de insulto. Si ser un aborigen es un insulto.
     Y cómo decirles que ni siquiera son pobres, que la pobreza pertenece a tiempos mejores, y que se ha añadido un peldaño más a la escalera descendente, se ha colocado un escalón suplementario hacia abajo, y tal como los basurales inconfesados rodean las ciudades, la indigencia rodea la sociedad. Y ninguno, ni el lugar físico ni el social tienen salida. Tal como en la caritativa Inglaterra de las leyes azules se marcaba la mejilla de los mendigos con la “s” de slave, esclavo, la indigencia marca el cuerpo y cierra la posibilidad de escapar.
     Un adolescente era animado por sus profesores, que entusiasmados por sus logros lo instaban a continuar sus estudios. Demostrando su temprana comprensión del mundo, el chico les preguntó si realmente creían que valía la pena el esfuerzo, porque cuando fuese a buscar trabajo nadie lo iba a contratar. No con esta cara, no con el dialecto de la villa miseria prendido en el habla.
     No hay folklore porque lo que los arrasa es la desesperación. La postal pintoresca del niñito barrigudo y el perro flaco no nos debería provocar ternura sino vergüenza. Con horror pensamos en esos europeos que seguían su vida cotidiana mientras a unas cuadras salía de las chimeneas de los campos un humo denso. No entendemos que no hayan irrumpido en las barracas, que los pueblos no hayan derribado las alambradas para detener el espanto.
     Nosotros tampoco hacemos nada. Nos condolemos por la suerte de los pequeños que nos ofrecen estampitas, algunas veces somos tan generosos como para depositar una moneda en las manos ávidas. Nos apena que no hayan tenido la fortuna de nacer en una familia con comida sobre la mesa, que no hayan tenido una biblioteca en sus casas, que no hayan tenido casa. Qué pena. Pero consideramos con juicio la propiedad privada como un derecho inalienable, y nos parece natural que todo se nos haya dado por un nacimiento afortunado. Es más fácil así, es más seguro para conservar la paz mental.
     Y nos dan miedo. “Ellos”, los otros, nos dan miedo.
     Quizás sea absolutamente razonable temerles, como los cortesanos temieron a las hordas de villanos que desató la revolución en las calles de París, como los habitantes de Río de Janeiro que saben que una avalancha de brazos y piernas finalmente enfurecidos, finalmente conducidos por su odio puede descolgarse de los morros.
     “Ellos”, los otros, nos dan miedo, porque sentimos que tenemos algo que les pertenece. En el fondo sabemos que disfrutamos de una situación injusta, que el haber quedado dentro de los muros es una suerte y no un derecho, porque sabemos que en algún momento la muralla puede caer como finalmente caen todas las murallas, y esos hombres que despreciamos se tomarán la revancha de los esclavos. No nos engañemos, no son los pobres amables y simpáticos de Dickens, con sus mejillas sonrosadas y sus sonrisas serviles. A los indigentes no les dejamos nada de nada, y no nos asiste el derecho de demandarles más piedad de la que les hemos demostrado.
     Quizás haya tiempo. A lo mejor aún es posible desarticular la bomba que marca la cuenta regresiva en el cinturón de edificios degradados alrededor de París, desarmar los slums alrededor de Londres, desmontar Latinoamérica, ese gigantesco río que si se desborda puede inundar el mundo.
     No será con caridad, será con justicia.
     No será con represión y vallas de alambre y equipos especiales de la policía, será cuando se permita que cada hombre y cada mujer y cada niño acceda a la dignidad que requiere su condición humana.
     Si no lo hacemos, si no comenzamos a favorecer el cambio, entonces quizás sea mejor que suba la marea, que los volcanes que ya están secretamente encendidos liberen su fuerza devastadora, que los anillos se vuelquen hacia adentro y estrangulen los centros, que haya un cataclismo social para que se comience de nuevo.
     Y que no hallen los alumnos a sus maestras, los mendigos a los dueños de las casas donde fatigan sus súplicas, los aborígenes a aquellos que les quitaron sus tierras. Porque entonces ya no habrá tiempo de explicarles lo que es la economía de mercado, el neoliberalismo, la globalización, de explicarles que nosotros no tenemos nada que ver con su hambre o su ignorancia. No habrá tiempo de explicarles que nosotros estábamos en nuestros asuntos, ocupados en nuestras cosas. No habrá tiempo de decir que no sabíamos, de mentirles, de elaborar teorías, de culpar al orden mundial, al gobierno, a nuestros vecinos.
     Si alguna vez el río de llanura, el río de brazos y piernas marrones se desborda, si alguna vez esto ocurriese, en el momento de ser arrastrados por las aguas vociferantes y de ahogarnos no podremos sentir que es una injusticia ni clamar por nuestra inocencia.



*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

 



Olvido en su Periplo a lo Contrario de lo Adverso*


Olvido se mece en un punto en el cual su boca es un radar que capta palabras interiores que van hablando desde el lugar catapultado y sus menudencias instalan el acecho de lo que oyen, como si fueran un gran dado de palabras que surgen cuando el este golpea sobre alguna superficie.
Se acerca a los bordes de la tarde, pero se acuesta luego con un cigarro en la boca radar y se lo devora con ligereza de gacela en medio del silencio de su monte interior con el candil de la noche todavía intacto en su pabilo. Ella lo mira. Le da esas escaramuzas que junta en los bares y los dancing para
incitarlo a salir. Pero Olvido no acusa recibo, se topa consigo mismo y pocas veces le da por las andanzas.
Comienza su lucha interior a mediados del día. En la mañana cobija dulces Espasmos en movimientos de pluma y escribe sin saber qué decir, yendo hacia un ahora que no tiene principio, pero sí la continuidad de su respiración en el cuadrante del día con sus pulmones henchidos de bocanadas de aire.
Sabe que en algún lugar existe un río que lleva su nombre, pero no recuerda el cómo ni el cuándo. Se para y silba nudos, sin acusar a su interior que cae sobre su frente desde algún lugar parecido a la imagen de Recuerdo, pero que es un vestigio de costumbres acicateadas por sus  fibras de músculos.
Olvido era otro, en tiempos remotos llevaba su sombrero emplumado y cortejaba doncellas en lugar cualquiera y en cualquier tiempo, hasta que una vez oyó hablar de aquél árbol y del encanto de su néctar. Preparó su pasaporte a una nueva identidad. En una acción inesperada, Olvido se subió al precio
de un dios que lo marcó borrando sus miradas y sus posturas más particulares para convertirlo en algo así como un ave de lagunas inmensas y persistentes, de pasado desconocido, de umbrales sin aceptación de su dama más compañera: Memoria, su madre.
Recuerdo es padre de Olvido, y jamás lo tuvo tan cerca como cuando danzaba por los ríos en torno a las fronteras.
Memoria y recuerdo se precipitan en torno a un círculo que jamás a los mortales les es posible ver el lugar donde se cierra, cuando recae en el ahora.
Ahí permanecen días y meses en torno a algunos signos poco conocidos, mareando hasta la ebriedad a los que intentan descifrar un ápice de sus devenires.
Olvido conoce por haberlo aprendido en sus juegos de niñez, el recorrido completo del círculo de Memoria y Recuerdo. Para él es un pasatiempo descifrarlo en las noches cuando Luna Completa lo incita a cantar. La casa se llena entonces de velas con luces tibias mortecinas, encendiendo en un aire quedo y calmo, las notas que suenan de las canciones de los tiempos en los que Olvido solía ser un joven atractivo, jamás otro amante más deseado que él: vestidura flemática; la misma tentación vestida de implacable en el vaivén de sus ojos sencillos; sincero y colmado de secretos que desgranaría desnudo sobre los cuerpos elegidos; enamorando asimismo, cuellos de botellas de vino blanco.
  De niño, Olvido iba de la mano de Memoria, Recuerdo los llevaba a veces
Sobre un carro a pasear por la rivera del río, o en su canoa, contornos inimaginados solían cobijar los árboles del camino, los pájaros más exóticos cantaban a su paso, leyendas de la Siesta y el Pombero se mezclaban entonces en sus oídos y él comía cocos que guardaba en sus bolsillos.
Olvido fue educado como uno que no iba a ser igual al común de la gente.
Hablaba el guaraní como un idioma dulce y el castellano con saña, para tomarlo como una espada de dos filos: razón y lógica. Conoció también las historias del Chaco, de aparecidos y cuentos de la guerra, pero jamás miró el cetro del poder como algo suyo. Así fue como preparado y listo para las altas casas de estudio, prefirió encerrarse en la cabaña paterna  de la campaña y leer hasta que sus largas pestañas se incendiaran.
Más de una vez, Olvido, en la noche de San Juan, caminó sobre las brasas, subió al palo enjabonado y sacó la moneda con la boca sobre la paila empavonada. Sabía pescar anguilas y taralilas con gracia inusual.
Olvido fue un buen niño y su nombre era una promesa para el pueblo que lo quería y adulaba.
Pero todo fue distinto cuando  comenzó su juventud, se hizo andarín y dejó su Pueblo, Memoria le había advertido que no llegaría lejos, que se cuidara de los territorios de la magia porque a él no le cuadrarían los hados de ésta.
Recuerdo le ofreció la oportunidad de estudiar el arte de la guerra o de la música, pero Olvido eligió por si mismo. Eligió el hermetismo y pasó de un lugar a otro, iniciando una carrera que lo incitaba tanto como lo seducía.
Realmente notable fue la vez que Perurimá le habló de aquel árbol, acaso herido por algún sueño malhadado en busca del saber, aquella vez su andanza fue a buscar un anzuelo que sería una cruz cincelada a modo de tamborón que extrañamente sonaría unísono al ritmo de su corazón, para ingerir en el néctar de ese mismo árbol, la celada de la propia cárcel de sus impulsos neuronales más lúcidos y singulares.
Perurimá le dio el mapa del sitio y señaló los atajos con una pluma de tinta negra hecha con caburé. En el ñandutí de Clementina, él guardó celosamente el papel, cobijando quien sabe qué esperanza semejante quizás al canto en vuelo de aves boreales trinándole al lucero, luego de que Orión se hubo marchado en su prosecución inútil de las Pléyades delante de la cabra que iba empujando el pesado día en ese Chaco insondable, aun no refulgente de cielo acerado y duro de fragua vesperal.
Así mismo, iba insuflado de una cordura inusitada otorgada por lo que él entendió como señales de la causa y el efecto, sin intuir siquiera que al perder su arraigo en la fe, estaba perdiendo lo más valioso de su espíritu.
A la manera de Psique con la lumbre de la lámpara de aceite ante el cuerpo de cupido, buscando la certeza del conocimiento, iba hacia el mágico árbol: "El Torcido Comedor", el de la sabiduría.
Con el último sorbo de mate cocido atizó el exquisito gusta de la primer chipá de la madrugada, y caminó bajo el trinar de las calandrias, zorzales y tortolas, ingresando al enmarañado monte, casi impenetrable.
Lacú lo saludó en las afueras del pueblo con una leve sonrisa, sin decir nada, casi inmutable con su cara de santo, pero siguió fumando su cigarro ante el aljibe, adivinando ya las intenciones de Olvido. Los perros le lamieron los tobillos, y moviendo la cola sin ladrar, lo vieron alejarse por la picada.
Caminó horas y días entre marañas de matorrales, bichos y arbustos para llegar al borde del estero que señalaba en el mapa la  pequeña isla donde estaba el árbol del presunto conocimiento, patos siriris, loros, cigüeñas, garzas, teros, nutrias y cientos de insectos voladores habitaban la laguna.
En medio de la maraña de la superficie del agua se elevaban las maravillosas flores de Irupé, a modo de lotos perfectos, que se erguían inmaculadas en el aire todavía fresco de la mañana. Se arrodilló en la orilla y bebió largamente luego de apoyar su pequeño bolso con avíos y luego se sentó calmo y comenzó a cantar el "Ñeé", el Om  guaraní que aprendiera con Policarpo Roa y solían practicar junto al León Mocoví, Ben Cotaro y el resto de los hermanos. Fue entonces cuando apareció una manada de jabalíes
la costa y salpicaba agua. Él se mantuvo calmo y advirtió que sobre la isla blancos que bufaban sedientos y entraron a la laguna en una hilera que mordía comenzaron a volar caranchos que la cubrían en forma de espiral, al rato, siete pumas se aproximaron agazapados y se echaron a su derecha, y al tiempo otros siete yaguaretés hicieron lo propio a su izquierda a unos siete metros de distancia. Un calor de melcocha picoteó su pecho sujeto a su camisa en la emoción de ver aproximarse un arco diminuto de colibríes de alas batientes que formaron un halo sobre su cabeza. Un picaflor zumbó en su oreja
izquierda algo que él descifró como una alerta, luego los pumas y los yaguaretés rugieron a coro el sermón del propósito, de la intención perseguida en el momento crucial, mientras desde lejos oía el chirrido de los caranchos cantando la canción del deseo:
                                             
  "Dónde pescas hasta hoy
                                                
 avatares del vino.
                                               
  Qué lógicas te traen
                                               
  a las luces sin brillo".
                                              
   "Si bebes hoy el néctar
                                           
      no sabrás tu pasado.
                                               
  A cambio de los nortes
                                           
      De la certeza misma,
                                                
 Entregarás tus doxas
                                                  
 Rumiadas con mate.
                                                 
  Reemplazarás por citas
                                             
      tus siete afirmaciones."
                                                 
  "Tu deseo pescará
                                                 
    en este mismo árbol,
                                                  
   una mente de radar,
                                                    
 lejos de ser un gran don."
                                                    
 "Vuelve sobre tus pasos.
                                                     
 Intenta con arte.
                                                   
  Acusa mansamente
                                                   
  el dolor de la razón."

Perurimá le había hablado algo del cáliz de la flor, y de cómo desnudo nadar en el estero con brazadas en el templo de un universo de dogmas interminables sin confundir el rumbo hacia el islote.
Unos loros comenzaron a cantar:
"Herida cerrada..."
Y todo el monte respondía:
"Herida cerrada..."
Olvido desnudó su cuerpo, rezó tres padres nuestros, extendió sus brazos de pleno hacia los costados, respiró profundamente, luego pausadamente los llevó hacia arriba de su cabeza y aterrizó sus palmas juntas en su frente mientras pensaba.

 

*de EDUARDO "BLUES" VILLALBA.

-Fuente: http://www.barcoebrio.com.ar/blues.htm






¿Elecciones en Cuba?*



*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
Desde Cuba.

 
Varios amigos argentinos se sorprenden cuando les comento que en Cuba nos encontramos ahora en las elecciones parciales y que en el primer trimestre del año próximo habrá elecciones generales. Alegan estar desinformados sobre cómo son nuestras elecciones y me solicitan que les explique, cosa que haré con la sencillez de un elector que ha participado en varias de ellas, pero que no es especialista en la materia.
Para hacer más sencilla la explicación debo aclarar algunos términos:
¿En qué consisten las elecciones parciales y las elecciones generales?
En las elecciones parciales  los electores nominamos  y elegimos nuestros delegados a las asambleas municipales del Poder  Popular, y éstos, los delegados, eligen al Presidente y Vicepresidente de éstas, así como aprueban las candidaturas para delegados provinciales  y diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular. Se realizan cada dos años y medio.
En las  elecciones generales,  elegimos a los delegados a la Asamblea Provincial y a los Diputados. Los diputados eligen al Presidente, Vicepresidente y Secretario de la Asamblea Nacional; así como al Presidente, Primer Vicepresidente, Vicepresidentes, Secretario y demás miembros del Consejo de Estado.  Se realizan cada cinco años.
¿Quién designa las comisiones electorales?
La Comisión Electoral Nacional es designada por acuerdo del Consejo de Estado y  a partir de ésta se van designando las de niveles inferiores hasta llegar a la de Circunscripción, que es designada por la Comisión Electoral Municipal.
¿Qué son las Circunscripciones Electorales?
Son divisiones territoriales que tienen los municipios. En caso necesario se pueden constituir circunscripciones especiales para los que residan permanentemente en unidades militares, internados escolares o colectivos que deben permanecer un tiempo prolongado fuera de sus domicilios.  Por cada circunscripción se elige un delegado a la asamblea municipal y es un representante directo del pueblo.
Los miembros de las fuerzas armadas gozan de los mismos derechos al voto que el resto de los ciudadanos. 
 El proceso electoral comienza con las asambleas de vecinos de la circunscripción, electores, para nominar un mínimo de dos y un máximo de ocho candidatos a delegados.  Cualquier elector que no sea nominado puede auto proponerse y si obtiene los votos necesarios forma parte de la candidatura. Todos los mayores de 16 años en posesión de sus derechos civiles pueden ser nominados En estas asambleas el elector vota a mano alzada y se hace el conteo públicamente. Las fotos y biografías de los nominados se colocan en  lugares públicos y por ley está prohibido que los candidatos realicen campañas proselitistas ni de descrédito contra otros candidatos. También se expone en lugares públicos la lista de los electores, los que pueden reclamar a la comisión electoral de circunscripción la subsanación de cualquier error en la misma. 
En la circunscripción a la que pertenezco se realizaron cinco asambleas de nominación, en las que los electores propusieron dos candidatos: una joven y un joven, o sea, una mujer y un hombre. En todo el país se han realizado miles de reuniones similares y este año las nominaciones concluyen el próximo 26 septiembre.
El segundo paso en estas elecciones lo tendremos el 21 de octubre, en la que elegiremos a uno de los candidatos como delegado nuestro a la Asamblea Municipal.
Como en ocasiones anteriores, este día se habilitan, como colegios electorales, varios locales de centros de trabajo o escuelas para facilitar el ejercicio del voto. Cada colegio tendrá un presidente, dos vocales y un secretario, que también son vecinos de la Circunscripción. El voto es secreto. No es obligatorio votar, es un derecho, un deber, pero no una obligación.  Las urnas son custodiadas simbólicamente por niños y adolescentes, generalmente en uniforme escolar. 
Una vez terminada la votación la mesa electoral procede a abrir las urnas y a contar públicamente  los votos, delante de todos los electores que estemos interesados en presenciar el conteo, incluso de extranjeros, prensa nacional e internacional u otros no electores del lugar. El elegido tiene que obtener más del 50 % de los votos, en caso contrario se hace una segunda vuelta con los dos que más votos hayan obtenido.
Elegidos todos los delegados constituyen la asamblea municipal, y ejercen sus facultades para elegir los principales cargos a ese nivel y la aprobación de las candidaturas para delegados provinciales y diputados.
Paralelo al desarrollo de estas elecciones y formando parte de ella, se constituyen las Comisiones de Candidaturas nacional, provincial y municipales. Ellas elaboran los proyectos de candidaturas a delegados a las asambleas provinciales, de diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y para cubrir los cargos que eligen éstas y las asambleas municipales.  
¿Quiénes integran las Comisiones de Candidaturas?
Están presididas a cada nivel por un representante de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) e integradas por los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), La Federación de Mujeres Cubanas (FMC), La Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM). Las propuestas de cada organización  siguen un proceso desde la base hasta el nivel nacional y cada una de ellas es libre de proponer como candidato a quien considere.  Para ser candidato a diputado se debe tener 18 o más años de edad.
Debo reiterar  que estas comisiones solo proponen candidatos, la aprobación de los candidatos que irán a elecciones, por cada lugar, las aprueban las asambleas municipales, o sea,  los delegados elegidos por el pueblo en las circunscripciones. Y éstos tienen que constituir por ley hasta el 50% de los candidatos.
 ¿Cómo se desarrollan las elecciones generales?
La Comisión Electoral Nacional establece la fecha en que se realizará.
En ella elegiremos a los delegados provinciales y diputados que corresponden a nuestro municipio, según la cantidad de electores.
La organización y procedimiento para llevar a cabo las votaciones es semejante al de las elecciones parciales. O sea, el voto es secreto, el conteo  es público y aunque no es obligatorio votar  siempre hay una alta  participación del pueblo en las elecciones. En todos los procesos electorales que se han celebrado desde el año 1976, han participado más del 95% de los electores.
Se puede apreciar que en Cuba tenemos un solo Partido, pero este Partido no propone, ni designa candidatos para las elecciones y tampoco interfiere o dirige ese proceso. 
Los miembros del Partido y demás revolucionarios que son elegidos, es porque han sido nominados por la población y recibido sus votos. Cualquier persona puede hasta auto proponerse en las asambleas de selección de candidatos y si obtiene la aprobación de los electores integra la candidatura para las elecciones.
Si los elementos contrarrevolucionarios que viven en Cuba  gozaran de apoyo popular podrían también ser elegidos y hasta ahora ninguno lo ha sido.  ¿Por qué será? También pudiera llamarlos “mercenarios” o “traidores”, y no “disidentes” o “luchadores por la libertad”, como los llaman los enemigos de la Revolución, porque cualquiera puede acudir a Internet y comprobar que reciben salarios y otras prebendas de un gobierno extranjero, el de los Estados  Unidos, y no lo digo en forma de metáfora, hasta  documentos oficiales de ese gobierno lo dicen.
Otros aspectos que pudieran resultarles de interés: Los delegados ni los diputados son profesionales en su función, no reciben salario por ello. Por lo que mantienen la actividad laboral que desempeñaban al momento de ser elegidos  Todos son trabajadores o estudiantes. Además, rinden cuenta ante sus electores, pueden ser revocados en cualquier momento de su mandato por quienes los eligieron  y siempre están disponible para cualquier elector que desee hacerle algún planteamiento.
Nuestros diputados no hacen campañas políticas ni tampoco necesitan ser ricos para entrar en una campaña política, sólo sirven al pueblo.
Por supuesto que a este sistema electoral pudieran encontrárseles defectos. ¿Cuál no lo tiene? , pero seguramente es más democráticos que otros que se desarrollan en otras partes, y durante el mismo no desaparecen urnas, no se asesina a los candidatos, no se beneficia a uno u otro candidato ni tampoco se alteran los números, y sobre todo no se nominan ni eligen corruptos.
No creo haber cubierto todas las expectativas sobre el Sistema Electoral Cubano ni reflejado cabalmente lo que entendemos por democracia.  Si el interés en este tema persiste, los remito a la página web de la Asamblea Nacional de Cuba, http://www.asanac.gov.cu/  y si no es suficiente, visiten Cuba durante las elecciones, les juro que no es mi intención hacer una promoción al turismo, pero valga, ni soy uno de los nominados.






LAS LANGOSTAS Y LA LUZ MALA*



Así como algunos pájaros construyen sus nidos con todo lo que encuentran, así él había hecho su casa, o mejor dicho su rancho, con pedazos de  tablas, chapas, palos; y los agujeros más grandes los tapó con barro.- La hizo en un pequeño claro del monte, bajo los algarrobos y chañares del borde, por lo
que estaba un poco en el monte y un poco en la limpiada. Adentro no tenía casi nada. Dormía en un camastro hecho con palos cortados del monte, y en principio diría que no he visto otra cosa.  Media docena de perros lo rondaban, lánguidos y flacos como él mismo.
Menudo de cuerpo, de mediana edad aunque con marcadas y largas arrugas en su cara curtida, de tez oscura, ojos pequeños negros y escurridizos bajo sus cejas pobladas e hirsutas, de escaso cabello lacio que tiraba hacia atrás; armonizaba todo con una boca generosa de gruesos labios, aún más oscuros,
que formaban a causa de su grosor una división, al medio, a lo largo de cada uno, que llamaban la atención cuando en su confusa tartamudez trataba de explicarse en ese idioma nuevo y tan difícil para él, de esa patria extraña a la que recién llegaba.
Labraba un pequeño pedazo de campo, un abra entre el monte, que un vecino le había cedido; con un viejo arado mancera y dos caballos de tiro, que así como los arreos y hasta la ropa, eran aportes de los colonos de los alrededores, que habían sentido pena de la miseria de este recién llegado de la guerra, y viendo sus ganas de trabajar coincidieron todos en ayudarlo. Al comienzo le daban incluso de comer, hoy aquí, mañana en la casa de otro colono.
 Todos estaban bastante retirados unos de otros porqué allí en el norte de Santa Fe, en ese entonces, los campos eran grandes extensiones que los colonos iban sembrando parcialmente, ya que eran tierras circundadas y cubiertas en gran parte por montes e isletas, que poco a poco, y cada vez más, fueron ganando para el cultivo.
Mis tíos, que también eran colonos, eran los más cercanos. Todas las mañanas temprano, antes de comenzar sus tareas de la chacra, venía a buscar leche recién ordeñada y un pan casero, que era parte de su alimentación, y a veces la única de todo el día; otras sentía ganas de conversar y llegaba ya
anochecido,  se agregaba e iba prendiéndose al mate que adoptó pronto, mientras iba venciendo su timidez y mejoraba lenta, muy lentamente, su lenguaje, y comenzaba a animarse, y entonces poco a poco hablaba de la guerra.
Era polaco, llegó tras la segunda gran guerra, escapado, como decíamos entonces. Había sufrido mucho, eso se veía y se conocía luego por sus relatos. Trabajador riguroso, derecho, simple, humilde y agradecido, se fue adaptando y luego pasó a ser un legendario personaje de la zona, conocido y
querido por todos.  Generó anécdotas y circunstancias que los mayores aún mencionan, especialmente por su característica apariencia que llamaba tanto la atención, su lenguaje que lo hacía tan pintoresco e incluso lo aguerrido y encarador que resultó luego, cuando su situación material comenzó a cambiar, fruto indudable de su incansable trabajo.
 Yo tendría seis años y mi hermano mayor once. Estábamos pasando unos días en el campo durante las vacaciones, nos divertíamos y también ayudábamos en algunas tareas. Acompañábamos a alguno de mis dos tíos en sus faenas: arar, sembrar, arrear los bueyes o las vacas. Todavía usaban una yunta de bueyes para tirar el arado,. Yo iba en el asiento de hierro dominando toda la acción, mientras uno de mis tíos caminaba con las riendas en la mano, y las rejas volteaban las lotas de tierra casi virgen y un vaho vaporoso con olor a tierra húmeda y cálida se levantaba entre el crujiente romperse del suelo.
Detrás venían y alborotaban palomas, gaviotines, alguna perdiz y un revoloteo de otros pájaros diversos que hacían su suculento almuerzo de isocas y gusanos. Alguna vez la reja cortaba víboras que sorprendía en sus nidos, y por un momentos ambas mitades quedaban revolviéndose entre los terrones removidos.
Una tarde desde ese trono tan chacarero que era mi asiento del arado, vi a uno de los perros, un manto negro, el más inteligente que tenían; peleando contra algo que no podía distinguir al principio, luego supimos que era una víbora y a la tardecita llegó extraño, silencioso y la cara hinchada, la boca babeante; la "yarará" lo había picado, y el magnífico "boyero" murió unas horas después, de un modo tan lastimero que no voy a olvidar nunca. Se llamaba Prince, era manso y obediente, él sólo a un único silbo de mi tío, se ponía en marcha y buscaba hasta el último de los animales que estaban pastando, vacas, bueyes, terneros, a todos iba juntando entre las isletas del monte y los reunía en un claro para arrearlos hasta el corral donde uno de mis tíos los encerraba. Si uno o más de ellos por mañeros se retrasaban o se perdían en lo más enmarañado, no sé cómo lo llevaba en cuenta, si los contaba o algo así, pero se las arreglaba para que todos sin excepción volvieran en el grupo. Después se arrimaba feliz a buscar el premio de una caricia.
En ese tiempo habían llegado las langostas. Cubrieron el cielo con una nube color violeta, parecía una terrible tormenta que se levantaba por el sur, luego el cielo se fue obscureciendo y a medida que la extraña nube fue tomando color se empezaron a ver movedizos puntos obscuros que pronto se
agrandaban y se convertían en las primeras langostas que llegaban, y se hacían miles y  millones revoloteando y aterrizando tambaleantes, y cuando se asentaron en las plantas y en el suelo, taparon los montes y las chacras.
Las ramas se quebraban al no soportar la pesada carga de las langostas encimadas que las  engrosaban. Revoloteaban por miles y miles en todas partes, llenaban el patio, entraban en la casa. No había como pararlas, y se comían todo, hasta pelaban la corteza de las plantas. Los cultivos desaparecían. Dejaban a cambio una cubierta de bostitas como pequeños y cortos palitos verdes. Cuando comieron todo, al cabo de unos días, comenzaban a levantarse e iban volando otra vez rumbo al norte como tras una misteriosa orden de partida, y en medio día no quedaba casi ninguna.
Pero antes de partir habían desovado. Perforaban pequeños agujeros en el suelo, millones, que llenaban de huevos, y tapaban. Sólo había que esperar unos días. y los agricultores tenían una nueva amenaza: Las langostas saltonas, las recién nacidas, que a su vez tenían que comer hasta estar en condiciones de volar y marcharse en nuevas y gigantescas mangas, ya que todas y paulatinamente se iban juntando y emprendiendo su interminable viaje.
Las pérdidas en las cosechas eran cuantiosas. La desolación y la amargura era total.
En aquel entonces el Gobierno aún cumplía su parte, quizás porqué su economía era directamente perjudicada. Movilizó el ejército y los cuerpos especiales del ministerio de agricultura, con una parafernalia de elementos en la lucha contra la plaga; helicópteros, flotas de camiones "guerreros",
lo que hoy serían todo terreno, jeeps, y agentes con equipos especiales, pulverizó los campos, los montes, cubrió el territorio afectado con los últimos  productos químicos disponibles y en pocos años logró exterminarla.
Pero entretanto en cada chacra había que librar una lucha propia. Para eso los colonos recibían todo tipo de ayuda.
Recibían unas chapas galvanizadas lisas, con las que armaban barreras para atajar la langosta saltona.  Cientos y miles de chapas se disponían unidas cercando cientos y miles de metros en todo tipo de terreno.  Disponían también un lanzallamas y combustible. Las pequeñas recién nacidas saltaban y marchaban e iban avanzando y  convergiendo por millones.- Parecía el repiquetear de un aguacero, cuando las gotas por miles caen unas sobre otras, en un silencioso, continuo, y tembloroso  tableteo.
Salían de todas partes, pero las barreras las detenían y contra ellas se iban amontonando a todo lo largo de las chapas, en un montón continuo, que los lanzallamas repasaban continuamente haciéndolas brasas a medida que seguían llegando. Así decenas de colonos se reunían para acabarlas en los lugares de desove, día tras día en larguísimas jornadas, sin respiro; porqué no debían dejar que traspasaran las líneas defensivas.
 Un verdadero trabajo solidario.
Fue por eso que uno de los tíos le pidió a mi hermano que a una hora de sol nos fuéramos a lo del polaco a decirle no sé bien qué cosa que trajera a la mañana siguiente, algo del lanzallamas, quizás un bidón con kerosén. Pero mi hermano se acordó cuando el sol estaba bajando, y salimos corriendo antes que mis tíos advirtieran que nos habíamos olvidado. Esa fue la vez que visitamos su casa, media metida en el monte.
Cuando volvíamos se fue cerrando la noche y había un buen trecho para hacerlo en la oscuridad y con bastante miedo, asustándonos de nosotros mismos. Se hacía largo el regreso, además era evidente que se hizo de noche por habernos olvidado de salir más temprano. Más adelante mis tíos venían a buscarnos con un buen farol y algunos perros., pero no nos regañaron como tal vez pensamos; al contrario, se alegraron de que estuviéramos bien.
Los acompañábamos también cuando repasaban las barreras o íbamos a llevarles un refrigerio. Cruzando por encima me hice un corte considerable en la pierna con el canto de una chapa. Yo veía a los demás pasar sin esfuerzo, pero mis piernas eran cortas entonces, y mis pantalones también cortos no me
resguardaron para nada.  Con pañuelos me fueron parando la sangre y me llevaron a upa hasta la casa, donde me atendieron con métodos caseros, hasta que la herida terminó sanándose, como todas las cosas, con el tiempo y el cuidado suficiente. Lo que sí guardo de aquella vez es una imborrable cicatriz en la pierna izquierda, un poco debajo de la rodilla.
Con el tiempo la langosta, la plaga, fue quedando atrás; si bien el temor a que volvieran perduró muchísimo tiempo. Primero porqué se decía que volverían cada siete años; luego porqué nadie creía que se hubieran terminado así como así. Hoy parece mentira que esa pesadilla hubiera existido; y también lo parece que nunca hayan regresado.
Los colonos aprendieron a acanalar las chapas y se fueron usando para techar galpones y hasta las casas en el campo, en un uso similar a las chapas de cinc, tan comunes.
Creo que en esa etapa en que los colonos iban de casa en casa luchando todos juntos en esa descomunal tarea comunitaria es cuando "Don Pablo" como comenzaron a llamarlo, deja de ser "el polaco" y se fue convirtiendo en personaje. Tras la tarea era frecuente que apareciera una damajuana de vino tinto, y él estimulado, comenzaba a contar historias de miserias y privaciones, de sufrimiento, crueldad y hasta de heroísmo; cosas de la guerra.  Pero contadas por él, en su media lengua, con sus gestos ampulosos
que exageraba quizás para hacerse entender, su cara desdibujada con sus labios anchos y ojos entrecerrados ya un tanto por el vino mismo, tenían una carga propia que era tomada más por el lado burlesco que por el drama que contenía en realidad, y terminaba provocando hilaridad, mientras él se
enjugaba una lágrima. Tan poco lo entendían.
En una de esas un vecino que recién lo conocía, divertido, y entre risotadas le dice a mí tío, codeándolo con el jarro de vino en la mano.: "- Viodi tu al' â cuatri labris chel càn dal osti.."- una expresión en
dialecto del norte italiano; que es como decir: -"¡Mirá vos!, ¡tiene cuatro labios este desgraciado!". Y si bien una mayoría era tan extranjero como él, nadie lo hubiera admitido, Don Pablo era el polaco, el extranjero, no como ellos que se sentían poco menos que criollos.
A veces venía con alguno de mis tíos a nuestra casa, y quedaba a cenar, y entre vaso y vaso de tinto comenzaba a contar de la guerra. ¡pobre hombre tuvo que huir de su patria!  Contaba que dejó su familia, y un hijo pequeño.
Contaba tantas cosas, terribles. Pero nosotros, los más pequeños junto con mis hermanas, nos tentábamos de risa, porqué no entendíamos nada. Nada de nada. Alguna palabra o frase suelta que más aún nos tentaba. No podíamos aguantar la risa porqué nos parecía todo muy cómico.-¡Éramos mas bien
crueles!... El no nos prestaba atención, se excitaba, se posesionaba, gesticulaba, imitaba las explosiones, los tiros; Se agachaba como si se protegiera, o esquivara balazos, hacía ademanes a falta de palabras, y sólo entendíamos:
-"BRINM., BRAMM., BRONM.., BRINNNG.!!!,  A viva voz en cuello, y eran tantos los aspavientos que el pobre hacía que terminaban todos riéndose, porqué era imposible no reírse. Pienso que él no lo advertía, o necesitaba transmitirlo sea como fuera. ¡Pobre!
El caballo lo volteó una vez por el alambrado de púa haciéndose un feo corte en la pierna.  Se levantaba la bombacha campera y mostraba la herida, comentando en su media lengua; y queriendo decir que temía le diese el tétanos, dijo, recuerdo:
-"Dotor decir que vacular, sinó gararme la teta"- era tan sorpresivo su accidentado lenguaje que era imposible comportarse sin terminar riéndose, máxime si uno ya se tentaba de entrada.
Con el tiempo fue disponiendo de algún dinero. Entonces los sábados y domingo solía emborracharse con vino tinto de su ya tan familiar damajuana.
Compró un revólver y una escopeta. La escopeta era para cazar, perdices, palomas, liebres, que abundaban; o tirarle a los zorros que llegaban vuelta a vuelta a  comerle algunas gallinas. Pero el revólver lo llevaba al ciento y cuando se emborrachaba llegaba al pueblo, un pueblo rural muy pequeño, y daba vueltas con su carro a todo el galope de sus caballos tirando tiros en plena noche y desafiando a los gritos.
 Hasta que el comisario comenzó a apresarlo y tenerlo encerrado hasta el día siguiente. Pasada la borrachera volvía a ser el mismo Don Pablo de siempre y en paz saludaba sin rencores al comisario y a todo el mundo y volvía a su semana de trabajo. Pero ese fin de semana, o a lo sumo al siguiente, Don
Pablo volvía a sus andanzas:  Galopes y carreras, gritos, tiros, amenazas. y de  nuevo a dormir en la comisaría. El comisario, Don Sindo, y él, iban siendo casi como viejos conocidos; lo encerraba y se iba a dormir, al lado, en su casa, pegada a la comisaría, y a l

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9-sep-2007 - DEL CISNE QUE HACE VIDA DE PATO...




Trabajo*




Esto hicieron otros
mejores que tú
durante siglos.
De ellos dependía
tu sensación de libertad
tu camisa limpia
y el ocio de tus lecturas y escrituras.
De ellos depende
todo
lo que te parecía natural
como ir al cine
o estar triste, levemente.
Lo natural, sin embargo, es el fango,
el sudor, el excremento.
A partir de ahí, comienza
la epopeya, que no es sólo
un asunto de héroes deslumbrantes,
sino también
de oscuros héroes, suelo de tus pisadas,
página donde se escriben las palabras.
Deja las palabras, prueba
un poco
lo que ellos hicieron, hacen,
seguirán haciendo
para que seas:
ellos,
los sumidos en la necesidad
y la gravitación,
los molidos por los soles implacables
para que tu pan siempre esté fresco,
los atados
al poste férreo de la monotonía
para que puedas barajar todos los temas,
los mutilados
por un mecánico gesto infinitamente repetido
para que puedas hacer
lo que te plazca con tu alma y con tu cuerpo.
Redúcete como ellos.
Paladea el horno,
come fatiga.
Entra un poco, siquiera sea clandestinamente,
en el terrible reino de los sustentadores
de la vida.



*de Cintio Vitier.
-Fuente: http://www.cubaliteraria.cu/autor/cintio_vitier/poesia.html




Del cisne que hace vida de pato...




Sábado, 08 de Septiembre de 2007
Carver y Ramos*



*Por Sandra Russo


El lunes pasado, a la noche, vino Pablo Ramos a mi taller de escritura para hablar sobre el proceso de La ley de la ferocidad, su última novela.
Habíamos leído todos El origen de la tristeza, ese hilvanado de cuentos que hizo despegar el nombre de Pablo del resto de los nombres de su generación y lo ubicó junto a los "innegablemente escritores". Hace mucho tiempo que la publicación dejó de ser el hito que convertía a una persona que escribía en
escritor. Las editoriales han entrado de lleno en las leyes del mercado y publican cualquier cosa que se venda. Pero el autor... ah, el autor, como rezan los contratos básicos, sigue no obstante siendo el que les recuerda a los editores por qué se dedicaron a ese trabajo; el autor les trae a los editores noticias de su pasado, de sus antiguos amores, porque no son ellos, después de todo, quienes deciden qué publica la editorial, sino las "políticas editoriales".
En el medio de todo ese entuerto que aleja muchas veces a la buena literatura de sus lectores naturales, es milagroso que emerja un Pablo Ramos. Pertenece a ese tipo de escritores animales, como Carver, a ese tipo de extraños seres humanos que no podrían sobrevivir si no trasladaran a formas narrativas la energía interna que los carcome. También como Carver, Pablo empezó a dedicarse a "escribir en serio" a los 35 años, y también como para Carver, "dedicarse a escribir en serio" significó dos cosas: el intento
de deslizar el alcoholismo hacia un lugar creativo, y la disposición, la entrega, cierto fanatismo para abandonarse en el universo de la ficción.
Tanto Carver como Pablo escribieron más de veinte versiones de sus cuentos.
Y así como Carver se enternecía cuando describía el aspecto de agente del FBI de su maestro, John Gardner, Pablo se sonríe desde algún núcleo duro cuando habla de Liliana Hecker, su maestra. Durante mucho tiempo Pablo fue becado al taller de Hecker. Hace muy poco, charlando con ella, le pregunté
por Pablo y su experiencia de tenerlo en el taller. Se llevó la mano al corazón.
El lunes, Pablo habló de la importancia de tener un maestro, una maestra: alguien que te lea y en quien vos confíes. Y me pareció que así como en narrativa forma y fondo son la misma cosa, hay un instante en la vida en el que algunas coordenadas permiten la redención de cualquiera. Que en ese instante que no se anuncia y sucede, hay que estar listo y con el proceso de limpieza ya empezado. Que cuando estamos atrapados en algún laberinto, no debemos dejar de buscar la salida, aunque el mismo nombre del laberinto nos desaliente. Que en eso, en definitiva, consiste la lógica de la esperanza: en estar listo cuando llegue ese instante en el que alguien o algo nos abra mejores. Pablo se encontró con la ficción. Y con Liliana Hecker.
La pasión loca y desmedida que Pablo transfiere a la escritura es, según él mismo explica moviendo las manos como quien sostiene una enorme palangana, la misma que estaba puesta en el alcohol. Transmutación. Parece no tener que hacer en la vida más que escribir. Vivir para escribir. No es el resultado de un contrato, como efectivamente podría ser, ya que ha habido algún ofrecimiento rechazado. Es el fruto de una decisión vital fuera de época.
Una consagración laica o hasta profana pero profundamente espiritual. Quizá a Pablo lo acompañen las almas que rodeaban el cementerio de Avellaneda y el de la Chacarita. Al lado de uno creció y sobre el otro escribió. La escritura de Pablo es así: arrancada. Pero arrancada a la muerte.
El origen de la tristeza fue escrita en máquina de escribir, y las o terminaron agujereadas. Los originales estaban llenos de agujeros negros.
Signos de una desesperación por desprenderse de o que había que escribir.
Una escritura hija del éxito de las coordenadas, cuando en la vida de Pablo no estaba previsto ningún éxito interno.
A mí me gustan los escritores como Carver o Ramos porque lo que escriben me interesa y les creo, les creo la sordidez, la rugosidad, la sequedad, el patetismo, lo triste y lo feroz de la vida. Entreví varias veces lo triste y lo feroz de la vida, y cuando leo a Carver o a Ramos lo que percibo es que nuestras partes heridas no son errores, son constancias de quienes somos.
Pero también me gustan porque los dos son escritores socialmente testigos de un lado desarreglado de la condición humana. Porque ven la hendidura por la que sale pus, y la escriben. Porque no usan fórceps para contar historias simples y en las que, sin embargo, algo horrible o algo hermoso se cuela. Y porque no provienen de escuelas de lujo ni de universidades prestigiosas, contra las que no tengo nada. Pero tanto Carver como Pablo son la prueba de que la escritura es un síntoma y no un ejercicio diplomado. Que el que tiene que escribir escribe. Que no hay problemas de horario ni cansancio de cervicales cuando estos animales narrativos tienen que hacerlo. Que quien ha trabajado de cualquier cosa y no ha terminado el secundario y ha dormido en la calle puede estar listo cuando llegue ese instante en el que rigen algunas coordenadas, y puede también y en consecuencia parir una escritura que nos hable mientras nos dice. Y el talento, finalmente, es el cisne que tantas veces hace vida de pato.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-91038-2007-09-08.html







Leer es la poesía, si afuera llueve*

(Poemas de Cintio Vitier)




*por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com



No sé porque será, pero siempre que medito en la literatura de Cintio Vitier regresan a mi memoria las
lecciones sin par del maestro Juan de Mairena.
Cabe aclarar que Mairena fue un doble literario creado, en su momento, por el poeta católico español
Antonio Machado. Fue creado para discurrir desde la distancia, de un modo poético y ensayístico, sobre
política, filosofía, ética y estética. La pasión española de Machado se volcó en su criatura, la cual
le proponía al lector apuntes de humor y fantasía, aguda penetración reflexiva en la raíz existencial de
la poesía; en su fundamento vital, antropológico, sociocultural e histórico.
En una apócrifa ocasión, en que Mairena impartía clases en el Liceo, le pidió a uno de sus más
aventajados alumnos, que escribiera en la pizarra la siguiente oración: "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rua." Y añadió: "Vaya usted poniendo esto en lenguaje poético". El muchacho volvió a
escribir: "Las cosas que pasan en la calle". "Muy bien", sentenció el maestro.
 La erosión que padece el lenguaje por su excesivo uso nos impide valorar cuanto abunda en él (incluso en sus formas más simples) de expresión metafórica, de alocución lírica, de giro idiomático eminentemente
poético, de mención alegórica empañada por el prosaísmo que sufre sin razón lo cotidiano. Ejemplo de
poesía conversacional es la propia obra de Machado.
Ejemplo de seguridad mayor en la poesía, es no temer a los lugares comunes que pueblan nuestra lengua, para ir realizando en ellos el enredillo sutil de la palabra clara con el hondón filosófico de la vida.
 Cintio reúne de un modo propio y singular estas mismas cualidades. Abundan en su obra la fantasía, el
humor, el apunte con el que espera capturar una experiencia cotidiana para resaltar de ella su nota
lírica, su vena existencial y trascendente, sustancias de las que se nutre con sosiego su poesía.
 Porque Cintio es un poeta que gusta lucir, desde sus páginas, de una respiración acompasada, regulada, que carece, por tanto, del carácter enfebrecido y asincrónico que connota, en ocasiones, la pulsión
confesional de los grandes endemoniados de la poesía.
 Aunque paradójicamente si leemos con atención la poesía de hombres psicológicamente enfermos como
Federico Hôlderlin, o de algunos poetas alemanes del siglo XIX y principios del XX, veremos que lo común en ellos es el compás sostenido y sincopado de la expresión poética. Pues bajo ciertas circunstancias los llamados "poetas malditos" pueden ver en la vida una razón de peso para el canto moral.
 Pero por otra vía, desde otros modos diferentes de encarar las tensiones que  contrae nuestra psicología con la razón vital, es indudable que la poesía de Cintio refleja esa misma vocación moral. Ese
expositivo discurso ético que su palabra resuelve con dominio de un modo formal. Y muchas veces como Machado no es ajeno al lado conversacional y sencillo de la expresión. Es la capacidad que poseen algunos poetas de hacer claro lo oscuro, embellecer la claridad y permanecer con certeza mudos cuando son testigos de lo inefable. Se ha dicho con merecidos motivos que el poeta maldito es "el ladrón del fuego", pero poetas como Cintio y como Machado actúan en la sociedad como guardianes del patrimonio. Porque les ha sido entregado en virtud una heredad. O para reafirmarlo con palabras de León Felipe, el poeta es "el Guardián de la Heredad". En una sociedad que se asienta sobre firmes bases ideoculturales, al individuo le es conferido con razón, y en usufructo, una heredad de la que debe ocuparse con justicia. Nuestro padre nos la entrega como suerte de un ministerio que debemos proseguir sobre la tierra: una casa; (el árbol que nos nutrió de niño) los hermanos; un ejemplo vital; la patria y una biblioteca en cuyos anaqueles descansan los nombres mayores de la literatura y del pensamiento nacional y universal.
La poética de Cintio es de ese tipo que sólo a los individuos que poseen una feliz y "asombrosa heredad",
les es permitido construir en un momento particular de la historia nacional.
 Interrogado sobre su abuelo, el padre del pensador Medardo Vitier, Cintio me relató aproximadamente que era un hombre que, en una solitaria noche campesina de los campos de Matanzas, afirmaba haber visto pasar frente a él, en antológica procesión, a todos los animales y figuras que pueblan la Creación. No sé de qué ignorada Arca habría salido  semejante cortejo, ni a qué fatal diluvio sobreviviera ese milagro. Lo único explicable es la presencia de raíz filogenética de la metáfora, como un cuerpo resistente del que el poeta se siente también heredero, como prosecutor y testigo, intrínsecamente familiarizado con los textos bíblicos, con la apacible soledad de las "iluminadas" noches campesinas.
 Uno de los problemas consustanciales a su significado como ser humano que se le presentan al pensador y escritor católico, es el de la fe. En la introducción que hiciera Cintio a las poesías de Arturo Rimbaud,
traducidas por él, el poeta nos indica que para el adolescente francés el chaparrón caído en provincias
es el Diluvio, por hipérbole fundamental. Y es que la creencia en el milagro a quien implica directamente es al sujeto de la sensibilidad, y al valor concomitante que se le concede a la vida como portadora de sentido y significado. "El arco iris postdiluviano" provoca entonces un canto panteísta de alabanza a la
Naturaleza, en la comprobación fidedigna (con los ojos húmedos y asombrados bajo el descampado) de que no nos hemos equivocado.
 No obstante, Cintio nos dice en uno de sus poemas:
("Descendió a los infiernos")

"No te bastó caer
al polvo de los muertos
y sigues, Cristo mío,
tu indecible descenso."

¿A dónde es que desciende Cristo? según esta amarga visión de un hombre colmado por la duda. A la noche más tenebrosa del Ser; a la soledad más absoluta donde la solidaridad entre los hombres no es posible; donde la Caridad no es ni siquiera hermana, sino prima, en su estulticia, de la muerte anonadante.
No es casual. El propio Machado se veía con frecuencia a sí mismo vagando por un borroso laberinto de espejos e imploraba, ante su propia consciencia, por "unas pocas palabras verdaderas", que son "como una nota de la lira inmensa."
Cito a Machado:

"Así voy yo, borracho, melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla."

Y de Cintio son estos versos que parecen salidos de la
pluma del escritor  sevillano:

"Siempre vienen a mis labios,
en monótona marea,
las mismas viejas palabras,
las mismas palabras, nuevas.

Deseo, noche, imposible,
Hogar, oculto, pobreza."
De Cintio es  además este apunte de humor y fantasía:

"Lo que le dijo el espejo al gallo:
Eso que usted dice es exacto."

Y de Machado es esta otra cita muy hermosa:

"Encuentro lo que no busco:
las hojas del toronjil
huelen a limón maduro."

Cintio escribió en una ocasión que Baudelaire era el poeta de los interiores eróticos. Pero Machado y el
propio Cintio son los poetas de los exteriores apacibles; de los atardeceres tranquilos y tristes.
Esa sinestesia próvida donde el olor cercano del limonero nos recuerda los días de la niñez, mientras
la flor temprana de los almendros nos trae de regreso a la esperanza. Las mañanas blancas de los pueblos de España, a los que cantara Antonio Machado, donde la doncella va camino de la fuente para hacer suspirar a la roldada; las tardes lluviosas de La Habana donde el poeta, el infatigable investigador de la poesía, dobla, desde su sillón de la sala, una página más del libro que se acaba. Porque "leer es la novela, si afuera llueve".
Existe además una prudente distancia gravitacional de la poética de Cintio con los esplendores del verbo de José Lezama. En el segundo hay una voluntad desesperada  de disfrute, como si el universo entero
fuera una pastosa y brillante pulpa que hay que deglutir; el primero mira con calma los manteles finos
y espera que el amigo lo invite a sentar, mientras deja sobre la silla el espumoso violín de los
conciertos discretos. Cuando llega la hora de la siesta, del pecho de  Lezama nacerá un árbol que
corona un trino. Cuando llega la hora de la siesta, Cintio y Fina salen a caminar por los parques de la
Ciudad.
Si se abre el libro de Job encontraremos en él el camino de la fe. Si se abre el libro de Éxodo veremos
en él el camino de la elección y de la Providencia.
Job es el intelectual que reta a Dios a una disquisición sobre el valor de la vida y la utilidad
del bien. Moisés es el hombre que se enfrenta a los enigmas de su propio destino; al auto reconocimiento;
a una paciente voluntad de anagnórisis que lo resuelve a la acción.  Tanto Job como Moisés son poetas y
ambos, alegóricamente, expresan niveles distintos de la condición humana llevada a una situación límite.
A veces pienso que hay algo desesperado en Cintio que se trasluce en su poesía, que allí se guarda de un
modo soterrado. No hay mejor fuente de legitimidad que la que puede otorgar el sufrimiento. Cintio una vez me dijo que la originalidad del estilo de cualquier escritor, estaba directamente vinculada a su
honestidad personal. Tal vez repitiendo, por resonancia, aquello de Martí de que todos los picaros
son tontos y  es inteligente el que es honrado. Y es que no hay mayor paridora de bien común que la fe en
el porvenir de lo nacional; en el mejoramiento humano.
El ensayo de Cintio "Este sol del mundo moral" ha traído como secuela no sólo elogios, sino a
detractores de diversas orillas. Se narra allí la prosecución del bien como fuerza actuante en el
desarrollo histórico de lo cubano. Más que una cronología de la eticidad se ilustran los trabajos y
los días del Ethos edificando, desde los orígenes, nuestra aventura nacional. Lo que sucede es que el
devenir es dialéctico y por eso no se encuentra exento de grandes contradicciones. Mas la síntesis de todo proceso histórico supone la conciliación, la armonía, el equilibrio de las partes puestas en juego,
previamente contradictorias. No puede ser de otra forma. Martí es el apóstol de nuestro ideario cívico
moral, y Cintio es uno de sus más importantes discípulos. Los hombres y las instituciones  florecen
como debe florecer el almendro cantado por Cintio.
Mientras tanto podemos seguir historiando las lluvias; el giro de las agujas en  los relojes ("monotonía
detrás de los cristales"); oficio de poeta como pedía Lezama al hablar de Mallarme. Como pedía Machado, al decir que la poesía es el dialogo del hombre con su tiempo; una reflexión pausada en esos accidentes del devenir y en esos finos detalles que el común de los mortales no pueden ver, por ser demasiado transparentes.
La poesía es un estado del alma, ha dicho Cintio repitiendo por enésima vez una notoria verdad
totalmente ajena a estridencias vanguardistas. Para crearla es necesaria la atención; la vigilia; la
prestancia. La lluvia que empapa los aleros y nos hace cerrar postigos y persianas ayuda bastante. En los trópicos uno se guarda de la lluvia, mientras que en los países nórdicos se sale a contemplar caer la
nieve. Son dos modos  distintos de encarar un mismo dilema, las estaciones universalmente se suceden y hay seres que ya no estarán más entre nosotros. Es simplemente así. No puede ser de otra forma. En su
primer viaje a Nicaragua del año 1979,  Cintio anotó en su cartera:


"Y dormimos como en Empalme de niños, con ese sueño
que sólo consiste en esperar dormidos el amanecer (.)"








La voz arrasadora*



Esta es la voz de un contemplativo, no de un hombre de acción.
Ambas razas, las únicas que realmente existen, se miran con recelo.
Es verdad que ha habido gloriosas excepciones, aunque bien mirados los
rostros, bien oídas las voces,
la sagrada diferencia se mantiene, y aún se torna trágica.
Pero el contemplativo entiende y muchas veces ama el rayo de la acción. Casi
nunca lo contrario ocurre.
Esta es la voz absorta de un oscuro, de un oculto, que ha tenido peregrinas
ambiciones.
Enumerarlas sería realizar un inventario del delirio.
Baste decir que ha querido romper los límites del fuego en las palabras
y ha vuelto al círculo del hogar con un puñado de cenizas.
No, sin duda no lo comprenderéis, salvo los que sois del indecible oficio.
Se entiende a un pescador, a un viajante, a un maestro, a un asesino.
Estos hombres se alimentan de lo que hacen; hasta sus sueños y sus
fantasmagorías son quehaceres, hechos.
¿Cómo entender a uno que no ha poseído nunca nada; que no ha tocado una cosa
desnuda de alusión;
que sólo vive y muere en el mundo de lo otro, en el inalcanzable reino de
las transposiciones:
a uno que, de pronto, necesita escribir, como se necesita la comida o la
mujer?
Su suerte es dura, extraña, también irrenunciable. Y sin embargo, o por lo
mismo, ya no me preguntéis,
cada vez que oye la voz arrasadora de la vida, arroja su fantástico tesoro
y sale cantando y llorando y resplandeciendo, y va silencioso a ocupar el
puesto que le asignan.


(Marzo de 1960)



*de Cintio Vitier.
-Fuente: http://www.cubaliteraria.cu/autor/cintio_vitier/poesia.html







Borges, el buscavida*



El creador desempeñó tareas ligadas al lenguaje para ganarse la vida. Entre las menos conocidas están la confección de una revista para Subterráneos y un folleto sobre la Argentina escrito para la empresa Varig.


*de Vicente Muleiro  vmuleiro@clarin.com


 
No le voy a decir una cosa por otra -le dijo a Jorge Luis Borges la cajera del Banco Galicia de la sucursal de Marcelo T. de Alvear casi Maipú, luego de no encontrar el saldo de su cuenta que le había prometido informar-.
-La señora acaba de matar la metáfora -respondió el escritor, tomando así por el camino del humor y de la liviandad.
Es que la relación de Borges con el dinero difícilmente fue crispada. A partir de los años 60, con fama creciente, premios internacionales, ediciones en todo el mundo, conferencias y prólogos bien pagados, su
situación económica se tornó más holgada. Pero hasta allí, aun sin sufrir apremios, vivió los avatares de un hombre de clase media alta venida a menos, que se defendía con la renta que le proporcionaban algunas propiedades de su madre, Leonor Acevedo, y también con curiosos trabajos ocasionales, de esos que aceptan los escritores por su habilidad en el manejo de las palabras.
De estas peregrinaciones de ganapán es conocida su colaboración con Adolfo Bioy Casares, en 1935, para redactar un folleto publicitario sobre la leche cuajada La Martona (la lechería de los Casares que era la más importante de Buenos Aires) y su página en la revista El hogar -recopilada por Emir Rodríguez Monegal en el libro Textos cautivos-. También sus colaboraciones en el suplemento Multicolor de los sábados, del diario Crítica, de Natalio Botana, o su desempeño en la biblioteca Miguel Cané. Lo son menos su actuación como secretario de Redacción de la revista Obra, de Subterráneos
de Buenos Aires, entre 1935 y 1936, durante once números, y la redacción de un folleto turístico sobre la Argentina para la línea aérea de Brasil, Varig, ya en 1965.
Como recuerda su biógrafo Alejandro Vaccaro, el folleto de la cuajada La Martona le fue encargado por un tío materno a Bioy en 1935. Como la paga era tentadora (16 pesos por página) Bioy invitó a su amigo Borges (se habían conocido en 1935 en la casa de Victoria Ocampo) a participar de su confección. Ambos pasaron una semana en la estancia El Pardo de los Bioy en los pagos bonaerenses de Las Flores, cargados de bibliografía vacuna para ponderar el producto tal como se les había encargado. El resultado fue un texto decididamente antipublicitario, con despliegue erudito y un lenguaje alzado que se da de bruces con el impacto sin vueltas que se requería.
Entre las exageraciones constan la sobrecargada biografía de Elías Metchnikoff, el ruso bajo cuyo método La Martona elaboraba el producto, las prolíficas citas científicas sobre los beneficios de la cuajada que se adornan aún con frases bíblicas y, entre otras cosas, la ejemplificación de las ventajas de su ingesta con la longevidad de una familia búlgara que tenía a la cuajada como base de alimentación: "Es clásico el ejemplo de los Petkof, once hermanos que rebasaron todos los 100 años, excepción hecha de María Petkof, que murió a los 91". Acaso las risas de Bioy y de Borges en el comedor de la estancia, calefaccionado con un hogar a leña, resuenen todavía.
Entre 1933 y 1934, Borges trabajó junto al narrador y poeta Ulises Petit de Murat en el suplemento Multicolor del diario Crítica. La propuesta laboral de su director, Natalio Botana, fue en principio sólo para Petit de Murat quien puso como condición que la codirigiera Borges. Botana aceptó y allí Georgie se dio el gusto de combinar la práctica periodística con la literaria. Los relatos de lo que después fuera Historia Universal de la Infamia fueron publicados casi en su totalidad en ese suplemento, junto con
reseñas bibliográficas, traducciones y ensayos breves. El entusiasmo por la publicación llevaba a Borges con frecuencia al taller de imprenta de la calle Salta para ejercer el control de la edición final.
Mucho más alejada de la literatura fue, durante once números publicados entre 1935 y 1936, su función como secretario de Redacción de Obra, la revista de Subterráneos de Buenos Aires que sumerge al poeta en la más plana prosa institucional. Allí también se dio el gusto de escribir algunos comentarios de libros, de firmar notas con el seudónimo Daniel Haslam (apellido de su abuela) y textos de Bioy. En la década en la que consolida los rasgos más peculiares de su estilo, el narrador se daba un obligado
tiempo para escribir y aun firmar una formularia alabanza a la Línea C (Constitución-Retiro): "La obra realizada -escribió en un inescapable registro anodino- es un verdadero acontecimiento, y singularmente para nosotros dado el carácter especial de esta publicación". Tras alabar que parte de la iniciativa se financió con suscripción popular, lo que para él significaba un radical cambio en los hábitos económicos de los argentinos, derramó un optimismo que el tiempo derrotaría: anunció la inmediatez de un nuevo ramal que unirá Belgrano con el Centro, algo que recién sucedería medio siglo después.
Irresistible debe haber sido la oferta de la línea de bandera brasileña Varig para que Borges escribiera, en estado de consagración ya clamorosa, el folleto "Argentina, el país maravilloso" destinado a impulsar el turismo y el comercio aéreo. Este texto comienza con una frase orgullosa que hoy
admite matices: "La República Argentina es, como el Uruguay, un país de clase media". Las marcas borgeanas están presentes en el texto con figuras como "la inagotable llanura" o "la hacienda que los invasores dejaron se multiplicó bíblicamente".
En recorrida por las principales ciudades del país Borges se exalta con la producción cultural porteña: "Buenos Aires es la capital intelectual del continente: desde sus imprentas salen libros que hallan lectores desde Cartagena de Indias hasta los confines australes"; se detiene en Mar del Plata para alabar "las suaves playas que se dilatan entre el Puerto y el Faro" y describe el Hotel Provincial y "el vasto y azaroso Casino" o acude en ocasiones a remates al uso: "Mendoza, querible en la presencia, presente en el recuerdo, inolvidable en la nostalgia".
Quedó dicho que a partir de los años 60, Borges ingresa a un cuadro económico más desahogado, derivado exclusivamente de sus habilidades y conocimientos literarios y de la creciente exposición mediática.
Pero los visitantes extranjeros siempre se admiraron de que el escritor universal viviera en un departamento de 70 metros cuadrados en el barrio de Retiro. Su biógrafo Vaccaro cuenta que Borges difícilmente se quejaba de su situación económica, que era desprendido con los objetos y aun con los
libros que solía regalar después de leerlos o de que se los leyeran.
Guardaba los billetes en un volumen que en las tapas tenía la figura de un camello y cuando las reservas se agotaban y debía retirar dinero del banco, le decía a Fanny, su mucama:

-Vamos a darle de comer al camello.



Textos recobrados
Se acaba de distribuir la reedición de "Textos recobrados" que recopila gran parte de los escritos de Borges entre 1919 y 1929.
El libro, que apareció por primera vez en 1997, se concretó con documentación aportada por María Kodama.


Borges Básico

BUENOS AIRES 1899,
GINEBRA, 1986
Considerado el máximo autor argentino del siglo XX, su obra en prosa está integrada con ensayos y cuentos. Pasó su adolescencia en Ginebra y publicó sus primeros poemas en España. En 1921 regresó a Buenos Aires y la redescubrió. Allí nació "Fervor de Buenos Aires". En los años 30 su obra adquirió relevancia nacional y en el mundo de habla hispana y hacia los 60 ya gozaba de fama universal con "Ficciones" y "El Aleph", entre otros títulos.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/09/09/sociedad/s-05415.htm







SALVEN*



Los salvavidas
de plomo
como los sentimientos
son un plomo

aunque
a veces
salven
vidas

los sentimientos.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






CORREO:


NO al desamparo de belleza*


La Radio de la  ciudad, que es la radio de todos, está a punto de mutilarnos de una rosa que se nos brinda diariamente. Después de las elecciones en la ciudad, el programa de Liliana Daunes,""La Rosa Brindada" perdió una hora que afectó el delicado equilibrio de la creación y ahora le dieron un ultimátum para que termine a fin de mes. El programa dedica un espacio tiempo a, entre otros, la literatura, la música, la defensa de los derechos humanos,  los de las mujeres y los de todos los que no tienen voz. También
había un lugar en él para la Narración Oral. Como síntesis, es una alianza entre lo poético, el pensamiento y la acción. ¿Demasiado lujo para los tiempos actuales ? Acaso las autoridades salientes y entrantes (que parecen haberse fusionado) consideran subversiva esa unión ? En cierta forma, tienen
razón, es un aire con incitaciones a buscar, a creer, a pensar, a jugar, a crear, actividades peligrosas, si las hay, para los que apuestan al sometimiento a lo establecido. En la cálida fortaleza de la voz de
Liliana, en la de los que trabajan con ella, en la de sus invitados, hay un despliegue de temáticas que ya no podremos encontrar si el programa termina a fin de mes, para ser claros, si el programa se censura.
Desde el nombre, que alude a la rosa de Tuñón,  se inscribe en la tradición del enlace de la lucha con la belleza y nos hace a los oyentes esforzarnos para poder continuarla y legarla a los que van a continuar nuestro camino .
En una sociedad violenta se nos brinda una rosa pero el director de radio ciudad, piensa, a lo mejor, que no es pro andar brindando rosas .
Los oyentes defenderemos a la rosa con la fuerza que se merece y nos merecemos para no quedar desamparados de belleza.



*De Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar




*


Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 9 de septiembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor Cubano Orlando Jacinto García. Las poesías que leeremos pertenecen a Beatriz Marín Aguilar (Colombia) y la música de fondo será de Sonidos del Amazonas
(Ecuador). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44    A-5020 Salzburg     AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067



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20-ago-2007 - travesías






Si tengo que olvidar*




Si tengo que olvidar, cerrad mis ojos
y apagad los susurros de la aurora
antes del despertar de las palabras.

Si tengo que olvidar, que sea otoño,
que las hojas caídas me acompañen
y un tañido lejano interminable
me adormezca despacio, mansamente.

-Ni una sola gaviota planeará en mis playas.
Verán, viejos, mis ojos, un cerrarse de nubes
y un solemne aguacero, un crepitar de gárgolas,
una mudez de cerros.-

Si tengo que olvidar, dejadme solo
en la mazmorra de las decepciones;
borrad todos los nombres, quemad todas las fotos,
arrasad las ciudades que me vieron
y las ciudades que soñé habitables,
sacrificad los versos que compuse
y las canciones que me emocionaron.

Si tengo que olvidar, que sea octubre
que me esconda la lluvia y me seduzca
el rumor de la noche, que no cese
el ladrido del viento, que suceda
una conversación intrascendente,
que la bruma descienda sin apremio
como el fulgor de una sonrisa cómplice.

Si tengo que olvidar, cerrad mis ojos
         y dejad que amanezca sin mi canto.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com   /    http://sbllop.blogia.com/







Travesías...





Estación inventiva*



Errando (¿ se dirá así?)  con rumbo fluctuante caminaba por la vida, un poco desorientada. Tenía palabras en mi lápiz labial. No quería delinear solamente mis labios, carnosos, sonrientes y llenos de ternura.  Ellos querían hablar, contar,  y traviesos -a veces- se escapaban de mi rostro.
Tal vez demasiado juveniles y sensibleros anhelaban dejar su color rojo anaranjado, no solo en un beso, en una copa de vino o en una servilleta de papel arrugado donde es tan difícil escribir una dirección o un teléfono.
Eran ambiciosos como los adolescentes y querían que sus vocales se unieran en un pentagrama.
Un día, un señor de anteojos muy serio, que escondía su sinfonía detrás de sus lentes, me comentó de un espacio en Internet que se llamaba inventiva social. Me dijo, con voz clara pero firme que me animara a visitar ese lugar. Entre asombrada e inhibida, me conecté.
Mis labios impertinentes y arriesgados comenzaron a enunciar gran cantidad de palabras y fueron surgiendo desde el teclado a las distintas estaciones: postales sociales, inventren, reescribiendo noticias. Para mi sorpresa comenzaron a publicarse mis pensamientos, siempre teñidos por el espíritu de
mi lado Azul, el que más quiero y no tiene sentimientos de culpa, rencores ni mala onda.
Después de un tiempo, de tanto escribir conocí a Eduardo el creador de la inventiva, quien supo estimular mis locuras y mis ganas. Es muy inteligente y amable, "aunque no lo conozco en persona", como decía mi hijo cuando era chiquito porque iban a estrenar la película de los Dálmatas y estaba fascinado, imaginaba que iban a estar los ciento un perritos en el cine.
 Creo que hace dos o tres años que estoy. Y he capturado mucho afecto de los poetas  e intercambiado opiniones y  vivencias que han ampliado mi caudal de amigos. No les conozco el rostro, ni las edades ni el número de documento.
No me interesa Son esencialmente  diferentes.

Para Eduardo por su lucidez y compañía y su empuje en la inventiva social
Para Mario, el señor de anteojos que puede ver más allá y me ayudó a construir mi lado Azul sin censuras.
Para La Ana, una gran amiga de inventiva que conocí en Mendoza y siempre estamos, nos estamos.


*de Azul.  azulaki@hotmail.com








Lunes, 20 de Agosto de 2007
El arte perdido de escribir a mano*




Por Robert Fisk *


Mi padre siempre se quejaba de mi mala letra. Su letra de contador, casi de imprenta, era medida, cuidada, llena de pequeños ganchitos que luego noté también había usado, muchos años antes, en el Diario de Guerra del batallón 12 del Real Regimiento de Liverpool, escrito en las trincheras de 1918, cuando él tenía 19. En comparación, mi letra era desprolija y con los años se va poniendo peor. Mis cuadernos de la guerra civil libanesa, con muchos informes garabateados en 1976 y 1977, todavía son legibles. Pero hoy en día vuelvo de una entrevista y me encuentro con horror con que no escribí palabras sino la representación de palabras, entrecortadas con partecitas de taquigrafía Pitman y, por supuesto, le echo la culpa a la computadora. Con un instrumento que puede correr casi a la velocidad de la imaginación, es
indignante volver al manuscrito, que simplemente no llega a la velocidad del pensamiento.
Entonces, fue un alivio visitar el otro día el Musée des Lettres et Manuscrits de París y encontrarme con que los grandes y los genios también escribieron con furia y tristeza y, a menudo, con muy mala letra. Me impresionó mucho la letra de Napoleón, una mano militar y obstinada que a veces firmaba "Nap". Churchill dibujaba chanchitos en las cartas a su mujer.
A los grandes artistas les encantaba cubrir sus cartas de dibujitos y Jean Cocteau, notable, solía cubrirlas de caritas asombradas. Matisse le escribió en marzo de 1943 a Martin Fabiani con un boceto de una chica leyendo el diario. Gauguin hizo una vez un enorme pomo de pintura al pie de una carta. Esto me recordó una escena terrible que había visto en Hebrón en 2001, cuando una turba de palestinos linchó a tres colaboracionistas y los colgó semidesnudos de postes de alumbrado. Fue una visión tan sucia que la boceteé en mi cuaderno: sólo después pude volver a abrirlo y describir en mi nota en The Independent las imágenes que había dibujado.
Se supone que la letra exhibe el carácter -la mía es atropellada, irregular y apurada-, pero noté que la letra de Catalina de Médici a veces se desdibujaba, despareja, y que la de Robespierre era casi ilegible.
Hay algo dolorosamente humano en eso de leer las cartas de héroes muertos hace tanto... Sus intentos de humor tantas veces fallidos, su tono seudojuvenil raramente resisten bien el paso del tiempo. El 13 de noviembre de 1930, el piloto Shaw -también conocido como Lawrence de Arabia- le escribió al antropólogo norteamericano Henry Field -muerto en 1986- para combinar de encontrarse en Plymouth para hablar de asuntos árabes. Su carta, pude notar, fue escrita con letra simple y escolar, sus íes curvadas en la punta, las letras de cada palabra unidas con prolijidad. "Querido Sr. Field.
Espero que sea colosalmente rico, así el costo de venir hasta la miserable Plymouth -el último o el primer pueblo en Inglaterra, dependiendo del hemisferio del que se venga- no le va a pesar demasiado. Yo soy un fraude en todo lo que sea el Medio Oriente y la arqueología. Años atrás me dediqué a ambos y logré un nivel aceptable de conocimiento, pero la guerra me dio una sobredosis y hace nueve años volví confortablemente a las filas de la fuerza aérea, sin que nada fuera de ella me interese desde entonces. Nueve años es tiempo suficiente como para dejarme obsoleto pero, todavía no como para que mis ideas sean arcaicas e interesantes. Además, ya olvidé todo lo que alguna vez supe."
Pobre Lawrence, siempre tirándose para abajo. Primero pensé que se describía como un amigo del Medio Oriente pero no, realmente no, se definía como un fraude y su carta sigue con el consejo de que Field lo ubique en la estación de Plymouth, entre la multitud. "Busque una criatura pequeña y avejentada en
un uniforme verdiazul con botones de bronce, como un empleado del automóvil club o un motorista de tranvía, sólo que más menudo y desprolijo."
En el museo francés hay ahora una muestra sobre el "Titanic", que se hundió el día que mi padre cumplía 13 años, un estremecedor telegrama que cuenta la muerte de Thomas Stead, uno de los grandes periodistas de la época. Con la letra compacta y oficial del empleado de correos, expresa que con "sinceras condolencias" queda en claro que "ya no hay ninguna esperanza" de que Stead figure entre los sobrevivientes. "No hay ninguna esperanza", es siempre algo final, pero ese "ya", lapidario, debe haber dejado mudos a los destinatarios.
Luego está el relato de náufrago de Helen Churchill Condee, notas de una sobreviviente escritas poco después de la tragedia en párrafos de a rato sorprendentemente breves, como si el barco se estuviera hundiendo de nuevo en su cabeza mientras ella escribía. "Estaba en mi baño lista a tomar un baño caliente. La música de los motores era un golpeteo y una canción, ritmo y armonía. Entonces vino el golpe. La imagen mental fue el momento en que el arca tocó el monte Ararat. El impacto se dio por debajo de mí. Me hizo caer.
Habíamos chocado contra una montaña en pleno mar, una montaña no descubierta. Debe ser eso."
"Abrí la puerta de mi camarote y noté dos o tres cosas siniestras: un silencio absoluto, la luz intensa del salón de baile, la total ausencia de cualquier presencia humana." En páginas posteriores, la letra de Condee comienza a descontrolarse y ella hace correcciones con su lapicera mientras describe desde el bote salvavidas el final del "Titanic". "Lo que queda de la cubierta se inclina agudamente a proa y en ese espacio que se achica se amucha la compacta multitud que espera la muerte con el coraje trascendente y la pena que han mostrado ya por dos horas".
"Espero el final como en trance. Es inevitable. Quiera Dios demorarlo. No, que en Su misericordia lo acelere."
"Finalmente, el fin del mundo" (en el manuscrito, la f de fin y la m de mundo están subrayadas). "Sobre las aguas queda apenas un gran gemido, como el de un ser al que la agonía final le arrancara un solo sonido." Hay tachaduras en el texto, palabras cambiadas como haría un compositor buscando el final de una ópera trágica. Condee tenía doce años cuando se hundió el "Titanic", uno menos que mi padre. Su letra es extrañamente similar, con las mismas curvas y tes decoradas, como si fuera necesario decorar las letras con que se escribe. Supongo que la laptop terminó con todo eso. Ya es raro recibir una carta manuscrita, aunque cada tanto alguien escribe en una vieja y fiel máquina. Ahora, nuestra imaginación vuela a la velocidad de la web. Y es bueno que mi padre no pueda ver la letra que me sale hoy en día...


* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-89976-2007-08-20.html







Travesía*
 
 

El intrepidísimo navegante solitario, boca abajo sobre una tabla que en absoluto es más que la tabla de una mesa, con brazos y piernas abiertos y extendidos y, sin rigor, usando estos miembros a modo de remos, surca la inmensidad del océano. Se divierte, hace ruidos con la boca, farfulla. Luce tres prendas: gorro para ducha, calzoncillo anatómico con elástico tipo faja y medias de lana.
—¡Una roca!... ¡Cuidad el palo menor! ¡Que no se abolle la eslora!... ¡Aplicaos a una labor intensa y desmesurada!... ¡Subordinación y subordinación!... ¡Nada de tejer ahora!... ¡Proteged la nave! ¡Cuidad de que no encallemos!... ¡No escupáis como gesto de irrefrenable enojo! ¡Os vi, os vi, corbetero de segunda!...
Abandona ese juego. Se moja la cabeza en el agua. Mira a lo lejos.
—Uia... Esa nube no estaba... Si tuviera un arco te tiraba una flecha, te hacía bajar la frente. ¿Qué, no es tu manera de reír, llover?... Vení, llovéme..., que acá hay un pecho...
Es una mañana luminosa. Los tiburones duermen: sueñan con deliciosos navegantes solitarios.
—¡Yo soy bueno!... ¡Soy un buen pibe!... ¡Un buen soldado, capitán! ¡Un buen náufrago, doctor! ¡Un buen ányelus! ¡Un buen orquestador del atardecer!... ¡Un buen marrano que se cagó en su propia boca, se puso en penitencia, se dejó peinar, se arremangó las piernas y está acá!...
Brisa fresca. Es martes.
—¡Refrescando, caracho!
Meduloso. Es noviembre.
—Pensemos en un puerto. Y en un fondín. En un viejo poseído por el vino declarándome su corrupción transparente. Me quiere regalar su camisa y jura que me parezco a él, a las rodajas de sus hijos, jura, él jura, dentro de los sándwiches de todos los fondines del puerto.
Se exalta. Ya van a ver: signos de admiración.
—¡Me quiere convertir en una oreja, en una cama! ¡Me quiere abrazar con su aliento! ¡Qué solidario!... ¡Yo apenas puedo conmigo, caballero! ¡Apenas me puedo dejar zarandear y golpear por alguna adversidad que yo elija! ¡¿O se cree que no me conduelo de mí?! ¡Ni una boya, ni una! ¿Usted me entiende? ¡Ni una! ¡Ni una!...
Se pone de pie. Tormenta.
—¡Yo quería ir hacia allá!...
Trata de señalar, pero la tabla se mueve. Chaparrón.
—¡¿Vas a amainar de una vez?! ¿Vas?... ¿Eh?... ¿Sí?... ¡Soberbios! ¡Cenagosos! ¡Una vez barrí mi casa grande con una escoba nueva! ¡Y maté a una hormiga con una cucharita! ¡Y sepulté un juguete de mi amigo! ¡Y le apreté la clavija al guitarrón pero rompí la cuerda! ¡El vino no! ¡Mámese usted, si quiere! ¡Usted es un empedernido condenado!...
Cede la tormenta. El osado navegante solitario se calma, cede. Hace flexiones. Después:
—Confidencialmente, yo pienso en mi saltimbanqui interior. Irrespetuoso, forajido... Soy un escrutador feroz.
Anochece. La luna desciende sobre él: queda a unos cincuenta centímetros. Media luna. El todavía no se da cuenta.
—Un escrutador como me gustaría que hubiera otro. Uno siempre busca equipararse, aunque no haya una intención aviesa. Son las ganas de uno de resultar imprescindible. ¡Qué capítulo, señor, escribiríamos todos si no tuviéramos que remar!... Es que uno, se obstina en no ser un buen pez. Pero, ya se sabe, pulmones no son branquias, branquias no son pulmones.
Sin mirar directamente a la media luna:
—¿Y a vos quién te conoce? ¿Te mandaron a espiarme? ¿Traés algún mensaje? ¿O querés que te diga un versito?... Sos una desamorada. Te sacaste las plumas pero es inútil. Me pongo veleidoso cuando me persiguen. Supe renunciar a vos, también. ¡Me soy tan obediente ahora! Vos no lo creerías ni en cien siglos, que ya sé, para vos es nada. ¡Ay, luna, yo te conozco, no me pude olvidar de vos! ¡Entré a tu dormitorio tantas veces! “Sos un seductor...” ¿Yo, un seductor?... Te regué mis vocablos más irreproducibles. Te extorsioné con un fervor diletante. Autorizaste mi impulsividad y toleraste que instalara mi corte deprimida.
Mira a la media luna.
—Pero yo prefiero que te vayas, ahora. Te quiero mucho, sí, te quiero mucho. Estoy demasiado inmerso en mis propios pozos. Y sucuchos. Un chico se cayó por una de mis grietas. Todavía podría decirte cosas que nunca te dije. Atorarme con tu luz. Pero yo prefiero que te vayas, ahora.
La media luna asciende con lentitud. Al rato, amanece. El navegante solitario observa el horizonte con un prismático que simula con sus manos. Playa a la vista. Hacia allí navega. Sin proponérselo. Sin verdaderamente proponérselo. Mujer desnuda en la playa a la vista (con anteojos oscuros y pulseras), que habla, discierne y se unta con protector solar:
—Todas mis tías muy febriles, muy bienhechoras, un nudo al lado de otro nudo. Pero mamita, no es la primera vez. Pero mamita, no es la segunda vez. ¡Pero mamita, no es la última vez, esa vez!... ¡Todos los mil ojos, las mil empastadas rodillas de mis primas, las mil putas absortas trompas de Eustaquio oyéndome desangrar, y nada! ¡Quienquiera puede levantarse la camiseta; yo, no! ¡Burras, burras! ¡Mujeres rellenas de algodón!... La docilidad para esto: una escarapela. Para aquello otro: firmes, escrupulosas, inexpugnables: otra escarapela. ¡Pervertidas! Mamá pervertida, pobre. Tías con el camisón triste. Esponjosas comedoras de chocolate. Bofe suculento, sí, para el gato que se comió al ratón, que se había comido a la araña, la que se había comido a la mosca. A ver, querida: plisá tus labios menores, que yo lo haré con los míos. Por favor, reprime tu virulenta condición, tus ansias de conocimiento desmesurado. No juguetees, no me alarmes, querida. No me juguetees a mí. No me estimules, no me hagas aparecer. Eso. ¡Eso es un nudo al lado de otro! Que nada se desate. Todas atadas, apenas entornadas, como para no morirse definidamente. ¡Puaaajj!...
El navegante deja de observar con el prismático.
—Encallé..., encallé...
Camina unos pasos por la orilla, perplejo.
—¿Dónde estaba esta costa, esta arena suave?... ¿Qué hago yo conmigo ahora? ¡¿Qué hago yo conmigo ahora?!...
La mujer se saca los anteojos y mira al navegante. Este, intentando quitarse las medias, pierde el equilibrio.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







Lunes, 20 de Agosto de 2007
literatura|entrevista al escritor y psicoanalista luis gusman

"Quería contar algo actual y vivo"*


En su novela El peletero, recientemente editada, reflexiona sobre lo que implica tener un oficio "en vías de extinción" y la realidad de vivir en un mundo amenazado. El autor de El frasquito analiza los textos de referencia que influyeron en su nueva historia.

Gusmán concibió una novela muy atractiva, a partir de la historia de un vendedor de pieles.


*Por Silvina Friera

Una anécdota, se sabe, puede ser el principio de una novela, la punta del ovillo de la que tira el escritor. Cerca del consultorio donde Luis Gusmán atiende a sus pacientes, hay una peletería con un cartel: "Su antigua piel tiene valor. Refórmela y cambiéla por otra". Lo primero que pensó el escritor y psicoanalista, cuando se encontró casualmente con esta frase, fue: "Como si fuera tan fácil", que terminará en boca de uno de los personajes de El peletero, recientemente publicada por Edhasa. A partir de ese encuentro azaroso con esta frase, el escritor y psicoanalista empezó a reflexionar sobre lo que implica tener un oficio "en vías de extinción".
¿Cómo hace un vendedor de pieles para defender la dignidad de su trabajo, que se basa en el sacrificio de animales, en momentos en que los grupos ecologistas instalan en la agenda de la época la protección de las especies?
¿Qué hace cuando todas sus coordenadas vitales tiemblan en sismos que aumentan la intensidad hasta el peligro de muerte? Roberto Landa, un personaje que Gusmán consigue que sea inolvidable ya en las primeras líneas del libro, heredó el oficio de peletero, junto con la diabetes que lo afecta, de sus abuelos maternos. Su mundo se desmorona lentamente, cada vez que abre ese "geriátrico de pieles", atendido por su prima Matilde, y se encuentra con un folleto de Greenpeace, como el que advierte: "Tanto el hombre como los animales buscan protegerse".
Y Landa, también, buscará protegerse porque se siente acorralado y aislado.
Hasta su hijo, que desde la adolescencia militaba en un partido de izquierda, en una discusión le dijo: "Las pieles son algo que consume cierta clase social", y el peletero, que nunca había pensado que tenía un negocio "burgués", se defendía esgrimiendo que el negocio lo había heredado de sus padres. "No es lo mismo perder un oficio que un trabajo -señala Gusmán en la entrevista con Página/12-. Si uno pierde el trabajo quizá pueda conseguir otro, pero si pierde el oficio, queda desafectado de la estructura social y
sin lugar en el mundo." Lejos de resignarse al ostracismo público, a ser un paria que llora ante la pérdida de sus soportes existenciales, Landa se empeña en una batalla contra los actores que parecen haberlo condenado a la desaparición. El peletero no actuará solo; en ese camino que eligió, de manera fortuita, se cruzará con Hueso, un marginal que se dedica a navegar las costas del Riachuelo y que perdió su casa, mujer e hijos en manos de un pai umbanda.
El narrador de la novela señala que esta dupla, que iniciará una amistad indestructible a pesar de los abismos sociales que los separan, tiene algo en común: "El mundo se les había vuelto extraño". Esta unión azarosa bien podría ser definida como "piel y hueso". El peletero y Hueso se convierten en necesarios y complementarios el uno para el otro. "No hay uno sin el otro, son como Bouvard y Pécuchet, si se termina uno, necesariamente se tiene que terminar el otro", define Gusmán. Esta necesidad de apelar a dos
personajes que actúan de manera complementaria no es ajena a las ficciones del escritor. Algo similar sucede entre los dos pesistas en Tennessee, llevada al cine por Mario Levín, con el nombre de Sotto voce, y con los represores Varela y Varelita de Ni muerto has perdido tu nombre.
"No quería caer en el peligro de la nostalgia, en una suerte de tango quejoso, ni traer el pasado al presente ni volver el presente, pasado.
Quería contar algo actual y vivo", plantea el autor. "El peletero es un personaje que sufre por estar vivo, pero no me parece que añore el pasado.
Tiene que actuar y la primera idea que se le ocurre es un tanto desesperada, busca enfrentarse con las personas y grupos que están atentando contra su oficio, como Greenpeace. El vive amenazado, y por eso busca infiltrarse en Greenpeace. Pero quería diferenciar muy claramente el atentado fallido de la
cuestión conspirativa de Los siete locos, que el peletero no fuera confundido con el astrólogo o con Erdosain, porque no me parece que haya una cuestión tan moralista ni de confabulación."
-Aunque ser peletero no era únicamente un oficio sino la razón de su vida, Landa miente, dice que es abogado. ¿Por qué tiene esa necesidad de ser otro?
-Como decía Rimbaud: "Yo es otro". Me parece que hay una anomia desde este punto de vista, y como parábola tuve presente El astillero, donde los personajes quedan desafectados de la estructura, viven como si ese mundo no hubiese cambiado y sufren los efectos de vivir en ese "como si" en un tiempo
detenido. Otro texto de referencia fue el Diario de la guerra del cerdo, donde también hay un mundo amenazado. Pero la diferencia fundamental es de lenguaje, en la novela de Bioy Casares está más contextuado por cómo hablan los personajes. Si bien en El peletero el habla es importante, los
personajes son más míticos y eso les permite no ser devorados ni subsumidos por el contexto histórico. Y el otro texto, ya más ambicioso, es El artista del hambre, de Kafka, donde está ese ayunador, que es una metáfora del artista, sobre todo en un momento en que el artista, no tanto el escritor, ocupa un lugar importante en la estructura social. Y el oficio de ayunador, en Kafka, es un oficio en extinción. El ayunador está en el fondo de la jaula del circo y ha dejado de ser atracción, ya nadie lo va a visitar,
hasta que se extingue y desaparece en esa jaula confundido con restos.
Gusmán cuenta que Hueso se transforma en un símbolo casi sin quererlo. "Uno nunca sabe la duración que puede tener un símbolo. Si pensamos en el asesinato de (José Luis) Cabezas, no sólo impresiona que todos los involucrados en el crimen estén libres sino que la reacción popular, más allá de la reacción periodística, haya sido tan acotada y que no estuviera en consonancia con lo que implicó ese asesinato", explica el escritor. "En la novela no quería que la cuestión del intento fallido de actuar del peletero terminara en un acto terrorista, ni que tampoco fuera una ensoñación o una fantasía. Si bien la literatura tiene toda una tradición, si pensamos en La mirada de Occidente, de Conrad; Los siete locos, de Arlt; o El americano impasible, de Graham Greene, donde el atentado cumple un papel, no quería que El peletero se inclinara hacia un acto meramente conspirativo."
Con una trama muy jugada, El peletero es de esas novelas que se empiezan a leer y que no se pueden abandonar hasta terminarlas. "El libro tiene un suspenso, pensando en un lector interno a la propia trama de la novela. Todo se va encadenando de una manera que tiene una lógica bastante atractiva",
admite el escritor y psicoanalista. "Landa es un personaje que queda muy fijado y ése es un propósito inicial de la trama. A pesar de que provienen de dos mundos contrastantes, los une el fracaso respecto de la cuestión amorosa y que no tengan una causa para vivir. La solución es realista, no quería una resolución ni religiosa, ni ocultista, ni fantástica."
-¿Qué diferencias encuentra entre El peletero y Villa?
-La diferencia, en principio, es ideológica. Landa no es un colaboracionista ni un pasivo que observa cómo suceden los acontecimientos y no actúa. Landa quiere hacer algo, en cambio Villa no pretende ni le interesa modificar nada de su realidad inmediata.
-¿Por qué fue evolucionando, desde Villa, hacia una escritura más económica?
-Quiero controlar los desbordes estilísticos de mi escritura y una imaginación desbordante y desbordada que imperaba en mis relatos casi de manera metonímica. Si en La música de Frankie, un asesino es entregado por el hermano, me parece que todas las historias secundarias que aparecían
hacían perder el eje de ese acto que es casi trágico y que atraviesa la vida de cualquiera que tenga que tomar semejante decisión. En El peletero traté de administrar y controlar todos esos desbordes, que las anécdotas y que lo florido de la escritura no me hicieran perder el eje de la idea central, la de alguien que pierde su oficio y queda desafectado de una estructura, su vida pierde sentido y no tiene una causa. Si me dejaba llevar por lo imaginativo, para decirlo de una manera, rápidamente podía perder de vista
el eje central. No me quedé tan fascinado, como en otros momentos, por el procedimiento literario, que a veces, cuando se nota en exceso y está por encima de la historia, me parece que la subsume. Lo cual no quiere decir que esté a favor de una historia lineal sino que simplemente estoy atravesando por un momento en donde no quería que el truco o el procedimiento literario embarraran la trama del libro. Para mí cada vez es más difícil escribir sin una trama. El peletero es un punto de llegada a algo, pero que no podría decir qué es.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-7355-2007-08-20.html



LA FICHA


Nacido en Buenos Aires en 1944, Luis Gusmán acredita notables aportes en el campo de la literatura y del psicoanálisis. Autor de El frasquito (1973), Brillos (1975), Cuerpo velado (1978), En el corazón de junio (1983), La muerte prometida (1986), Lo más oscuro del río (1990) y La música de Frankie
(1993), entre otras obras, Gusmán ha indagado de distintas maneras en historias relacionadas con la última dictadura militar. Lo ha hecho en Villa (reeditada el año pasado) y en Ni muerto has perdido tu nombre (2002). En esta última, el escritor y psicoanalista cuenta la presencia de ese pasado
en el presente. Los torturadores vuelven a atormentar a sus víctimas, veinte años después, las víctimas vuelven al lugar donde fueron torturadas. Gusmán publicó también dos volúmenes de ensayos: La ficción calculada fue editada en 1998. Siete años más tarde dio a conocer Epitafios. El derecho a la
muerte escrita, un lúcido análisis de los recordatorios de los desaparecidos publicados por Página/12. Es autor, además, de una autobiografía, La rueda de Virgilio (1989). Su libro Tennessee (1997), en tanto, fue llevado al cine por Mario Levín, con el nombre de Sotto voce.



TEXTUAL


Landa parecía tener un mapa de su enemigo en la cabeza. Conocía cada uno de los movimientos de la flota ecológica y se había transformado en una especie de especialista en geopolítica. Se enteró por los diarios de que El guerrero del Arco Iris había recibido los ataques de los barcos factorías. Estos casi
lo habían rozado para asustar a sus tripulantes.
Averiguó también que en los próximos días pasaría por las costas argentinas el buque Pacific Swan, transportando ochenta toneladas de residuos radiactivos; además, integrantes de Greenpeace habían hecho una manifestación frente a la Embajada de Inglaterra, enmascarados con calaveras blancas y sudarios negros.
¿Cómo llegó a saberlo? Muy simple: volvió a infiltrarse y se vistió con esa ropa en señal de protesta. Un cartel colgaba de su cuello: "Stop Plutonio Greenpeace". Otro cartel más grande ordenaba: "Barco nuclear, fuera de la Argentina". Landa se sentía protegido detrás de la calavera: era nadie y, al
mismo tiempo, se sentía alguien.
Se miró en un espejo con la boca abierta, como quien emite un grito profundo. Vio su propia calavera (...), y otras calaveras con las bocas abiertas. Querían gritar pero también respirar, querían cantar un réquiem desesperado.
Trató de adivinar, bajo los sudarios, a hombres y mujeres. Trató de saber si debajo de alguna ropa negra y una calavera blanca estaba oculta Verónica.


*Fragmento de El peletero (Edhasa).
-Fuente: Página/12

 




*



Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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5-ago-2007 - GARY COOPER QUE ESTÁS EN LOS CIELOS...




 

 

 

La Angustia, la muerte y el amor*

 
Si la muerte
Es la llegada de la nada
O la pérdida de todo
Si la angustia
Crea la imposibilidad de todo
Y las ganas de nada
 
¿Qué debe hacer el amor
Ante tanta angustia,
Ante tanta muerte
Con la angustia de la muerte
Con la muerte que trae angustia
 
Que puede hacer el amor
Si la muerte
Es segura
Y la angustia  más fuerte
 
¡Que debe hacer el amor?
Si no lo entrenaron
Para la lucha
Cuerpo a cuerpo con el dolor
 
Que quiere hacer el amor?
Si la angustia
Lo seduce
Hasta dejarlo
Desnudo
Dentro de un
Cálido féretro
 
 
Acurrucado
Acompañado solitariamente
Por la muerte
 
 
 
 
*de Silvia Irigaray.  silviairigaray@arnet.com.ar






GARY COOPER QUE ESTÁS EN LOS CIELOS...






A FONDO: CLARA CORIA: PSICOLOGA

"Cuando una mujer dice 'soy sola' está defendiendo su derecho a elegir"*



Crecen los hogares con jefa mujer y cada vez parece más difícil estar en pareja para las de 30 a 40 años. Quizá, porque los cambios que motorizan hombres y mujeres están yendo en dirección contraria.



*Analía Roffo.  aroffo@clarin.com


 
Bastante más confiable que la cifra de inflación, una estadística reciente del INDEC revela que desde hace seis años no dejan de crecer los hogares con jefa mujer. Ya no, como en los tiempos álgidos de la crisis, sólo en los sectores más pobres, sino sobre todo en los de clase media y media-alta. Más mujeres viven solas o con sus hijos, sin una pareja al lado.

El dato tiene la contundencia de los números y, a la vez, una sensación térmica. La mañana en que la vicejefa de Gobierno electa de la Ciudad, Gabriela Michetti, le contestó por radio a Dady Brieva "soy sola, como dicen hoy las chicas de mi edad", los llamados de identificación colmaron el programa.

La psicóloga Clara Coria tiene varias décadas de buceo en temas críticos en la vida de las mujeres. En 1986 publicó El sexo oculto del dinero y de ahí en adelante las negociaciones con los hombres, los mitos y verdades acerca de la maternidad y el amor fueron ejes de otros libros reveladores. La experiencia de la soledad no le es hoy ajena: hace un año enviudó, después de un largo matrimonio. Por eso, con la lucidez de su trabajo clínico y el reconocimiento de sus propias emociones puede reflexionar sobre los matices que tiene la soledad para las mujeres.


¿Qué lectura se puede hacer del dato del INDEC?

Me plantearía algunas de las cosas que sienten esas mujeres. Ellas sienten que pueden elegir entre lo que consideran estar mal acompañadas o estar con ellas mismas. Muchas sienten que no tienen ganas de vivir junto con alguien con quien no se sienten satisfechas. Eso, unido a una mayor independencia económica, y a que socialmente una mujer que está sola ya no es mal vista, da por resultado una mayor legitimidad para elegir. Por supuesto, tienen mucho trabajo. Pero tienen el doble de trabajo cuando además de sostener el hogar y los hijos, tienen que sostener a un marido incómodo.


Muchas mujeres dicen hoy "soy sola", casi como si fuera una declaración de principios. ¿Es realmente una elección o a veces se hace de necesidad, virtud?

Estoy convencida de que es una libre elección. Y le hago una aclaración: difícilmente un varón diría "soy solo". Pero creo que en las mujeres existe la aceptación de que todas las personas somos solas y de que tanto las mujeres como los varones podemos o no estar acompañados. Creo que cierta confusión deviene de que, durante siglos, la identidad de las mujeres no era "completa" si no estaba acompañada por un varón. De hecho, hace no muchas décadas, las mujeres no podían hacer un montón de cosas si no estaban casadas, y si no firmaba el padre o el marido.


Planteada así, la soledad parece un estado ideal, y no creo que siempre lo sea...

No, déjeme hacer una diferenciación. La soledad es una de las grandes dificultades con las que tenemos que enfrentarnos todos los seres humanos, pero hay dos tipos de soledades. Una es la soledad por ausencia de compañía de otros, y otra es la soledad por ausencia de compañía de sí misma.


Entiendo el primer tipo. ¿Cómo sería el segundo?

No poder estar acompañado de uno mismo es cuando no está legitimado que una o uno tiene sus propios intereses, sus propios valores, sus propios deseos y sus propias aperturas en la vida. Cuando una persona es quien es, se acepta como es y trata de desarrollar el máximo de sus potencialidades, está en muy buenas condiciones para compartir vida con otro. Porque se puede compartir con otro, saludablemente, cuando uno parte no de una especie de vacío existencial sino de acompañamiento básico con uno mismo. Hablo de compartir no sólo con una pareja sino con amigos y afectos en general. De esta forma, una puede decir "soy sola", porque de manera circunstancial no comparte cosas con una pareja, pero "no soy sola de mí misma, ni de mis amigos, ni de mis proyectos". Una amiga, en una oportunidad, viajaba sola, y me decía: "Yo no sé qué pasa, todo el mundo me dice: '¿Cómo, te vas a ir a París sola?' Y yo les decía: 'No, yo no voy sola, voy conmigo'".


¿"Soy sola" es una reivindicación entonces?

Cuando una mujer dice "soy sola" está defendiendo su derecho a elegir. Están diciendo: "Soy capaz de sentirme bien conmigo mis ma y legitimada sin tener que estar acompañada por una pareja". Y eso también quiere decir que no caen en las situaciones de dependencia extrema que las llevan a sentir que si no están con una pareja no son nadie, o les falta un pedazo. No, a nadie le falta un pedazo por no estar en pareja. En todo caso, nos falta una experiencia, o nos gustaría tener una experiencia que no tenemos. La soledad de una consigo misma necesariamente genera situaciones de dependencia. Por eso vemos muchas mujeres que entran en desesperación cuando pierden una relación afectiva. Desesperación que va más allá del dolor lógico que ocurre cuando no resulta algo que uno deseaba. Muchas sienten atacada la propia identidad y la propia posibilidad de ser una persona.


Al comienzo usted enfatizó que los hombres difícilmente dirían "soy solo". ¿No lo dirían por no marcar una eventual fragilidad o porque, en realidad, nunca están solos?

En general, los hombres están en su propio eje, son ellos; bien, mal, con dificultades, sin dificultades..., pero son, no necesitan a una pareja para ser. No necesitan tener una mujer al lado para estar definidos como varones. Por otro lado, creo que los hombres no tienen demasiadas oportunidades para estar solos. Siempre hay un espectro muy amplio de mujeres que, como están buscando aquel compañero ideal para sentirse enteras, se le ofrecen. Además, como los hombres pueden buscar desde mujeres más grandes que ellos hasta mujeres mucho menores, en definitiva lo único que tienen que hacer es elegir. Son muy pocos los hombres que queriendo estar acompañados, no lo están.


Según esta descripción, las relaciones entre hombres y mujeres no han cambiado tanto como uno creía. ¿Es así?

Bastantes cosas han cambiado, pero pareciera que muchas mujeres siguen esperando, un poco románticamente, aquel hombre que las satisfaga en su deseo más profundo. Mientras que los varones, en ese sentido, son mucho más prácticos. Buscan una mujer que satisfaga cosas muy concretas: una sexualidad cómoda, un acompañamiento sin inconvenientes y un servicio doméstico adecuado. Entonces, en un sentido, a las mujeres les es más cómodo estar solas porque de la casa siempre se ocuparon, y ahora -que se animan a estar con sus amigas, sus proyectos, sus propios intereses- tienen espacios más amplios para desarrollarse y sentirse plenas. Mientras que los varones siguen, de alguna manera, en una dependencia infantil, en donde en toda mujer esperan una mamá que les diga qué película les conviene ver y qué ropa tienen que ponerse para ir al club...


¿Permanecen los estereotipos: la mujer resuelve las minucias de la vida cotidiana y los hombres se encargan de los grandes temas?

Tengo la sospecha de que es así, pero el tema me parece más complejo. En estos procesos de cambios, tanto las mujeres como los varones estamos accediendo a otras modalidades, pero todavía no nos hemos desprendido de las anteriores. Por eso creo que muchas mujeres siguen pendientes de un ideal romántico y le exigen tanto al hombre. Los varones tienen lo que tienen para dar, que es limitado, igual que las mujeres. Entonces, cuando las mujeres les piden a los varones que sean dioses, y los varones saben que no lo son pero tratan de demostrarlo, la exigencia resulta tan grande que no se establecen vínculos o los que se establecen no son saludables. Eso se observa hoy sobre todo en las mujeres entre treinta y cuarenta. Es cierto que muchas ya no buscan dioses ni el ideal romántico; pero tampoco encuentran varones que satisfactoriamente estén en condiciones de acompañarlas en esta nueva modalidad.


¿No cree que las de 50 tienen una actitud distinta? Me parece que se expresa en una frase que no es de resignación lastimera sino de aceptación madura: "es lo que hay".

Es que las que ya han pasado los cuarenta largos y cincuenta, generalmente han cubierto alguno de los deseos o mandatos de la vida. Si han tenido ganas de tener hijos, los han tenido; si han querido disfrutar la sexualidad, la han disfrutado. Hay cosas que ya están hechas y por eso se busca compañía de una manera menos exigente. Mientras que las más jóvenes todavía tienen cosas pendientes, como por ejemplo la maternidad. Ahora, las mujeres de treinta ya saben lo que implica tener un hijo, en cuanto a las autopostergaciones y los cimbronazos en la pareja. Mientras que las que somos mucho más grandes no lo sabíamos. Por eso hoy la ambivalencia es mayor. Y tienen razón de estar ambivalentes. Porque demanda tanto la crianza de una criatura y significa tanta autopostergación, que se puede hacer si se encuentra un compañero que esté totalmente dispuesto a compartir lo que es la crianza de un bebé. Que esté dispuesto a levantarse la mitad de las noches y a cambiar los pañales con caca -no sólo con pis-, que esté dispuesto también él a autopostergarse. Los varones, creo yo, no han cambiado lo suficiente ni en proporción a lo que han cambiado las mujeres que han cambiado. Por eso son tantas las dificultades para armar pareja.

Copyright Clarín, 2007.



La peor forma de vivir la soledad

Clara Coria juzga positivas varias de las formas actuales de la soledad de las mujeres. Pero no todas, lógicamente.

Cuando se le recuerda una vieja película de la directora española Pilar Miró, no duda en objetar la clase de soledad que aquel filme denunciaba. Pasados los cuarenta años, la protagonista debe encarar una operación cardíaca de urgencia. No busca amparo en nadie que la rodea y, cuando entra en el quirófano, le reza a "Gary Cooper que estás en los cielos" (tal el título de la película).

"Esa es quizá la peor forma de la soledad", remarca Clara. "Abrirse a buscar compañías es toda una tarea de vida, en la que hay que enfrentar ilusiones y desilusiones, vínculos que se cumplen satisfactoriamente y frustraciones. Alguna gente, lamentablemente, se encierra por temor a hacer todo ese arduo trabajo que significa poner en juego los vínculos afectivos. La protagonista del filme español estaba tan sola que sólo podía conectarse con un ideal, alguien tan lejano como inexistente. Para conectarse con uno mismo y los demás hay que poder desterrar mitos e ilusiones falsas y aceptar a cada uno tal como es".

Señas particulares

EDAD: 65 AÑOS
NACIONALIDAD: ARGENTINA
ACTIVIDAD: PSICOLOGA
ULTIMO LIBRO: LOS CAMBIOS EN LA VIDA DE LAS MUJERES (PAIDOS)

 Es docente de posgrado en universidades nacionales y extranjeras. Dirige grupos de reflexión sobre temas de género.



*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2007/08/05/z-03815.htm






Cajas*


1
Una mujer con el pelo como un océano oscuro se acerca y aleja al mismo preciso tiempo del hombre que la cerca. El abrazo es extraño como si los contuviera a ellos y a un espacio misterioso que se abre entre los dos. Las figuras parecen escapar de un sueño en el rojo profundo. La caja en la que Renata  Schussheim las puso, es sólo una metáfora, nunca una prisión. Los gestos viajan en la búsqueda de todo lo imposible. Nunca la abro, no recuerdo que guardé. Hay otras que si me muestran sus contenidos, a ellos los dejo en esa habitación infinita del arte. Desnudos de cualquier utilidad posible, brillando.



  2
Tal vez gustos, palabras, una enredadera de sonidos, un beso a punto de darse en el antes de su materialidad, es lo que evoca la caja. Algo que está por llegar, el deseo que se expande.



 3

El pelo de ella da vueltas por la caja como si no bastara este lugar donde él la ronda.
Ella sonríe con sonrisa inabarcable, sonríe porque él se acerca y sabe lo que se avecina pero no sólo por es, sonríe en ella misma, sonríe en los tres tiempos, el presente perpetuo de la escena,
 lo que la mirada de él le cuenta del futuro tan próximo pero ella sonríe más, sonríe pasado como una niña recién amamantada, que no es, pero conserva esa oscura tibieza sin palabras.
Más todas las palabras que necesitó para no quedar atrapada en esa gota de leche, sin perderla.



4
El busca, no sonríe, ella traslada paraísos.



*de Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar








Sueño con Diosa en un directo a Santa Fe*

 

*Por Daniel Attala


 
Desatan el sueño las acompasadas sequedades del canto de un tambor (con timbre de caja puneña). Un lamento como de trompa modula, por entre honduras y picos de la percusión, una marcha lidia de mortuorio peán. Eso al principio. Luego comienza el peán a desgranarse; desvirtúase su funebridad
en nervioso serpenteo; despiértase de su gravedad, yérguese, libérase de la pesadez de la tierra, y acaba siendo un aire alegre y saltarín:

"leue tympanum remugit, caua cymbala recrepant."

Pronto unas castañuelas sobrevuelan repicando cual histéricos cencerros; calla ya la trompa plañidera, calla también el bárbitos, y avecínase el cabriteo de un "piccolo", sumiendo en estridencia y vivacidad el páramo paraje. Cuando se añade el estallido ríspido, cabrilleante y ligero de unos platos, cuando el tambor es sustituido por los candomberos tamboriles y el conjunto se agudiza y tono y altura de la música se elevan, del peán no queda sino el remedo, y todo es, de un rato a otro, algarabía, cabrioleo
frigio y vocinglero, festividad y descontrol.
Una llanura hay, y un camino polvoriento. Desde la herida punzó del ocaso, avanza, lenta y al principio como amodorrada, una procesión de campesinos y sacerdotes. En la orilla izquierda del sendero yo contemplo y oigo las ráfagas de música cada vez más nítidas que emana la procesión. Ésta ya no es
un punto, ni un conjunto amorfo, sino un grupo bien diverso de personas entre las que puedo distinguir a miembros de la Honorable Sociedad de Psicología Pura y Aplicada, y a muchos familiares míos. Los sacerdotes, menean casi todos el caderamen al ritmo de los sones. Son una multitud.
Visten colorida indumentaria, y les deforma el rostro un pigmento arcilloso enchastrado en pómulos, frentes, párpados, mentones y mejillas. Los ojos en especial los tienen trabajados con un arte como primitivo, de formas y colores extraños. Van tocados de alta mitra, cual arzobispos o sátrapas, y
muchos exhiben sederías de azafrán. Otros portan túnicas albinas, con fluentes bandas lanceoladas tintas en púrpura y ligadas reciamente a la cintura con un lazo blancuzco. Tanto ajusta ese cinto, tanto, que parecen divididos sus usuarios en dos, cayendo el tajo por la cadera como en la figura humana de la plástica minoica. Calzan sandalias amarillas de palmera trenzada. Los campesinos, en cambio, rezagados, avanzan alicaídos y harapientos.
La música cesa de golpe. La procesión, muy cerca mío, se va a detener. Y se detiene.
Un racimo de mujeres de uniforme vestidura (ahora veo que son mujeres), las Pastóforas, portan al hombro la escultura de dos luengos leones, echados a metro y medio uno al costado del otro, lustrosos y negros, los cuales a su vez aguantan a lomos la plataforma que sostiene a la Diosa. Sobre una suerte
de jamuga amarfilada, allá está ella, arriba, decorada a cincel con extraordinario esmero (no sé si ella o la silla).
Al enmudecer la música, la procesión se aquieta, quedando la gestatoria, alzada y vacilante, justo ante mí. La Diosa se pone de pie solemnemente y yo tiemblo de pies a cabeza. Los Curetas, que con sus armas la protegen, se abren como dándome paso y dejan, entre mí y la divinidad, una innegable avenida por la que no puedo sino avanzar, en sagrado temor.
Me detengo. Desde su elevación, inclina la Diosa el torso hacia el costado donde estoy, y agachada pero con elegancia sublime, sin que se altere el castillito asentado en su testa, me tiende su diestra con la palma al cielo y la intensión inexcusable de que aporte en ella mi tributo. En la siniestra, veo, enarta la Diosa el emblema de una hoz o hacha ligur de doble filo, rarísimamente grande. Contrito y obediente, dispongo en su mano una bolsa, inconsistente como cucharal de pastorcico, y cuyo contenido recién
esta vez, en el colectivo, conoceré, pues cuando diga lo que diré, agregaré una A que lo revela todo.
Pongo la bolsa y le declamo con voz desconocida, horripilante: "Depongo mis Atributos". Y no digo "Tributos", como siempre hasta entonces en este punto del sueño; digo con espantosa claridad: "Atributos".
En respuesta ella me ruge estas palabras ineluctables que galvanizan todo mi torrente sanguíneo:
-"Consuela, infiel, al fidelísimo Combado. Atargatis lo manda.."
Reanudan música y procesión su marcha, ahora cansina. Tornan a flamear las lustrinas que amantelan la plataforma, mientras aléjase la Diosa ya de espaldas. Crecen en frenesí los sones frigios, y enloquece el bárbitos en golpeteo arrítmico de platillo y tamboril. La Diosa soporta por un instante más el castillito, equilibrado, en la cúspide de su testa, hasta que ella misma se lo deshace tirando violentamente su miembro superior hacia atrás, su pelo entonces se enmaraña y se resuelve en crin, en clina, en melena
vivaz y sanguinaria. Tal metamorfosis me inquieta; el ánimo se me atenebra.
Al fin, cuando parece que la procesión será tragada por el polvo extático colgado sobre cañadas y campos, espeso de sulfuros de ocaso, la retaguardia de fieles se gira hacia mí, da inicios a una linfática danza que pronto de torna energúmena, y ululando disonantemente y corriéndose las túnicas en
patente desafío, me esgrimen a guisa de higa unos miembros ebúrneos, combos y descomunales. Son incisivos de elefante, pienso, o eso parecen, y en sus cimas bailotean como en ludibrio unos hombrecitos, o tal vez son monos, monos chicos, o muñecos, monos o muñecos, muñecos, ¿sí?, digamos pequeños
saltimbanquis.
Unos, haciendo poco caso de los saltimbanquis que se agitan sobre los colmillos enhiestos, retuercen la cabeza hacia atrás, y con sus mandíbulas en alto se mordisquean la musculatura de los brazos; otros se lacinan mutuamente con diversos instrumentos, o se golpean con látigos de lana guarnecidos con huesos de asno, dándose también dentelladas entre ellos mientras la música los aturde y mientras más adelante, donde no penetra la precisión de mis ojos, desarrollan los demás, dirigidos de cerca por los de la Diosa, más paroxismos que calculo de la misma mena.
El espanto está a punto de llegarme a lo más hondo, y tras medio rato en que mi espíritu resiste como amímico, al fin llega. Y es tanto dicho espanto, tanto, que tras duro bregar me despierto convulsionado. Pero de los eriales del sueño no regreso sin traer en mis oídos, como siempre, esta trágica pregunta: "Quid miserum, Annea, laceras?" ¿Porqué, Anio, laceras a un desgraciado? El sueño dejaba rebotando en mí esta interrogación cada vez que sucedía.
Una vez despierto, aparte de mi voz entonando la pregunta latina, aparte del motor del vehículo en el que venía, únicamente el silbido remoto del caramillo se escuchaba. El humal de los campos seguía en pie en el mismo colectivo, elemento onírico en plena realidad. Pero no era amarillo; tenía ahora la coloración azulina, sedosa, pastoril, de la flama que quema el azufre: espeso vaho era, azul; olía todo a pinares, todo a violetas olía.

 

*© Daniel Attala.
*Fuente: http://www.beatrizviterbo.com.ar/zunino/zz_part.php?id=233&sec=Inéditos







EL PRECIO*


  
  Él iba a su departamento algunas veces. Le avisaba el mismo día por teléfono, charlaban con un vino cabernet hasta la medianoche, hacían el amor furiosamente, se despedían con un beso cálido, no volvía hasta que lo reclamaba la necesidad de verla.
     Había pasado todo un año de citas hermosas y únicas, que la llenaban de deseo y le ponían una sonrisa luminosa en los ojos.
     Ella quiso que su amante se le hiciera novio. “¿Es que acaso no me necesitas?”, le preguntó. “No”, dijo él. “No me eres indispensable, eres un lujo”.
     La mujer buscó un hombre para quien no fuese chocolate, sino pan y sal. Lo halló. Dio en casarse.
No fue feliz.
 Su marido la consideraba necesaria como el pan y la sal, cotidiana, así de barata.



*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

 



 

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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3-ago-2007 - EDICIÓN AGOSTO




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 No digas todo*
 
 


No digas todo,
Lo que callas me abre puertas
Me deja entrar en vos
Solo a mi manera.
 
Permanecerá así
La fantasía de que algún día
Llegarás a completarme
No con tus discursos
Ni con tus sabios sabores
 
Allí en lo no dicho estamos
Juntos
Solos
Fundidos en lo que puede ser
 
 
Lo que “es” se muere pronto,
En lo que fue
Lo que no “es” renace cada día
En lo que podrá ser
Y queda intacto en el recuerdo
 
Por eso no pongas en palabras todo
Déjame a mí completar la frase
Estaré en la dulce espera de que tu próxima palabra
Me embriague el alma
Sin ensuciarme el cuerpo
Con falsas caricias
 
Entonces deja que hable
Lo que no se puede decir
 


*de Silvia Irigaray  silviairigaray@arnet.com.ar







CADA PRIMERA VEZ*




     Me resigno a que sea ésta la última vez en que el milagro se de, en que la maravilla acontezca. Buscaré tus ojos, y será tu mirada, será la primera vez en que sea mirada, será la constatación de la correspondencia, y tu voz dirá las palabras, y tus manos me acariciarán con la perfecta seguridad del deseo. Todo lo guardaré como acto inicial, como justificación de mi existencia. Me buscaré en tu cuerpo, me encontraré en vos completa y feliz, imagen minúscula de camafeo, miniatura atesorada de mi reflejo en tus ojos.
     Seremos felices recontando para el otro los saldos de nuestras vidas, evocando niñeces y sucesos olvidados. Te hablaré de aquella vez que, y de aquella otra en que, y me escucharás ávidamente, agradeciendo mi confidencia.
     La vida en común será la exploración de una selva virgen, entre los dos cortaremos las lianas que cierren los caminos, desmontaremos el lugar de la edificación de nuestro hogar. Levantaremos paredes contra la intemperie, crearemos bromas y palabras sólo para nosotros, nos asiremos con un lenguaje compartido y prescindiremos de las explicaciones.
     En lo cotidiano llegará la dulzura del abrazo, la confortable costumbre del cuerpo recién descubierto y casi ajeno pero milagrosamente próximo. Dibujaré mis brazos en torno a tu figura, serán mis brazos nuevos.
     Después la costumbre será costumbre. Ya no estaré en tus ojos, será el fastidio de oir otra vez la misma conocida historia, la broma repetida que ya no causa gracia.
     Después vendrá la inútil repetición, la furiosa búsqueda de lo que fue y no puede volver. Noche tras noche agotaremos las ansias de aprehender la felicidad, retorceremos la cuerda, mentiremos instantes que no son el instante, pero fingiremos creer que creemos.
     Cuando ya no sea posible, cuando el engaño sea tan evidente que las repeticiones se vuelvan vergüenza y traición, será el momento de encontrar de nuevo la mirada la caricia el completo ser en otros ojos, otras manos, otra voz.



*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com









Piel*



Frontera, textura, aduana, trama
Estrella de los órganos.
Guante, medias caladas por el desamparo.
Lujo, tacto, llamado.
Morbidez que abre labios que hablan y que no.


Busca suaves pelos, ásperas hojas, palabras
 que avasallen lo inerte con su selva de imágenes.
En la cintura de la piel se doblan las estatuas.



*de Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar








EL TUNEL*

 

  
      Cuando entré en el túnel, (quizá esperaba andrómedas, efluvios, mariposas) la oscuridad me cegó. Con alivio, sin embargo, sentí la frescura y la sombra que me proporcionaron sus húmedas paredes. Afuera, el sol abrasaba la llanura desnuda y las piedras calcinadas del desierto habían lacerado amargamente mis pies descalzos. Ciegamente, tratando con desesperación de alejarme de aquel sol que con tanta fiereza había herido mis carnes, fui internándome en el túnel hasta que las fuerzas me
abandonaron y caí exhausto, cerca de una minúscula corriente de agua que, resbalando por la piedra, había formado una especie de regato que fluía con rapidez hacia el interior. Imposible recordar si llegué a mojar mis doloridos pies en el agua fresca antes de quedarme profundamente dormido. Al
despertar, noté con asombro que mis heridas habían cicatrizado y el agotamiento había desaparecido, al igual que la sed, pero mis ropas estaban húmedas y esto me hizo sentir algo de frío. Renovado, me incorporé, y buscando a tientas la fría pared del túnel, eché a andar en la misma dirección (creía) en que caminaba antes de mi desfallecimiento.
         Cuando entré en el túnel, no me había planteado la posibilidad de tener que hallar más tarde una salida. En aquellos momentos de infinito dolor, lo único que me importaba era encontrar un pronto alivio a mis penosas quemaduras y a las cruentas llagas de mis fatigados pies. De haber podido hacerlo, hubiera cambiado un Universo por unas gotas de agua y un poco de sombra. Ahora, al despertar de mi letargo (pero ¿cuánto duró la inconsciencia? ¿Acaso soy ahora el que fui antes de llegar aquí?) las
circunstancias habían cambiado. La humedad me había calado la ropa y también el pelo, por lo que el frío se presentaba como el principal enemigo.
Resultaba entonces de inaplazable urgencia encontrar la salida de aquella cueva que se hallaba sumida en la más cerrada oscuridad. Con gran lentitud, con no menor precaución, fui recorriendo el suelo rocoso, siempre tratando de no alejarme de las paredes. A causa de mi inadaptación al medio en que me
veía obligado a desenvolverme, no fue tarea fácil avanzar, a consecuencia, en parte, de la densidad desconocida de aquella negrura que me envolvía.
Algún tiempo después, no obstante, mis ojos fueron acostumbrándose a las tinieblas y pude comenzar a distinguir el borroso perfil de algunas cosas.
No dejé de advertir (confuso, maravillado, esperanzado, quizá algo asustado) otras sombras que se movían a mi alrededor, en distintas direcciones, con mi misma incertidumbre. Supuse que serían otros pobres desgraciados que habían tenido, como yo, la mala fortuna de haberse extraviado en el túnel. Con
tristeza, intuí que algunas de esas sombras pertenecían a gentes que había frecuentado antes, en el exterior, pero ¿cómo reconocerlos ahora, inmersos en la oscuridad? ¿cómo ser reconocido por ellos, aun cuando hubiésemos podido ser buenos camaradas?
         Al principio, no pensé que pudiera tratarse de un túnel tan largo, pero el tiempo iba transcurriendo y el final no aparecía ante mis ojos, ni siquiera una insignificante señal que pudiera inducirme a concebir la menor esperanza. La sorpresa inicial fue dejando paso a un periodo de incredulidad y, más tarde, a una violenta desesperación que no admitía frenos. En aquel tiempo fantasmal, fui asombrado testigo de mis propios gritos resonando por todo el ámbito del tenebroso túnel, multiplicándose contra las paredes, perdiéndose en las bóvedas invisibles. Tampoco era infrecuente sorprenderme golpeando los negros muros de piedra fría, o simplemente apoyado en ellos,
llorando con amargo rencor mi desventura. Después se apoderó de mi ánimo una testaruda impotencia que me arrastró a la concienzuda inacción. Pasé mucho tiempo sentado en medio del túnel, acurrucado en mí mismo, convocando secuencias del pasado, sintiendo cómo el frío penetraba en mis huesos, dejándome morir sin esforzarme lo más mínimo por evitar o atenuar el previsible desenlace. Hubo sombras a las que conocí en esa época de horas terribles y atormentadas, sombras con las que llegó a unirme el doloroso
lazo del irreparable extravío en la oscuridad. Pero sabía que tales amistades habían de ser, por fuerza, efímeras, ya que nunca seríamos capaces de reconocernos en el exterior (si en verdad ese concepto era aún posible) y cuyos caminos, por tanto, habían de seguir siendo ajenos a mi propio caminar derrotado (pero entonces, a pesar de todo, todavía estaba convencido de poder encontrar, algún día, una salida). Vino luego un tiempo de silencio en el que pude sustraerme a la profunda depresión que me embargaba. Me vi entonces abocado a la resignación más absoluta. Y seguí caminando, sin fe, con indiferencia, en busca de alguna luz que me indicase el final del túnel, luz que, por otra parte, no esperaba hallar. En esa época, solía añorar las violentas embestidas del sol y la furia cortante de los agudos guijarros y
el asfixiante calor, porque ya el frío había penetrado hasta las más hondas profundidades de mi entraña. Pensé no ser sino una de aquellas pequeñas gotas de agua que resbalaban por las paredes, produciendo a veces destellos que semejaban una rendija de luz. Entonces, todos nos lanzábamos hacia allí para descubrir que no se trataba más que de eso: agua fluyendo de las hendeduras de la roca y burlándose, una vez más, de todos nosotros y de nuestros absurdos sueños de libertad. Porque éramos muchos los que vagábamos por el túnel en busca de esa hipotética salida en la que nadie creía realmente. Algunos habían vuelto sobre sus pasos tratando de encontrar el lugar por el que habían entrado, mas todos fracasaron en el intento (o quizá no, ¿cómo saberlo?). Al cabo de un tiempo, volvían a vagar junto a los otros, tan desorientados como cada uno de nosotros. Un hombre viejo (una sombra de voz apagada y caminar lento) me dijo en una ocasión que lo más importante era, precisamente, no desorientarse, seguir siempre una misma dirección. Basándose en la tesis de que "no hay túnel que no tenga, al menos, dos extremos", sostenía que alejándose siempre del que se utilizó para entrar, por fuerza ha de llegarse al otro. Aunque no se sabía de nadie que lo hubiese conseguido, esta máxima alentó mis pasos por un tiempo. Más
tarde, decidí aplicar el conocido teorema que dice que "viajando a mayor velocidad, el tiempo de recorrido es menor" teorema en el que nadie confía en exceso y que, como puede fácilmente comprenderse, no es aplicable en absoluto a nuestra actual condición. Finalmente, cansado por el frío,
desanimado por la larga soledad, comprendí que las teorías, aquí en el interior, no tienen el mismo sentido que afuera. ¿Quién puede afirmar que la longitud del túnel es fija, que no varía en función de cada individuo, del punto de entrada? ¿Cómo asegurar que existe una salida, si de todos los que
nos hallamos aquí, no hay uno solo que la haya visto? Podemos asegurar, eso sí, que hay una entrada (o muchas) o que alguna vez la hubo. Quizá ya no exista. Quizá estemos aislados para siempre del mundo exterior. Quizá no seamos sino el sueño de un neurótico. (¡Pero tiene que haber una salida!
Todas las voces la niegan. Todas excepto una, la más dulce, la más adorable de todas las voces. Ella me dice que sí, que hay una salida, que acaso esté lejos, que la busquemos juntos. Pero luego, la voz se va apagando hasta convertirse en un susurro que muy pronto deja de oírse y me pregunto si no vendrá de un sueño).
         Hace mucho, muchísimo tiempo que me hallo en el túnel. Las sensaciones me han abandonado. Apenas si soy capaz de sentir este frío intensísimo que siempre me acompaña. Mis pies caminan siempre en la misma dirección (aunque ¿cómo saber si esto es cierto? ¿cómo orientarse en medio de la oscuridad, de las sombras que van y vienen, de las voces preñadas de confusión?) pero ya no sé si lo hacen con lentitud o deprisa. Mi cerebro funciona cada vez más despacio y apenas tengo reflejos. Algunas veces,
pienso que si no me hubiera quedado dormido cuando entré en el túnel, si hubiera avanzado con decisión hacia el otro extremo, todo esto no hubiera llegado a suceder jamás, pero los demonios del sueño, sin duda, esperaban su oportunidad y la aprovecharon de la mejor manera, cerrando para siempre
todas las entradas y privándome así de la tan necesaria libertad que mi alma reclamaba y aún reclama desde esta implacable prisión de oscuridad. Sé que hubiese podido alcanzar el otro extremo antes de anochecer, pero ahora ya todo es inútil. Un pensamiento confuso borra otro no menos incomprensible.
Debe ser la noche eterna. Paso horas enteras quieto, apoyado en alguna de las paredes, con la vista fija en el vacío, con la mente en blanco y el corazón helado, preguntándome si llegaré a formar parte del túnel, si algún día seré una de las múltiples rocas que obstaculizan el paso. Porque ya no he de salir de aquí, me atormenta, obsesiva, la idea de que pude conseguirlo en otro tiempo si realmente lo hubiese deseado. Ahora sólo queda el tiempo que no se agota, el frío que no cesa. Y la voz que acaricia...




*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com   /    http://sbllop.blogia.com






LA VUELTA DEL LIDER*


 
Mi viejo tenía un quiosco frente a la estación de trenes. Era un quiosco construido de material, revocado y bien cubierto. Vendía, en ese entonces –1958-, un poco de todo: galletitas, girasol suelto con la medida de la latita de picadillos: llena 0.20 ctvs., culo de la lata: 0.10 ctvs., vino, cerveza, diarios, sandwiches, caramelos ...
El loco Díaz, personaje de ese Ceres, guarda del ferrocarril, se acercaba siempre a conversar o a pasar la tarde con mi viejo. Y lo ayudaba sin espera de compensaciones: era así.
La estación de Ceres, una de las grandes en el ramal del Mitre, era parada obligada de los trenes de pasajeros, sobre todo de los rápidos como la Estrella del Norte. Este venía de Tucumán y llegaba a Buenos Aires. Algo remoto y desconocido para mi y para muchos. Buenos Aires era una quimera, una caja de Pandora, una utopía, lo desconocido, el desafío, todo junto así se sentía.
Pero el Loco vivía en Ceres. Y no tenía pensado irse. Era su lugar. Su gente. Su trabajo. El mote de Loco no se lo había ganado gratuitamente. No. Era ingenioso y desopilante en sus acciones. Imagine: Argentina 1958, Perón, Madrid, Puerta de Hierro, represiones, fusilamientos en basurales, golpe militar fresquito en la conciencia de la gente. Y el Loco que le dice a mi padre: déme todos los diarios viejos, don Vicente. Tiene una pila ahí. Démelos a todos. Se los voy a sacar de encima.
Mi padre se los da. Ingenuamente. Como a quien le hace una gauchada. A la hora, parada de la Estrella del Norte. Los rostros cetrinos del altiplano bajaban por diez minutos. Se proveían de algunas cosas para otro trayecto del viaje. Mi padre los atendía en el quiosco. A veces, cuando podía desde mi altura, lo ayudaba. Eran como las 22  o 23 hs. y el Loco que sube al tren: ¡Diario! ¡Diario!, gritaba. ¡Volvió Perón! Noticia extra ¡Volvió Perón!.
Se lo sacaban de las manos a los diarios. ¡La vuelta de Perón!. Era un anhelo, un deseo enorme que no entraba en la geografía del país y este Loco diciendo que había vuelto. Los peones golondrinas, pasajeros obligados del tren, querían la primicia para sí. Vendió todos los diarios.
Se bajó corriendo del vagón, ya sin diarios en la mano. El tren daba su último pitazo y se iba. No daba tiempo. Queda para la imaginación saber los rostros, los puños en alto, las puteadas, las risas, el desengaño.
El Loco le dijo a mi viejo: Los vendí a todos. Yo le pago los quilos por diario viejo, el resto es para mí.
Y se fue a dormir.




*de Oscar Angel Agú   cachoagu58@yahoo.com.ar







la tía negra*



como que fuí el rolandito
para la tía negra
desde mí sobrinismo militante


daba gusto ser precisamente su sobrino
el hijo de su hermana
el primo de sus hijos


no es tan fácil como parece
posicionarse
ser el que se es
el que tocó ser


asumir el azar de la sangre
reconocernos en ese azar
y en esa militancia




*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







Betito*


*de Roberto Fontanarrosa



No, el Betito no. Cualquier otro que me digás sí, pero el Betito no. Que era quilombero sí, pero como todos. le gustaba joder, le gustaba ¿viste? cantar,  gritar, porque si no ¿pa' qué diablos vas a ir a la cancha? Pero no era un tipo como el Tato, tá mal del bocho y yo siempre se lo digo, Tato, algún día
te van a poné una quema y te van a hacé cagá, yo se lo digo. El Tato o el mismo Cabezón, viejo el cabezón va a la cancha y te lleva el inflador o te lleva una cadena, cuando no va con la honda. Ademá, ¡la puntería que tiene el guacho!, un día, un partido con Lanú me acuerdo, lo fajó en el bocho a un lineman que casi lo amasija, y el loco estaba lejo te digo, no era que le tiró al lao del alambrao, estaba bien lejo. pero el Betito no, el Betito venía con nosotros y armaba lío, tiraba bombas, bailaba...., ah eso sí,
¡cómo le gustaba bailar al desgraciado! Era un... qué sé yo... un firulete el loco... se retorcía... saltaba... una goma el loco... Me acuerdo una vez después de un partido contra Estudiante, nos fuimo desde la lancha hasta el centro caminando, a pata, meta conga conga conga... ¿viste? cantando...
conga conga conga... y el Betito, mirá no te miento, desde que salimo hasta que llegamo ¡bailando!, de no creerlo viejo, agarrado a la bandera, no dejó de bailar un minuto y decí que yo despué me trepé a una chatita y me piré a las casas y no lo vi má, pero vaya'saber hasta cuando siguió bailando. Pero te digo, el Betito no te iba a tirá una botella, ni un hondazo ni te iba a afaná algo cuando íbamo a Buenosaire ni nada deso. Te digo más, la última vez que fuimo a cancha de Colón más bien que se armó la podrida, ah viejo te dan como en la guerra, me acuerdo que ya afuera se nos vinieron encima y yo chapé un arbolito desos viste? recién plantados y le entré a dar con el árbol, lo revoleaba, mierda!, parecía un molinete, ¿vos sabes como caían los negro?, como monos. Y bueno, te digo, ah, el Betito se borró, pero se borró
se borró. Me acuerdo que estaba al lado mío y cuando empezaron las piña desapareció, no estaba ma, rajó el loco. Y te vi decir que hace bien, viste el fisiquito que tiene?, el fisiquito de hambreao que tiene?, adema es muy pendejo, a mí ese día me bajaron dos dientes, dos dientes de acá abajo, me
calzaron con un pedazo de baldosa desde no sé donde, porque ellos rajaron, se armó el quilombo, los fajamos y rajaron, pero uno tiró un baldosazo y me fajó en la jeta, justo justo en la jeta la puta que lo parió, hay que quemarles la cancha. Pero no, viste cómo son las cosas la liga el que menos
culpa tiene, si me decís el Tato o el Cabezón, bueno, se la tienen merecida, se la buscaron, me queré decir?, el Tato, el otro día, íbamo en el tren a cancha de Atlanta y cuando entrábamo a Buenosaire, viste que el tren pasa casi pegado a las casas?, los ranchera esos que hay, el Tato se asoma por la ventanilla y caza al vuelo nomás una jaula de un canario y se la pianta, vos sabe la vieja como gritaba?, corría al tren por el lado de la vía. Y el Tato después la tiró a la mierda a la jaula, pa' que cuerno la quería?, eso es al
divino pedo, é un daño al pedo, el Betito nunca hizo nada de eso, me acuerdo un día pasamo al lado de un coso que vendía empanada turca, pasamo todo como la langosta, en montón y no le dejamo ni una el Betito también caz una, tampoco era un gil y bueno, ¿y qué?, acaso el colorao Mistola no se chacó un
sobretodo recién en Retiro?, y bueno, viejo', el que e ciruja, la cirujea.
Pero además, te digo, el Betito era muy buen pibe, te juro, mirá, desde que la Chancha lo trajo a la barra nunca le conocí una fulería devera, nunca, ni una agachada, y eso que e pendejo, pero nunca che, no e botón, porque hay otros que son botone y te da en el forro, y se las arreglaba, la primera vez que viajó con nosotros cuando apareció el chancho uy que joda, cuando apareció el chancho se metió en el hueco este, viste?, el que queda cuando das vuelta el asiento de atrás con el respaldo del otro, y me acuerdo que llegábamo a bancalari y lo siento golpear, había estado como una hora, ¡qué sé yo el tiempo que había estado ahí el loco, metido, esperando que pasara el chancho! Qué lo parió, estaba contento, el otro día cuando el clú hizo la fiesta a los muchachos de la primera local, nosotros fuimos todos, ¿vos sabés cómo nos atendieron?, como señores, y el Betito fue también, vino el secretario del clú ¿viste? y nos dice muchachos quédense piola, no hagan quilombo que acá los vamos a atender bien, ¿y vó sabé cómo lastramo?, como leones, y mirá que había cada ñorse de esos empilchados como la gran flauta, no era una fiesta rea, y sin embargo a nosotro viejo nos atendieron... se pasaron... y el Betito fue y morfó como todos. Y, son las pocas satisfacciones que te puede dar el clú, viejo, decí la verdá, de veras, después de todo uno se va todos los domingos cuando el clú juega en Buenosaire o en La Plata y pone la jeta, y grita y se caga a trompadas para seguir al equipo, viejo, la camiseta, no é joda, eso hay que reconocerlo. Tá
bien que el clú a veces te tira algunas entradas pa revender o alguna changa, pero no é joda. El Horacio é paquetero, labura, o laburaba ahora no sé, pero laburaba con el Betito de paqueteros, bueno, ése, a ése, le faltan estos dos dedos, que se los voló una bomba que le reventó en la mano, ¿y eso, quién te lo garpa?, el choto te lo garpa, viejo, decí la verdá. y mirá, mirá vo el Betito. Y yo estaba, mirá yo debía estar como de aquí a la puerta aquella, a la del ñoba, más o menos, no lo veía al Betito, pero lo veía al
Zurdo questaba parado arriba de uno de los pilares esos contra las avalanchas, y el Betito siempre estaba con el Zurdo. Cuando se armó el lío, los monos empezaron a sacudir el alambrado para entrar a la cancha, a fajarlo a ese hijo de puta que el penal que nos cobró no tiene nombre, entonces la cana empezó con los gases... pero ¿qué habrá tirado? , ¿cuatro, cinco bombas?, eso es mala leche viejo, mala leche, le va y le revienta jusyo justo al lao de la cara, pero justo, mirá vo, justo. Un ojo directamente se lo hizo mierda, si vo vieras lo que era eso te revolvía las tripas y el otro casi también, qué sé yo, de uno seguro que no ve más y me decía el Pato que parece que le dijo el médico que del otro parece que seguro tampoco.


*Fuente: http://www.negrofontanarrosa.com/publica/cuentos/fp_cn_t.asp?id=16








Obstáculo*




Deberías conocer la respuesta
entre avenidas de  asfalto alcantarillas
 y edificios sagrados
este cielo temblará y caerá
poblando el llano el ombú
de pájaros astrales
confundiendo las voces
y las letras
pregoneros de engaños tras engaño

después solo el alma de natura
desnuda inmaculada
el silencio del Verbo
gestando desde el Orden
una luz que cicatriza
a esa raza peregrina
de  sufrimientos
                   casi ad aeternum
o a esos pudientes sin tino
entre coronas de laureles efímeros
orgullosos de su ingeniería
prisioneros de sus ingestas pensantes



*de Victor M. Falco vittoriofa9@hotmail.com








El zapallo que se hizo Cosmos*
Cuento del Crecimiento I


*Por Macedonio Fernández


Dedicado al señor Decano de una Facultad de Agronomía. ¿Le pondré "doctor", o "distinguido colega"? A lo mejor es abogado...



Erase un Zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida.
Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que solo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosas raíces.
La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya media legua de diámetro cuando llegaron
los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.
Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo
irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a sorberse el Río de la Plata.
Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas- cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro Zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperidad, hasta que se encuentren y se entredestruyan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?
Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador; entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada; ¿y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿Purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del Zapallo.


A medida que crece es más rápido su ritmo de dilatación; no bien es una cosa ya es otra: no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla.
Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta.
Parece presentir que todavía el Cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los
hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben que su suerte es cuestión de horas.
El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizás reservados desde u origen por si tuviera que luchar con otro mundo.
"¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todo-comodidad de vivir!" ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: "yo quiero apoderarme de todo el 'stock', de toda la 'existencia en plaza' de Materia, llenar el espacio y, tal vez, con espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único". Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!
¿Qué puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos, para su sosiego final. Apenas le falta Australia y Polinesia.
Perros que no vivían más de quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que rara vez llegaban a los cien... ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir? Se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, que
cuando se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor la Hiedra, inmortales? Y por
sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos; con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.
Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna.
Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello Sin Muerte.
Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación.
Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el Ser, la Realidad y su Cáscara.


 
(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -queridos cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda e historia. Vivimos en ese mundo que todos sabíamos pero todo en cáscara ahora, con relaciones solo internas y, sí, sin muerte. Esto es mejor que antes).

 

*Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952)
-Fuente: http://www.cafedelasciudades.com.ar/cultura_55.htm






IMPENSADOR MUCHO*



 
  ¿Es Macedonio Fernández un escritor o un filósofo? Quién sabe, se escribieron tesis y se reunieron en un libro, los escritores llegaron a Santa Fe, pusieron los ejemplares en una mesita, nos convocaron a
escucharlos en un ambiente mágico.
    El bar Tokio norte es un bar de los que fueron, de esos que estuvieron cuando la plaza España tenía una fuente con una mujer de blanca belleza, que se bañaba impúdica a la luz de las parpadeantes estrellas. Esa mujer en su fuente seca ahora tiene los estragos de la enfermedad de la violencia, esa
violencia que destruye las estatuas y los bancos de listones de madera. Y desde la vereda de enfrente, dialoga la blanca mujer con los muros del bar en las blancas madrugadas.
    En el bar perdura la calidez del tiempo estancado. En el bar, el techo se pierde en las alturas, las paredes se descascaran, el espejo de bordes biselados duplica el tiempo cúbico. Las columnas sostienen en sus repisas los antiguos ventiladores atados para el verano, y simula calefacción con garrafita y pantalla, apenas suficiente en tan grande lugar para que el gato acostado en una silla haga más placentero su entresueño. Falta el perro de tres patas, que la dueña trae en un changuito por las mañanas.
    Tres mesas, una de billar y las otras arregladas para ser de pool ocupan la mayor parte del salón. Alrededor, las baldosas gastadas señalan el lugar por donde evolucionaron y evolucionan los jugadores.
    ¿Es, Macedonio, un filósofo? Los jugadores de pool y billar hacen chocar las bolas mientras los escritores se inquieren tal sutileza, acaso innecesaria. Ellos, danzando en torno al campo verde, realizan también movimientos exactos pero de difícil traducción para quien no domina las reglas. Fuman, toman cerveza, un hombre apoya hábilmente el cigarrillo en el borde de la mesa con la brasa hacia fuera. No dañarán el tapete. Los escritores hablan haciendo chocar las palabras con golpes de taco.
    El libro presentado es "Impensador mucho", yo miento que es obra de los jóvenes ese título, pienso en la manía decontructivista de hace unos años, pero no. Macedonio usaba ese nombre para sí, anticipándose a la destrucción del lenguaje, o construyendo de esa forma en que las palabras rebotan una contra la otra para formar una nueva figura. Los escritores hablan, los jugadores anotan con tiza los aciertos en su pizarra. Palabras y bolas se ordenan y desordenan, cada jugador está abstraído en su propio campo. Las realidades forman un estrato de interés entre el juego, las ideas, el gato y un niñito que se empeña en alcanzar una guitarra esperando en el suelo o al propio gato, sus niveles coinciden. El nene se lanza hacia la guitarra, es atrapado por su madre antes de llegar, vuelve a lanzarse festivamente. Vemos
lo que está a la altura de nuestros ojos y eso es lo que tratamos de alcanzar.
    Jugadores, niño guitarra y gato, disertantes. Realidades paralelas donde se danza en sonidos y se trazan misteriosos derroteros efímeros. Macedonio con los jugadores, claro, pensando para sí y haciendo seguramente alguna observación irónica o desconcertante, seguramente apartado y observador, anotando, siempre para sí, las figuras que dibuja el movimiento de las bolas en secreta combinación con las palabras, teniendo en cuenta el tiempo, el lugar, la amarilla mirada del gato, el entusiasmo del niñito. Y, dentro de su discurso, pesará también el baño pasando el patio, donde subsiste la letrina de porcelana velada por la bombilla mortecina. No se ve el baño desde el salón, pero lo tiñe de melancolía y es importante al final del juego.

    ¿Es Macedonio un filósofo? Daniel Attala dice que sí. Diego Vecchio que no. Anotan en tiza las razones para que su tesis sea la correcta, golpean las ideas unas contra las otras para que entren en los bolsillos de la mesa, los jugadores pronuncian sus jugadas límpidas como ideas sin expresión verbal, el gato vive un momento eterno mientras el niño ignora por completo lo que es hoy, mañana, filosofía y razonamiento. Conviviendo todos los nosotros que éramos por un rato en el bar Tokio norte, tan lejos de Japón, reunidos como las bolas de marfil sobre el tapete de esta llanura que se hace convexa para dar la vuelta y formar el mundo, suspendido en un universo incognoscible.
    Fernando Callero interpreta tres canciones. Nos vamos.



*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com


 

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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24-jul-2007 - DESTINOS




Destinos...




FATUM*



    Terminaba Tchaikovsky de escribir la escena de una ópera en la cual una mujer escribía una carta donde se ofrecía a un hombre. La mujer se ofrecía, consciente de su posición frágil, de su vergüenza, de su enorme temeridad.
En el mismo momento en que Tcaikavsky finalizaba la escena, una carta le fue entregada. En esa carta, una mujer se le ofrecía, consciente de su vergüenza, de su temeridad, de su posición frágil. Y, como Tchaikovsky tenía el temor del destino, aceptó a esa mujer que poco tiempo después fue su esposa. Fatum. Destino. Lo que es inexorable, según los romanos sostuvieron.
    Caminábamos con mi amiga Myriam por la calle peatonal. Un pichón daba saltitos junto a un muro, alejándose pobremente de las pisadas y los perros.
Frágil, sobreviviendo apenas y por casualidad. Irremediablemente lejos del nido y de la madre, a la intemperie el pichón asustado.
    Mi amiga Myriam que es valiente y generosa, tomó el pichón con las dos manos y así abrigado lo puso en una cajita de cartón. Volvimos a mi casa, y mientras llevaba la caja como una ofrenda, con el cuidado de no sacudirla con el bamboleo de los pasos, pensaba yo en cómo cuidaríamos a ese pajarito, si ella y yo tenemos perros, si se daría a revolotear y huir como manda la especie.
    En eso estaba pensando con la caja en las dos manos, cuando en una vereda, abandonada para los carritos basureros, hallamos una jaula enorme.
No podía ser. Era netamente un imposible que llevando un ave hallásemos una jaula. Sin embargo estaba allí, sucia pero sana y enorme la jaula. Justo saliendo a nuestro encuentro. Fatum. El destino que cayó como la palabra de Dios, como el rayo que taladra la tormenta y señala por única vez un árbol
que se incendia. Fatum.
    Cuenta la historia que la carta que la mujer envió a Tchaikovsky fue una de las cien que mandó a personajes importantes. Sólo él la respondió, y se puso los grilletes que le pesaron el resto de su patética vida. Pobre Tchaikovsky, tan supersticioso, que creyó que la coincidencia le proporcionaba una mujer, que estaba señalada, para él, por los dioses.
    Traje la jaula y el ave. Le dimos de comer al pichón de la acaso torcaza con mi mamá. Revivió, empezó a aletear. Luego se lo llevó Myriam, y tan bien se repuso, que revoloteó por dentro de su casa y comenzó a comer solo.
Después se murió. Así de repente, sin aviso ni queja. Como un pajarito, realmente, se murió por completo.
    Alguna vez todos los signos me mintieron que una persona me estaba destinada desde el atrás de nuestras historias. Pero no lo estaba.
    Entonces qué es del destino, qué de las señales dadas por los esquivos demiurgos. Qué de esas urgentes llamadas donde las probabilidades son inexistentes y sin embargo reclaman. Las razones para nuestro descrédito son las mismas que las que los creyentes exhiben con fe, con alivio.
    Quizás el fatum de Tchaikosky era la desgracia, y debía componer "la patética" para firmar su existencia desdichada. Quizás el pichón debía unirse a la jaula sólo para dejarnos ver que el destino es fasto o nefasto, independientemente de las coincidencias felices. Quizás no existe eso que los romanos denominaron fatum, tan inexorable la palabra en su brevedad trágica.
    No fue feliz el ruso; finalmente murió el ave. El destino es inexorable, no me cabe duda, cuando miramos el pasado. Quisiera creer que cartas y jaulas y coincidencias no nos gobiernan. El destino es inexorable cuando ya la cosa está hecha, pero actúo con la libertad de no saber el desenlace de
las historias, y de no prefigurar un final antes de que éste haya puesto su punto de clausura. Prefiero el exceso de soberbia que el timorato acatamiento de los horóscopos.



*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

 





Ojos de niña*

 

Con ojos de niña
Observo un portafolios
De cuero gastado
Alguien lleva su tesoro
Dentro de ese maletín
Lleno de recuerdos
De la infancia
Ojos transparentes vigilan
ese andar lleno de misterios
hojas en blanco, rayadas
con impecable precisión
esperan ser  escritas
selladas y firmadas.
 ¡Cuantas palabras
para rellenar en
esos papeles tan blancos!

tantas memorias y
caminos tiene la infancia
que despliega la difícil y
personal tarea de crecer.-



*de Azul. azulaki@hotmail.com







Artista*
 


Al principio del proceso de gestación, le ocasionaba inconvenientes diversos a su mamá, tenues y vulgares. El parto fue normal, y en la cama matrimonial de sus papis: borroso don Lacio, ya un provecto, y Catalina. A Andresito lo antecedieron Gustavito, luego el robusto adolescente Gustavo, y Luisita, recibida precozmente de ingeniera civil y con promedio distinguido. Andresito y Gustavito eran rudos entre sí, en tanto con Luisita se mostraban considerados. Andresito era el más serio de los tres. Y el segundo más serio de los cinco. La fiesta acontecida a raíz del vigésimo cumpleaños de Gustavo, se malogró por el síncope que demoliera a don Lacio, más lacio que nunca yaciendo sobre el sofá del living, rodeado por la muchachada. Catalina no tardó en volver a casarse. Y Andresito contrajo hepatitis, en represalia, a modo de amonestación por ese enlace con un anciano entero y pintón. A él no le resultaba sencillo entregarse y disfrutar. Y se martirizaba por nimiedades y desacuerdos con circunstanciales novias o amigas. ¿Avatares?: un par de blenorragias, o bien, borracheras con vino del zorro, o amontillado, o vodka, después de cortes bruscos.
Quiso el destino que a su medio siglo se encamotara nada menos que con una mendiga con parada en Retiro. Y que la sustrajera y la hiciera bañar, y curar de esos estigmas ulcerosos en las piernas. Y la extirpara de las calles ubicándola en un piso donde la ama con fervor encomiable. Y la vista en Gina Buti y la peine en Miguelito Romano. Y la declare su musa redimida, ya que inusitadamente estimulado, escribe y pinta ahora, y la menta y la plasma desde la pluma y el pincel. Es en la Galería de Arte y Poemas Ilustrados Delacroix donde expondrá desde el próximo primero de marzo, fecha de la vernissage con celebridades invitadas, y ágape y prensa, hasta el diecinueve de ese mismo mes.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








19 de diciembre de 1971*


*de Roberto Fontanarrosa.


Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.
Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo "esos días"! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos
piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hennano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.
-Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada!
¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!
Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.
Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el Marito Zanabria; el Mono Obberti ¡Dios querido, el Mono Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el Cucurucho Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa.
Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía.
Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi
viejo. Entonces, ahí, hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste? tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla.
Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de "Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato". Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca
el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El Coqui iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos.o sea, todo el
mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra el boludo de michi decía que él había estado detrás del Valija y el
Miguelito porfiaba que el que había estado detrás del Valija era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso? El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.
Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a perecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el "Ciudad de Rosario" y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir
nunca más con la cargada de los leprosos putos, mí viejo. Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más porque es loco el Miguelito, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir
hablar de esa Posibilidad. Ni se nombraba la palabra "derrota".
Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen "la papa", o "tiene otra cosa", "algo malo", pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale. El viejo Casale era el viejo del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntas, "¿Cómo carajo hizo este tipo pata no verlo perder nunca a Central
contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha". Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntarlos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que
hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones -el viejo era comisionista-; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad,
hermano- que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos "Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar"... Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito decimos "vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado". Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo? Que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le
había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años.
¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso
era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle "Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del cuore, si se lo ve cero kilómetro! Vamos, don Casale -me acuerdo que lo jodía Miguelito- ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro". Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no.
Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo.
Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al vicio en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para
nada bueno. En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba apoder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo.
Nos dijo más. "Ese día -nos dijo- bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego". No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. "Me voy tempranito a lo de mi hermano,
que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada". Porque el viejo decía y tenla razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.
Muy bien, muy bien. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al Valija, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo,
esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al Dani mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el Dani. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el Valija: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto.
Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como
decía el Miguelito y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta afios no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía.
¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el Miguelito elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un curro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y -la tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él -viviendo
como un bacan, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a-la cancha. Fijate vos, eso era todo.
Y vivía como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el Colorado se resolvió todo.
El Colorado nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías.
Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.
Yo me acuerdo cuándo perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el Colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el Colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido. Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha,
conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan "Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria" y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.
Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o sino aguantarse que quince, veinte años depués, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de lepra sos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano te juro.
El que organizó la "Operación Eichmann", como lo llamamos, fue el Colorado.
La llamamos así por ese general aleman, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El Colorado ya no estaba par ese entonces en la O.C.A.L.. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L "Organización Canalla Anti Lepra".
Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central.
Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensar maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes son.
Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho el Colorado y él fue el que organizó todo el operativo.
Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el "Selecciones" y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale.
Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatro cientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso.
Ahora, la. duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía
perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos
nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta
posta.
Después hubo que hablar con los otros muchachos, porqu e convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colora manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el Rulo es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a
perderse el partido ese.
Entonces, el Rulo, con los monos arriba Y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el Miguelito apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una
maravilla.
Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el Miguelito cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó.
Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormido, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.
Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía "Empalme Graneros presente" y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la vichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo "¡Mirá vos!".
Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor
prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo "En la esquina, jefe.". Y yo no sé qué le dijo el Rulo, algo de que ahí no se podía
parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, "En la esquina". Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano...
¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, "¡Soy canalla, soy canalla!" por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.
¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los
sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transfonnó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer.
Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo.
Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una,verguenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del
ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis lujos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso si, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque
rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menuttl que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se
puede describir en palabras. Te digo que me, gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano,
la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; "¡qué importa!" ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.


*Fuente:
http://www.negrofontanarrosa.com/publica/cuentos/fp_cn_t.asp?id=17


 


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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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7-jul-2007 - TODA VERDAD ES UNA FORMA DE DESPEDIDA





a parar*



tejerbordarlabrarcincelar
ar er constituir confeccionar
ar ir
                 a parar
                                           al engaño
a parar
                        pararlo
                                                        detenerlo de pie
inventarle pies y calzarle pies a los zapatos
del engaño parado
pasitos los nuestros a su alrededor
y lo calzamos
                  esto es: lo apieamos
lo dotamos de nuestra labranza
amos del engaño
¿detentadores?
¿arrendatarios?
¿consignatarios del engaño?
pobrecitos nosotros en nuestras renuncias

dedico a los humanos sabios
ellos desengañados
mis dotadores
despiezados y dezapatados
esta moraleja que escribiré nunca
la que me aprendieron cuando me enseñaron
vislumbrar incluir huellas
tema éste desconsiderado
lírico para sórdidos
descontrahecho
                                                    (renuncias, renuncias)
hechura irrenunciable
ojo avizor tercera oreja segunda conciencia
dimensión la enésima

                                 apalabra
                                          sueltata



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

-De Mi Mayor Estigma (si mal no me equivoco)





Toda verdad es una forma de despedida...






Te quiero pedir una cosita*

 

- Te quiero pedir una cosita - le dijo corriéndose hacia un costado, evidenciando, así, que lo que se venía tenía un aire personal, por fuera del contexto habitual de la colonia.
Ella, algo confundida, sin perder la sonrisa todavía, se acercó hasta la baranda de la huerta, en el patio.
- ¿Qué? - preguntó, arqueando las cejas.
- Tu teléfono.
 
Hacía tres o cuatro días que Lucas tenía ganas de encarar a una de las maestras de la colonia donde llevaba a su hijo -una que no había visto nunca-, pero por una razón o por otra -timidez, o porque ella, una de las veces se fue corriendo al baño con un nene que se había hecho caca-, no había podido. Ese día terminaba la colonia y a la maestra no la iba a ver por un par de semanas hasta que empezase de nuevo la escuela. Podía esperar. Pero creía que a ella también le pasaba algo. Y no pudo con su genio.
El día anterior a esa mañana que quedaría grabada en la cabeza de Lucas por mucho tiempo, y en la de todos los demás que lo conocen dentro el jardín -directora, maestras, maestros, portero, los padres de los chicos, ¿los chicos?, y especialmente ella, la maestra jardinera, y su marido, por supuesto-, tuvo
terapia. Acostado en el diván le habló al analista de la maestra durante varios minutos, una y otra vez, pero la cuestión pasaba por otro lado. Lucas contó que la timidez, la no confrontación, la vergüenza que lo asfixiaba cada vez que se exponía, le amargaba la vida. "Ya bastante mal me hice de chico", le dijo al
analista mientras entretenía la vista con las paletas del ventilador del techo del consultorio. "Por eso", re afirmó para si mismo, "la voy a encarar y le voy a pedir el teléfono. La mina me gusta y quiero creer que yo le gusto a ella", supuso, rogó -las palabras le fluían una detrás de la otra a una velocidad
asombrosa, desde el estómago derecho a la garganta-, "lo que yo quiero, y necesito, es romper con mis estructuras, mis moldes, mis miedos". Lucas suspiró e hizo silencio. Sólo se escuchaba su respiración y, casi imperceptible, el aleteo del ventilador. "!Tengo lo huevos llenos del miedo!", dijo de repente,
fastidiado, con la voz entrecortada. Con las manos se apretaba la panza y tuvo que tragar dos veces para no lagrimear.
A los pocos segundos, y por única vez en la media hora que duró la sesión, el analista abrió la boca: "¿La seguimos la semana que viene?".
 
Lo primero que hizo ella fue mirar para atrás, como si estuviese a punto de robarse un perfume de la góndola de un supermercado. Cuando se volvió, él entendió que los miedos y las dudas que lo venían perturbando -desde que era chico-, tenían fundamento, un porqué.
- Estoy casada - dijo ella, entre tensa y confundida. Unas de las pestañas, la izquierda, le bailaba, inquieta, como si fuese un tubo de luz fluorescente.
Sobre los cachetes de la cara se le empezó a colorear una aureola rosada, y no por la emoción de verse avanzada -se dio cuenta Lucas-, sino más bien por la vergüenza -: ¿No viste mi anillo? - y se señaló la mano. Ahora sonreía.
Lucas miró y lo vio por primera vez, en el índice de la mano izquierda: brillaba como si lo hubiesen pasado una franelita anaranjada de esas que vienen en los estuches de lentes para el sol. Acalorado como nunca en sus treinta años de vida, Lucas se rascó la nariz, miró para los costados y dijo:
- Me siento el tipo más boludo de la tierra.
Ella juntó las manos a la altura de la panza, bajó la cabeza y se puso a jugar con los dedos.
- Está todo bien -dijo sonriendo, compasiva, una vez que levantó la cabeza.
El silencio fue corto, insoportable.
- Me voy a la sala - dijo ella señalando para el pasillo, a sus espaldas -. Nos vemos - y salió corriendo.
Lucas dio media vuelta y encaró para la salida. El cuerpo le pesaba como si cargase sobre la espalda una bolsa de consorcio llena de arena. Empujó la puerta de calle y salió. Se quedó un par de segundos parado en la vereda, aturdido por el ruido de los diez, veinte coches que pasaron a toda velocidad como si fuesen una bandada de pájaros. Cuando volvió la calma, el tráfico parado en la esquina esperando el verde del semáforo, se dio cuenta de que la vergüenza y la frustración, no lo dejaban pensar.
 
Una semana antes de aquella mañana, Lucas le puso los ojos encima a una de las maestras de la colonia, una flaca que siempre andaba vestida con colores muy vivos, que combinaban a la perfección con la temperatura y los aromas de una mañana cualquiera del mes de enero. Tenía piernas largas, llamativas. Y andaba con un pantaloncito de jean, suelto, liviano, que no terminaba de ocultarle la cola, curva, firme.
El patio donde funcionaba la colonia estaba cubierto por una gran carpa de media sombra de color negro. Había dos pelopincho, piezas de madera para armar fuertes, montañas de fichas tipos rasty tiradas sobre alguna lona, pelotas de todos los colores, libros, sillitas y mesitas para jugar con plastilina. Los nenes y nenas, de entre dos y cinco años, corrían de acá para allá, o estaban subidos a los juegos, o a upa de las maestras. Él llegaba con su nena y ella los recibía con una sonrisa. Charlaban un par de minutos, del clima, de las actividades de los chicos. Ella le hablaba de sus cosas pero también preguntaba por las de él. Se reía mucho y nunca bajaba la mirada. "Casi no me di cuenta", le contó a un amigo, "se fue dando solo... por eso me parece que me gusta".
Con el correr de los días, las charlas, el solcito, los rojos y verdes que ella lucía, el pantaloncito, Lucas se empezó a inquietar. Una de esas mañanas él la piropeo, así, como al pasar. Y ella le devolvió una sonrisa.
Si bien era consciente de lo atrevido y riesgoso que podía ser encararse a una maestra del jardín, que tenía todas las de perder porque la flaca posiblemente no se la iba a jugar para cuidar su trabajo, se convenció: la iba a encarar. Lo que más le cerraba era que no la había buscado sino que todo se había dado de manera natural, sin forzar nada.
 
- ¿Como andas, Pablo? - Lucas se acercó hasta el profe de educación física, en la puerta de una de las salas. A pesar del ser el profe de gimnasia estaba un poco pasado de peso, tenía la cara redonda y la panza le asomaba por debajo de la remera. Estaba apilando una colchoneta arriba de la otra, sobre el suelo. Y Traspiraba.
- Bien, che, ¿vos?
- Tranquilo - contestó Lucas, mirando para donde estaba la flaca, en la puertita de la huerta. Tenía puesta una vincha de color verde esmeralda que le cubría toda la frente. Le hablaba al oído a otra maestra, se reía, volvía a decirle algo -. Hoy hay pileta, ¿no? - le dijo Lucas al profe.
- Si, a eso de las diez y media todo el mundo al agua. Los pibes se vuelven locos.
Lucas, atento a los movimientos de ella, ni bien la pescó mirando, la saludó.
Pablo se agachó, levantó otra colchoneta, la tiró sobre las demás, se limpió la traspiración de la frente, miró hacia donde estaba la flaca, volvió la cabeza, y dijo:
- Che, nos estamos juntando con varios padres a jugar un fútbol 5. Hace falta uno.
Lucas, contento, aprobó con la cabeza.
- ¿De que jugás? -le preguntó Pablo, sin dejar de lado el tema de las colchonetas.
- Abajo ando bien.
- Listo, buenísimo. Veníte el martes -Pablo se puso de pie, ya había acomodado todas las colchonetas-. Las canchitas son las que están al lado del súper de los chinos -y se limpió de nuevo la frente.
Antes de despedirse Lucas le preguntó por las vacaciones.
- Ahora, cuando termine la colonia. Nos vamos unos días a Santa Clara del Mar.
Se despidieron. A Lucas, Pablo le caía bien desde el día que se lo cruzó en un recital de folklore que se hizo en los bosques de Palermo. Ese día, el profe estaba vestido con una remera de Independiente, shorcitos, zapatillas adidas.
Esa noche de calor y cielo estrellado, Lucas notó que Pablo estaba en su salsa.
"Mañana la encaró", pensó tres días antes de que terminara la colonia. "Le pido el teléfono... no, mejor no, le pido el mail... no, el mail no da... ¿y si le pregunto si tiene planes para el fin de semana?". Lucas se quemó la cabeza a la noche, antes de irse a dormir, mientras se bañaba. Y se la siguió quemando ni
bien abrió los ojos al otro día. Se pegó un baño, despertó a la nena, desayunaron, fueron al jardín. Trataba de no pensar en lo que iba a decir. Estuvieron juntos menos de un minuto, y en un momento tuvo la oportunidad de encararla, fue un segundo, antes de despedirse, tenía las palabras en la punta de la lengua, cosquillas en la panza, todo, pero no. No se animó. Lucas se fue al trabajo atragantado, puteando. Estuvo toda la mañana dándole vueltas al asunto, calculando cómo, cuando, donde y qué le iba a decir al otro día.
Al otro día -dos días antes de que terminara la colonia-, encaró decidido a blanquear, ¿cuál era el problema, en definitiva?, pero tampoco pudo porque ella, en el momento que a él se la estaba por jugar, con los huevos en la garganta, salió corriendo con un nene que se estaba haciendo caca. Otra vez se fue sin nada. "Me quedan dos días", pensó. "Le pido el teléfono, directamente, a las minas no les gusta el cargoseo, las vueltas". Se había metido tanta presión a si mismo que ya no le importaba otra cosa que desembuchar, sacarse la mochila. "Si la mina me da teléfono, bárbaro, hermoso", especuló, "pero sino, todo bien, me quedo tranquilo conmigo mismo", calculó.
El ante último día tampoco pudo. Y esa vez no hubo movimientos extraños de parte de ella que lo desacomodasen. No pudo. Así de duro y de tajante. La mina se mostró un poco más fría que de costumbre, es verdad, y eso no ayudó, porque lo que hace o deja de hacer el otro siempre influye, pero la realidad es que no pudo. "No sé, me pareció que la mina había intuido algo y estaba como a la
defensiva", le contó al amigo. "Hubo un momento clave, fue cuando se hizo silencio y nos quedamos mirándonos, medios desacomodados... ahí era, en ese preciso momento. Pero no pude. Y al segundo ella me cuenta que no da más, que necesita vacaciones y que por suerte, a los dos o tres días viajaba una semanita a Santa Clara del Mar".
Ese mismo día, por la tarde, Lucas tuvo terapia.



*de Mariano.  MAbrevayaDios@plussistemas.com.ar

 






Cuando hemos perdido todo*



 
En su última novela, Pablo de Santis escribe a propósito de un personaje que se ve obligado a decir cierta verdad a la persona que ama: "dudó, porque toda verdad es una forma de despedida". Como ese personaje, siento que la terrible crisis argentina es la hora de decirnos la verdad; que es la despedida de todo aquello que creímos ser, engañados por una ficción política que muchas veces no tuvimos el valor o la lucidez de desbaratar. Y que asumir el casi insoportable dolor de esta despedida, utilizarlo como acicate para nuestra creatividad y nuestra solidaridad, es nuestra única posibilidad de sobrevivir.
Quizá porque todo lo que construimos en la adultez parece a punto de destruirse definitivamente, a menudo creo revivir situaciones de infancia que me cuesta mucho recordar con precisión. Los primeros días, por ejemplo, creía reconocer aquel momento de la misa en que uno se sentía mirado por un Dios al que era imposible mentir y sobornar; pero de inmediato me corregía, porque el temor de Dios entrañaba una fe en su bondad de padre. Hasta que hace unos meses, en un bar al que llego todos los fines de semana por las calles de Buenos Aires entre asaltos y mendigos, mi amigo Pablo Pérez el equilibrista me dio una clave: "¿Sabés? Una noche, en Mendoza, a los once o doce años, soñé que despertaba y saltaba de la cama y al abrir la puerta de mi casa sólo encontraba una inmensa llanura, y allá, a lo lejos, una casilla cerrada que corrí a abrir y en donde estaba Dios. Estaba encogido y tembloroso, Dios, con unos ojos enormes que parecían pedir piedad. cuando le pregunté por qué estaba asustado, Dios me dijo que ya no podía volar. Y desde que me desperté", termina Pablo, "yo mismo empecé a treparme a los árboles y a aprender este oficio que todavía no sabía que existiera". De alguna manera todos nosotros, aun los que no creemos, sentimos que "Dios está asustado" porque nuestra imagen del mundo y de la historia, la que justificaba hasta ahora todas nuestras acciones, nos ha mostrado para siempre sus propios límites, sus incapacidades de entender y actuar. Sí: hemos asumido que Dios está demasiado asustado para ayudarnos. Y en el dolor del abandono, sentimos que sólo nos quedan dos posibilidades: o morir o vivir. Y sobrevivir es mirar valientemente aquello con que todavía contamos, y sobre todo, como aquel chico en los árboles de Mendoza, disponerse a aprender. Porque, ¿qué nos queda cuando parecen habernos robado todo? En principio, aunque suene a lugar común, nos queda la memoria, pero no ya como mero sitio de homenaje, ni siquiera como utopía realizada y perdida, ese paraíso de los padres fundadores que nos inmoviliza en veneración y nostalgia. La lección de los tiempos es, incluso, contraria: no somos una identidad inmutable, sino los sujetos de una historia de inevitables mutaciones que debemos tener siempre presente para que el cambio no derive en traición.
Tenemos la memoria, digo, como sitio del presente repleto de herramientas todavía utilizables. Impedidos de comprar CDs, resucitamos las bandejas y los wincos y vamos por la ciudad rebuscando discos de vinilo que familias en bancarrota salen a vender o a trocar a las plazas: así resucita, casi intacta, la música de una argentina empeñada en escucharse a sí misma y a hacer escuchar sus voces, desde los alumnos del Mozarteum a los bagualeros de Yala, desde los baladistas del Di Tella a la gota de agua o el silbido de un barco que Leda Valladares perseguía por la ciudad con un diminuto grabador Geloso: Una Argentina que de pronto sabemos que sonaba para hoy y para nosotros. En las reuniones, ya cantamos distinto.
Muchos de mis amigos, escritores y foniatras, cantores y hasta reparadores de electrodomésticos, se han puesto a escribir manuales: no ya para aprovechar tal o cual demanda de las editoriales, todas al borde de la quiebra. Todos tenemos la misma urgencia de compartir esos saberes que creíamos haber olvidado simplemente porque nadie nos lo requería, porque nos habíamos acostumbrado a hacer nuestros trabajos según órdenes ajenas o extranjeras o porque, en fin, nos habíamos resignado a que nos hubieran arrebatado nuestro puesto de trabajo. Una de esas amigas me dice que en los talleres de escritura, por ejemplo, han sido muy pocas las deserciones: lo que era, hasta diciembre una actividad secundaria se ha revelado como el último lugar en que un pueblo defiende la posibilidad de decirse, de imaginarse, de elaborar, contra la alienación, un lenguaje nuevo y propio. Por supuesto, no confundo estas formas de resistencia con ninguna victoria final, ni siquiera la auguro; pero las señalo como lo que son, luces imprevistas que nos permiten seguir dando pasos en medio de esta oscuridad, apostando a que nos suceda lo mismo que al protagonista de aquel cuento danés que, después de toda una vida de aventuras durísimas, subió a la cima de una colina y vio que su itinerario por la comarca había dibujado una figura precisa: la figura de una cigüeña. Y que esa figura le daba, porque había sido fiel a su deseo, un premio más cierto y profundo que la felicidad: el premio de la comprensión.
En verdad, escribo estas vivencias y me doy cuenta de que en medio de la tragedia aprendimos a aprender de todo y de todos: y que el cuidado de una planta o un animal, de pronto tanto menos frágiles que nosotros, o la escritura de una novela, tanto más espaciosa y acogedora que nuestra propia vida, me han enseñado mucho sobre el tiempo, en estos meses que he vivido con la intensidad de los muy viejos, incapaz de concebir la idea del futuro.
Por eso, contra esa obligación "políticamente correcta" de estar tristes, me parece urgente contraponer esta evidencia, obvia desde siempre en todas las militancias, aun -y acaso especialmente- en las que surgen como respuesta a una de las tragedias más horrendas; esa evidencia obvia, digo, en el increíble fenómeno de las asambleas populares o del movimiento piquetero: el dolor, en lo que tiene de verdad, abre camino siempre a la belleza, "porque la belleza es verdad, la verdad es belleza y nada más importa saber sobre la tierra". Más aún: el dolor exige convivir con la alegría, nunca con la tristeza, que es negación y muerte. La alegría de crear, la alegría de servir, la alegría de saberse útiles.
Y si no, fíjense en esta última historia verdadera. Mi amigo Ivo Machado, que es poeta y controlador aéreo en Portugal, recibió una noche la llamada de un piloto que volaba solo en medio del océano Atlántico. cuando el piloto le describió su situación, Ivo le dijo lo que el otro quizá no se atrevía a admitir: que carecía de combustible suficiente como para llegar a cualquier costa, y que debería prepararse para acuatizar. Durante unos minutos, el piloto siguió haciendo preguntas vacilantes, preguntas que eran excusas para no quedarse en el silencio del mar y que Ivo respondía con precisión y solidaridad: no, en esas latitudes no había tiburones; sí, claro, la temperatura de esas aguas, aun en invierno, no representaban peligro alguno. Creo que el piloto mandó entonces algún mensaje, y que Ivo prometió retransmitirlo. pero cuando ya no hubo más que decir, el piloto intentó despedirse. Ivo, sin saber por qué, le preguntó si, en lugar de quedarse en silencio, no quería oír poesía. El piloto dijo sí, y durante casi una hora, hasta que finalmente el piloto se perdió en el silencio final, la voz de Ivo cruzó la inmensidad llevando los versos que había amado durante toda su vida. Ivo nunca me contó si el piloto era portugués: en tal caso, el piloto habrá sentido que toda la cultura de su pueblo acudía en su ayuda; si no era portugués, y aunque el sentido se le escapara, igualmente habrá podido percibir que el ritmo de los versos se plegaban dócilmente al del mar y al de la luna, y que ésa es la conquista de la aventura humana.
Pienso en Pablo, el equilibrista, planeando sobre las mesas del bar y en Ivo diciendo sus poemas. Pienso en el chico que fui y en el que, de algún modo, somos todos en medio de esta tragedia y me parece oír, en todos los casos, el mismo silencio, y es el silencio de una ceremonia, y es un silencio sagrado. El comienzo de un rito, sí, que repetiremos siempre para saber que una vez nos salvó esta verdad: "Dios nos abandonó, y cae la noche. Pero estás vos y estoy yo. Vamos volando".




*de Leopoldo Brizuela.
-Publicado en la edición del diario Clarín del jueves 6 de junio del 2002.-










Sábado, 07 de Julio de 2007
OJO, LECTORES

Soy agente foráneo, prochileno y delirante*


*Por Osvaldo Bayer


Todo es posible en nuestro querido país argentino. Sin exageraciones: nos podemos comparar con Estados Unidos. Por ejemplo, en el caso de ignorar y sentirnos inocentes en nuestros crímenes como sociedad. Hace poco comenzó la discusión entre Estados Unidos y Alemania con motivo de un artículo del periodista alemán Markus Günther. En él se afirma que en Estados Unidos hay innumerables monumentos recordativos de los genocidios o crímenes sociales ocurridos en otras partes del mundo. Pero no hay ninguno que recuerde la esclavitud americana, ni tampoco referente al crimen cometido contra los
pueblos originarios por los conquistadores, los colonos y los buscadores de oro. Por ejemplo, en territorio estadounidense hay ya más de cien monumentos recordativos del Holocausto nazi-alemán contra el pueblo judío. Y existen 27 monumentos que recuerdan el genocidio turco con el pueblo armenio (aunque estos monumentos sí son muy pequeños y demasiado discretos para no interferir en las buenas relaciones comerciales con Turquía). También hay ya un monumento -inaugurado por Bush- a las víctimas del comunismo ruso y chino y varios -en Florida, claro está- contra la Revolución Cubana de Fidel
Castro. El periodista Markus Günther dice textualmente: "A los americanos les gusta recordar las víctimas de otros países, pero se olvidan de los cadáveres que tienen en el propio sótano". Principalmente de las víctimas de todos los golpes militares que financió y respaldó Estados Unidos en
Latinoamérica. Para no hablar de Vietnam, Afganistán, Irak.
Los argentinos también tenemos nuestros cadáveres en el sótano. De eso no se habla. Todo lo contrario, a los autores de quitar la vida y la tierra les hacemos monumentos. Más todavía, se niegan hechos históricos. Ni siquiera reconocen sus grandes errores los partidos políticos que participan de la
democracia, para los cuales el debate y la autocrítica tendrían que ser dos armas para el avance sobre las equivocaciones. Y no la negación absoluta.
Por ejemplo, el radicalismo, con las tres represiones obreras más sangrientas de un gobierno elegido por el pueblo. Y el peronismo, con Ezeiza, las Tres A, el nombramiento y dominio de López Rega. Para quedarnos en sólo tres cosas, porque podríamos llenar la página con pecados y transgresiones a los derechos y las libertades.
Por haber ayudado humildemente al esclarecimiento de hechos así negados, me acaban de insultar de la forma más grosera y falaz. Lo ha hecho nada menos que un organismo radical: la Fundación Arturo Illia, con la firma de su presidente, Gustavo A. Calleja. Tenga cuidado el lector conmigo porque he sido calificado de "escritor prochileno y defensor de los trusts internacionales del petróleo". Nada menos. Quién lo iba a decir. Además agrega que soy un "delirante" porque sostuve "que Yrigoyen estaba al
servicio del Imperio Británico". Cosa que jamás sostuve. Lo invito al mencionado radical a demostrar con citas ese disparate.
Ese e-mail de la Fundación Arturo Illia ha recorrido todo el territorio del país y también ha llegado al extranjero. Sin lugar a dudas, el señor Calleja ha utilizado el estilo de Goebbels, el ministro de Propaganda del nazismo, de "miente, miente, que algo queda". Es el recurso de quienes desprecian el
debate y las legítimas pruebas científicamente históricas. Para escribir esa carta, el señor Calleja no se tomó ni siquiera el trabajo de leer mis investigaciones, sino que habla por boca de ganso. Fíjese el lector esta burrada, textual, de esa fundación: "El escritor prochileno y defensor de los trusts internacionales del petróleo Osvaldo Bayer desarrolló novelísticamente la documentada obra de José María Borrego llamada La Patagonia Trágica". Hasta ahí la frase asnal. Ni siquiera escriben bien el apellido de ese autor. Borrego, lo llaman. Y es Borrero. Es igual, para ellos. Segundo: La Patagonia Trágica de Borrero no habla de las huelgas patagónicas sino de los cazadores de indios, los negociados con las tierras
y la justicia del territorio de Santa Cruz. Para los autores radicales, es lo mismo, total, quien lee su mensaje no va a ir a comprobar nada. Pero la mentira queda, porque lo dice la Fundación Illia. Agrega el escrito radical que los verdaderos autores de las trágicas huelgas patagónicas de peones rurales fueron los que "servían conscientemente a las multinacionales petroleras, a las ambiciones chilenas de apropiarse de la Patagonia y a grupos anarquistas bakuninianos que pregonaban una revolución que no
entendían". Y ya, en el total despropósito, agrega la Fundación Illia:
"Todos ellos son los responsables del engaño a que fueron sometidos honestos trabajadores y que tan trágicamente terminara".
La Fundación Illia no tiene en cuenta ni siquiera la célebre sesión de diputados de la Nación del 1º de febrero de 1922, donde se discuten los fusilamientos en la Patagonia y donde se demuestra la increíble injusticia cometida. No hay ningún diputado yrigoyenista que afirme lo que ahora sostiene la fundación de que los autores de la huelga "sirvieron a las multinacionales petroleras, a las ambiciones chilenas y a grupos anarquistas bakuninianos que pregonaban una revolución que no entendían". Más todavía,
el diputado radical Leónidas Anastasi en esa sesión reconoce la tragedia y la injusticia cometida y señala, en su larga exposición: "De los dos mil trabajadores de Santa Cruz han muerto una buena cantidad que eran secretarios y militantes de asociaciones obreras, qué rara especie de bala es ésta que busca en el campo de batalla precisamente a los secretarios de sociedades obreras, a los organizadores del movimiento de resistencia a la patronal". Está todo dicho, lo dice un hombre de primera fila del gobierno de Yrigoyen. Y la bancada mayoritaria radical no actúa con coraje civil y voluntad democrática: al contrario rechaza, porque es mayoría, la comisión investigadora que debía trasladarse a la Patagonia para excavar las tumbas masivas. Sólo dos radicales votan para que se haga la investigación: Amancio González Zimmermann y Ferraroti.
No hay ningún documento del teniente coronel Varela en el que pueda basarse la tesis de la Fundación Illia-Calleja, en la que se demuestre la intervención chilena ni la ridiculez de las "multinacionales petroleras".
Una patraña de último momento de la Fundación Illia-Calleja. Todo lo contrario, en mis cuatro tomos de La Patagonia Rebelde demuestro cómo el gobierno chileno le ofrece al gobierno argentino colaborar en la represión de las huelgas rurales con el argumento de que "los mismos dueños de las estancias argentinas son los dueños de las estancias chilenas". Más todavía, la organización de extrema derecha Liga Patriótica Argentina, presidida por el radical Carlés, recibe el apoyo de la organización similar chilena, Liga Patriótica Chilena, para reprimir a los huelguistas.
Todo es un embuste lo que sostiene la Fundación Illia-Calleja. Y así recurre al insulto bajo contra mi persona. Por eso le iniciaré juicio por calumnias.
Pero al mismo tiempo la invito a un debate público sobre las huelgas patagónicos que podríamos realizar en el aula magna de la Facultad de Filosofía, ante docentes y alumnos de Historia. Podrá venir el señor Calleja con todos los asesores que quiera.
Sobre el tema he escrito los cuatro tomos de La Patagonia Rebelde. Nunca ningún protagonista de los hechos me inició juicio por calumnias ni siquiera pudieron demostrar que alguno de los documentos citados podría ser falso o malinterpretado. No, los militares sólo se atrevieron a quemar mis libros y
a perseguirme, cosa que me costó ocho años de exilio. Mis libros fueron quemados por el teniente coronel Gorleri durante la dictadura. Ese oficial después fue ascendido a general por el gobierno de Alfonsín y eso que yo envié todos los antecedentes al Senado de la Nación, que lo ascendió igual.
Así que los argentinos tenemos un general cuya especialidad es ser quemador de libros. He calculado que actualmente el general Gorleri cobra un sueldo de general, que es cinco veces el de un bibliotecario de una biblioteca popular. Realidades argentinas.
Nunca el partido radical, del señor Calleja, me desafió a un debate sobre mis libros y el film La Patagonia Rebelde. Se calló la boca. Ninguno de sus representantes dijo nada. Y ahora se atreven con el insulto barato propio de la necedad estólida. Detrás de ellos está la sombra de los asesinatos
cometidos también durante el gobierno de Yrigoyen de la Semana Trágica y de los hacheros de La Forestal.
Pero, como decíamos al comienzo, esos temas no se discuten. Por ejemplo, en la misma sesión de Diputados de 1922, se recordó que la cámara había enviado tres años antes un pedido de informes al presidente Yrigoyen acerca de la Semana Trágica y sus órdenes de reprimir la huelga de metalúrgicos que
exigían las ocho horas de trabajo, permitiendo la actuación de la extrema derecha encarnada en la Liga Patriótica. Pues bien, Yrigoyen nunca cumplió con ese pedido legislativo y se llamó a silencio. De eso no se habla.
Tengan los políticos la valentía de reconocer los errores. Sólo así el país podrá entrar en los verdaderos caminos de la democracia y el respeto a la vida.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87743-2007-07-07.html


 







Viernes, 06 de Julio de 2007
Conversación (Crónicas de bares V)*


Por Iván Fernández *


Los domingos, se sabe, están abocados a una gama de ritos, religiosos, familiares, y también solitarios, el diario y el fútbol de radio. Pero este domingo no hay fútbol y llovizna con cierto calor, y para quienes las misas y las familias no son un refugio, la opción es la asistencia, la constitución en bares, los diarios que insisten. La fauna mayoritaria es masculina en el bar al que yo asisto, la frase encantadora del mismo es "Comida casera", y se combina con una tropa de mozas jóvenes que atienden sonrientes. Tal vez parezca esto una especie de paraíso masculino: comida como la haría la madre y mujeres jóvenes serviciales, pero no, el clima predominante es de cierta opacidad. Algunos hombres miran hacia fuera, otros tienen los ojos indiferentes posados en cualquier estantería del bar, otros leen.
Casi todos solicitan milanesas, y luego, los postres.
En el bar que tenía mi abuelo, donde trabajaba mi madre, como moza, y conoció a mi padre, como cliente, donde mi madre y su hermana festejaron sus quince años y casamientos, concurría regularmente un hombre que pedía una lata de duraznos. Se oponía, firmemente, a las compoteras, de la lata de
duraznos abierta comía, mientras jugaba al billar.
Hay sí, y además, una familia: el hombre lee el diario, la mujer cuida al niño. El niño juega con un paraguas telescópico, lo revolea, lo hace girar, lo usa como bastón y grita: "No quiero", y grita: "Quiero". El hombre lee, el niño grita, el hombre lee, el niño grita, la mujer calma.
Afuera, personas pasean perros, los perros dialogan, los dueños también, pero con menos ímpetu. Dentro, comemos los aromas caseros.
Ha ingresado una pareja un poco mayor, la moza que los atiende los conoce, les habla con cariño y coquetea con la autoridad de la patrona: ¿Qué les sirvo? ¿Lo deja tomar vino? "A esta altura...", resignación cómplice de la mujer. Los dos sonríen, hombre y mujer, y la moza también, son como una
variante en los ánimos del bar.
Antes de abrir su bar, mi abuelo recorría los otros bares del pueblo, y en cada uno tomaba algo con diferentes grupos de amigos; después, y recién entonces, iba a atender su negocio. Quizá había algo en los otros bares que no se conseguía en el suyo.
Algunos hombres están sentados afuera, hay algún grupo de amigos y otros solos. Uno está tomado por la tecnología, tiene una serie de aparatitos colgados visiblemente al cinto, de uno de ellos brotan los auriculares que le trepan a los oídos. Los amigos comparten el diario y las miradas a las jóvenes adormiladas que un mediodía de domingo pasean su belleza de restos de pintura y desaliño.
Las mozas circulan, una sube y baja una escalera probablemente atendiendo gente en una planta alta que no se divisa; el niño juega con el paraguas e ingresan al hogar dos mujeres, unos cuarenta años, rubias, que agitan la calma que los hombres habían insistido en sostener hasta entonces. Casi todos voltean para verlas, y permanecen así por un rato, máxime que las mujeres dudan acerca de donde sentarse y se pasean un par de veces por el salón. Las miradas juegan con el reinado de la soledad masculina. Cuando
finalmente se sientan, de a poco la agitación de las miradas va cediendo.
A la pareja un poco mayor y sonriente, se acerca un hombre que les dice: "Vamos a festejar los cincuenta años". Los tres comienzan a recordar cuándo se conocieron.
Las historias de familia, hablémoslas en casa, pero para otros.
Afuera siguen los perros precediendo a las personas, un hombre que pasa con una mochila de rasgos infantiles, otro con bolsa de pan y más jóvenes adormiladas. Dentro, hay quien busca su vianda, entra al bar, vuelve a casa, y se va.
Estamos comiendo las texturas hogareñas, están mis hermanos solos, o con un niño y una mujer; mis abuelos felices.
Luego del tiempo necesario para sortear la dificultad de llamar la atención de mis tías, pago y me aprestó a irme. Yo también compré el diario, y tal vez lo lea. En el bar quedan dos custodios, son dos jóvenes, sentados uno a cada lado de la puerta, cuidando la guarida. Me voy, abandonando el clima de
cierto silencio.
En el bar de mi abuelo, de mi madre, de mi abuela, de mi tía, de mi padre, las conversaciones duraban largas horas que pasaban rápido. Y en esas conversaciones se conocieron mis padres, y mis tíos. Yo conocí ese bar cuando había pasado ya su apogeo.



*FUENTE: ROSARIO-12
 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-9266-2007-07-06.html




*
 

 Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 8 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Miguel del Aguila, Milton Esteves, Carlos Sánchez-Gutierrez y Ricardo Zohn-Muldoon. Las poesías que leeremos pertenecen a Vicente Girarte Martínez (México) y la música de fondo será de Alma del Sur (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44       A-5020 Salzburg        AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067




*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar



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26-jun-2007 - LOS TESTIGOS




Persistencia*

 

Persistencia*

 

  
Dentro de cien años
cuando reine el olvido
cuando ya nada importe...

persistirá la lluvia
sobre el antiguo Alcázar;
persistirán el musgo,
la piedra humedecida,
la caricia del sol sobre los arcos;
persistirán las sierras
y su olor a esperanza;
persistirá la tenue
noche mediterránea
con su rumor de arenas
entregándose amantes
a la mar misteriosa;

persistirá el susurro
del viento entre las ruinas...

pero nosotros, díme
¿que será de nosotros
cuando sólo el olvido
pronuncie nuestros nombres?



*De Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es




                                      
Los testigos...



NOS ALCANZA LA VIDA*



 
   No quiero estar aquí, pero nadie quiere, supongo. Me dicen de mujeres golosas de sufrimiento, deseosas de hacer el oficio de santas, limpiar llagas y respirar pestilencias. Me dicen que no sólo lo hacen con resignación sino con felicidad. Pero no creo que lo disfruten realmente, será que dice eso la mala conciencia de los que las dejaron con el fardo y salieron corriendo. No creo que nadie quiera verdaderamente caminar por estos corredores impregnados de gritos.
    Me bajé mal del colectivo, dos cuadras antes. Me regalé entonces unos minutos de demora y respiraba el aire frío de la madrugada y la soledad, y la paz de no estar aquí todavía. Caminé despacio, era a las seis que tenía que estar y me quedaban cinco minutos. En la calle había gente, alguno pasaba en bicicleta, hacía frío, me veía la respiración blanca.
    No vale la pena robar cinco minutos, no me descuentan nada porque allá en la calle es como si ya estuviese acá. En estos días estoy acá aún cuando me caliento la comida en la hornalla de mi cocina o me baño en mi ducha.
Avivé el paso.
    En la entrada también me equivoqué. En vez de usar la puerta normal ingresé por la entrada de servicio. Se prendió la luz cuando pasé entre las bicicletas y las garrafas. Me miró el guardia. No me dijo nada, ya debe de entender estas cosas. Quizás no sabe nada de nada, pero de tanto ver sabe
que los que entramos lo hacemos siempre por la puerta equivocada, aunque algunos usen esa de vidrio, la oficial. También se equivocan, porque vienen para algo que nunca es finalmente lo que esperaban.
    Hay mucha gente. Afuera es de noche, pero los pasillos estos son como los gallineros, siempre es de día pero nunca es el día verdadero. Afuera cambian las horas y las estaciones, aquí el tiempo, la vida, las sonrisas, todo es artificial.
    La gente transcurre sin ruido. Sentados, parados, caminando, todos tienen ese silencio de quien no quiere ser advertido. Sigilosos. Yo también camino con suela de goma y la sensación de que nos acechan.
    Pasillo, escalera gastada, pasillos, peceras de vidrio con las enfermeras o los médicos que viven unas vidas ajenas. Ellos están habituados, charlan, se ríen, dicen que el sábado es el cumpleaños de la
Martita, se pasan recetas. Y me acerco a la habitación deseando que esté dormido, que no se haya orinado, que no venga justo el médico, que las cuatro horas que empiezan ahora sean un paréntesis de nada entre el afuera que recién dejé y el afuera que me prometo y está tan tan tan lejos.
    Se va la mujer que se quedó a la noche. Toma su bolsito y sale disparada. Huye y me deja acá, en la habitación en penumbras. Siento que me abandona a mi suerte, que me traiciona como un soldado que deja al compañero herido en la trinchera y corre a campo traviesa. Ahora me toca a mi estar para lo que pase o que ojalá, ojalá no pase.
    Cambio la silla de lugar. La pongo contra la pared de enfrente, me saco la campera y el pulóver, con mucho cuidado me siento y recuesto la cabeza contra el muro.
    Los tres hombres duermen. Alguno sufre, se queja en sueños. Otro tose y temo que se despierten pero no. Voy esquivando el desastre. Yo también dormito. Miro el reloj y me alegro. Pasó una hora, faltan tres y hasta ahora voy bien.
    Viene la hija del señor de la derecha. Hablan quedo pero me alarmo igual. Que no hagan olas, que no enciendan el día. Prenden la luz del baño para anotar un teléfono en un papel. No, es la clave del cajero para que la chica saque dinero, hay que pagar los descartables. En ese momento son mis enemigos, los odio. Que apaguen esa luz, que no rompan la noche que se extiende y me va salvando.
    La chica se va y todo se aquieta. Siguen dormidos. Alivio. Las enfermeras hablan fuerte detrás de la puerta, se escuchan los timbres que suenan en la salita reclamándolas. Son las ocho de la mañana pero aquí sigue la noche. Faltan dos horas.
    Empiezan los ruidos del desayuno. Se terminó la gracia concedida. En cualquier momento se abrirá la puerta y dejaré de ser invisible. Y se abre la puerta, la mucama prende las luces, corre las cortinas y deja las tazas con galletitas por ahí arriba, no hay mucho espacio.
    La señora de la izquierda, que estaba debajo de una frazada como un bulto informe sale del capullo y le pone la mesita ladera al marido. Nos saludamos apenas. Sólo hay una bandeja para otro desayuno, menos mal que el hombre de la derecha no quiere tomar su té. Tomo la bandeja y despierto a mi
padre. No es fácil. Tampoco es sencillo incorporarlo en la cama. Le doy vueltas a la manija de la cama ortopédica y por supuesto me equivoco, los pies se van alzando. Deshago lo hecho, le doy vueltas a la otra manija ¿para qué lado? Hay que probar, nada es conocido, hasta lo más sencillo se me dificulta y me hace consciente de mi inutilidad.
   Le doy el té, come dos de las tres galletitas. Nunca le había dado el té así. En casa se lo ponía arriba de la mesa, le alcanzaba las galletitas, nunca había tenido que ponerme aquí tan cerca, tan de arriba, tan lejana y diferente. La boca tiene forma de pico, las bocas de los viejos se van haciendo puntudas en el medio. Me pregunto si siempre tuvo los ojos tan claros. Ahora la cara es puro ojos saltones, no se parece a él sino a mi abuela, su madre. O será que era la misma cama, las mismas sábanas, el mismo tubito transparente en el brazo, esa cosa de estar desapareciendo de a poco que deja algunos rasgos fundamentales y piel vacía.
   Veo que el pañal está despegado en un costado. Cuando pasa la enfermera le pregunto si me puede ayudar a cambiarlo. Me dice que sí, pero cuando termine la ronda. Deseo que la ronda sea larga y vuelva cuando ya me haya ido. Falta una hora. El tiempo se comprime y se expande aquí. No tiene la lógica del afuera.
    Espera al revés, esperar que no ocurra en vez de esperar que ocurra algo. Ese deseo fuerte que duele, desear con todo el cuerpo que se demore, que venga cuando me haya ido. Que no me obliguen a estar acá cuando venga con apuro y celeridad para ayudarme a cambiarlo. Yo no quiero, saben, no, no
quiero. Pero ya aprendí que querer no significa nada.
    La mucama limpia la habitación. Salgo y vigilo desde afuera, pero está tranquilo, dormitando después de comer, los pelos blancos formando una cresta sobre la cabeza. Mamá dice que tiene la cabeza con forma de rabanito, me acuerdo y me da risa a pesar de la angustia.
    Han abierto un poco las ventanas para ventilar. Me acerco a una en un pasillo y abajo en un patio interno hay macetas con arbolitos. Se los ve bien, altos y frondosos, pero es enorme la tristeza de esas macetas sobre las baldosas. Todo está sostenido con artificio aquí, gentes y vegetales.
Ninguno en su lugar. A los arbolitos les falta tierra y a la gente morir en paz quizás. Recuerdo el horror que me siguió en sueños y en años cuando vi una película, de niña, donde recrearon "El caso del señor Valdemar" de Poe.
Esto está lleno de señores Valdemar, entre la vida y la muerte, torturados, imposibilitados de un descanso, mantenidos en una zona de espanto. Sale una viejita en silla de ruedas de otra habitación, la acompaña el camillero, ningún familiar está con ella. Pero no se queja. No dice nada, se deja rodar
con los piecitos diminutos sobre los apoyos de la silla. "Los brazos  adentro", dice el muchacho. Claro, los viejos se quieren agarrar a cualquier cosa, lo que sea. Se aferran.
    Vuelvo a asomarme. Mi padre sigue sin moverse. Me quedan cuarenta y cinco minutos, pasa la enfermera y me dice que ya viene. Le agradezco y espero que tarde. Le dicen que tiene que bañar a una anciana de la "D". Al lado. ¿Cuánto tardará? No tanto, seguro, pero quién sabe.
    Ahora miro el reloj cada cinco minutos, cada tres, a medida de que se va acercando la huida el tiempo se hace más lento, se detiene casi. Espero que la enfermera no venga por un rato más. Pido poco, que se demore quince minutos, que aguanten las nubes y comience a llover justo cuando ponga la llave en la cerradura.
    No, se larga la lluvia y me encuentra en descampado, siempre ocurre eso, viene la enfermera con la sábana y los guantes. No podía tener tanta suerte.
Nunca tengo tanta suerte. Viene y yo tengo que fingir que la ayudo. Es lo que se espera. Yo misma le pedí que me ayude a cambiarle los pañales, me avergüenza decirle cámbiele los pañales, por favor, déjeme salir y pasar de esto. Entonces me paro al lado y estorbo, porque sólo puedo hacer los gestos aproximados, me falta solvencia.
    Le saca los pañales, lo deja desnudo sobre la cama y quedamos desnudos todos en la habitación de pesadilla. Y no es para tanto al fin y al cabo.
Con firmeza y celeridad lo lava, le saca la sábana, le cambia el pañal y lo deja listo y tapado. Ya está.
    Pero yo no quería. De verdad que no quería verlo desnudo arriba de la cama, un animal asustado que se deja dar vuelta y colabora torpemente. No, no quería. Y no fue para tanto.
    Justo entonces se abre la puerta y entra el relevo. Me puedo ir. Salgo por pasillos y escaleras y esta vez por la puerta correcta y piso las baldosas de la calle debajo de un cielo de veras, y me digo que no fue para tanto, que casi zafo y ojalá la enfermera hubiese tardado un rato más o mi mamá hubiese llegado un cuarto de hora más temprano, pero que al fin y al cabo no fue para tanto. Y una empieza a morir cuando estas cosas al fin y al cabo no son para tanto.
    Vuelvo caminando. Estoy cansada, regreso bajo las nubes iluminadas por la crueldad de la vida que nos alcanza.

                                                                         

*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com






Los Testigos*


*Julio Cortázar


Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Olver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas.
Al principio a mí no me pareció tan raro que una mosca volara patas arriba si le daba la gana, porque aunque jamás había visto semejante comportamiento, la ciencia enseña que eso no es una razón para rechazar los datos de los sentidos frente a cualquier novedad. Se me ocurrió que a lo mejor el pobre animalito era tonto o tenía lesionados los centros de orientación y estabilidad, pero poco me bastó para darme cuenta de que esa mosca era tan vivaracha y alegre como sus dos compañeras que volaban con gran ortodoxia patas abajo. Sencillamente esta mosca volaba de espaldas, lo que entre otras cosas le permitía posarse cómodamente en el cielo raso; de tanto en tanto se acercaba y se adhería a él sin el menor esfuerzo. Como todo tiene su compensación, cada vez que se le antojaba descansar sobre mi caja de habanos se veía precisada a rizar el rizo, como tan bien traducen en Barcelona los textos ingleses de aviación, mientras sus dos compañeras se posaban como reinas sobre la etiqueta «made in Havana» donde Romeo abraza enérgicamente a Julieta. Apenas se cansaba de Shakespeare, la mosca despegaba de espaldas y revoloteaba en compañía de las otras dos formando esos dos insensatos que Pauwels y Bergier se obstinan en llamar brownianos. La cosa era extraña, pero a la vez tenía un aire curiosamente natural, como si no pudiera ser de otra manera; abandonando a la pobre Nancy en manos de Sykes (¿qué se puede hacer contra un crimen cometido hace un siglo?), me trepé al sillón y traté de lidiar más de cerca un comportamiento en el que rivalizaban lo supino y lo insólito. Cuando la señora Fotheringham vino a avisarme que la cena estaba servida (vivo en una pensión), le contesté sin abrir la puerta que bajaría en dos minutos y, de paso, ya que la tenía orientada en el tema temporal, le pregunté cuánto vivía una mosca. La señora Fotheringham, que conoce a sus huéspedes, me contestó sin la menor sorpresa que entre diez y quince días, y que no dejara enfriar el pastel de conejo. Me bastó la primera de las dos noticias para decidirme -esas decisiones son como el salto de la pantera- a investigar y a comunicar al mundo de la ciencia mi diminuto aunque alarmante descubrimiento.
Tal corno se lo conté después a Polanco, vi en seguida las dificultades prácticas. Vuele boca abajo o de espaldas, una mosca se escapa de cualquier parte con probada soltura aprisionada en un bocal e incluso en una caja de vidrio puede perturbar su comportamiento o acelerar su muerte. De los diez o quince días de vida, ¿cuántos le quedaba a este animalito que ahora flotaba patas arriba en un estado de gran placidez, a treinta centímetros de mi cara? Comprendí que si avisaba al Museo de Historia Natural, mandarían a algún gallego armado de una red que acabaría en un plaf con mi increíble hallazgo. Si la filmaba (Polanco hace cine, aunque con mujeres), corría el doble riesgo de que los reflectores estropeasen el mecanismo de vuelo de mi mosca, devolviéndolo en una de esas a la normalidad con enorme desencanto de Polanco, de mí mismo y hasta probablemente de la mosca, aparte de que los espectadores futuros nos acusarían sin duda de un innoble truco fotográfico. En menos de una hora (había que pensar que la vida de la mosca corría con una aceleración enorme si se la comparaba con la mía) decidí que la única solución era ir reduciendo poco a poco las dimensiones de mi habitación hasta que la mosca y yo quedáramos incluidos en un mínimo de espacio, condición científica imprescindible para que mis observaciones fuesen de una precisión intachable (llevaría un diario, tomaría fotos, etc.) y me permitieran preparar la comunicación correspondiente, no sin antes llamar a Polanco para que testimoniara tranquilizadoramente no tanto sobre el vuelo de la mosca como acerca de mi estado mental.
Abreviaré la descripción de los infinitos trabajos que siguieron, de la lucha contra el reloj y la señora Fotheringham. Resuelto el problema de entrar y salir siempre que la mosca estuviera lejos de la puerta (una de las otras dos se había escapado la primera vez, lo cual era una suerte; a la otra la aplasté implacablemente contra un cenicero) empecé a acarrear los materiales necesarios para la reducción del espacio, no sin antes explicarle a la señora Fotheringham que se trataba de modificaciones transitorias, y alcanzarle por la puerta apenas entornada sus ovejas de porcelana, el retrato de lady Hamilton y la mayoría de los muebles, esto último con el riesgo terrible de tener que abrir de par en par la puerta mientras la mosca dormía en el cielo raso o se lavaba la cara sobre mi escritorio. Durante la primera parte de estas actividades me vi forzado a observar con mayor atención a la señora Fotheringham que a la mosca, pues veía en ella una creciente tendencia a llamar a la policía, con la que desde luego no hubiese podido entenderme por un resquicio de la puerta. Lo que más inquietó a la señora Fotheringham fue el ingreso de las enormes planchas de cartón prensado, pues naturalmente no podía comprender su objeto y yo no me hubiera arriesgado a confiarle la verdad pues la conocía lo bastante como para saber que la manera de volar de las moscas la tenía majestuosamente sin cuidado; me limité a asegurarle que estaba empeñado en unas proyecciones arquitectónicas vagamente vinculadas con las ideas de Palladio sobre la perspectiva en los teatros elípticos, concepto que recibió con la misma expresión de una tortuga en circunstancias parecidas. Prometí además indemnizarla por cualquier daño, y unas horas después ya tenía instaladas las planchas a dos metros de las paredes y del cielo raso, gracias a múltiples prodigios de ingenio, "scotchtape" y ganchitos. La mosca no me parecía descontenta ni alarmada; seguía volando patas arriba, y ya llevaba consumida buena parte del terrón de azúcar y del dedalito de agua amorosamente colocados por mí en el lugar más cómodo. No debo olvidarme de señalar (todo era prolijamente anotado en mi diario) que Polanco no estaba en su casa, y que una señora de acento panameño atendía el teléfono para manifestarme su profunda ignorancia del paradero de mi amigo. Solitario y retraído como vivo, sólo en Polanco podía confiar; a la espera de su reaparición decidí continuar el estrechamiento del "habitat" de la mosca a fin de que la experiencia se cumpliera en condiciones óptimas. Tuve la suerte de que la segunda tanda de planchas de cartón fuera mucho más pequeña que la anterior, como puede imaginarlo todo propietario de una muñeca rusa, y que la señora Fotheringham me viera acarrearla e introducirla en mi aposento sin tomar otras medidas que llevarse una mano a la boca mientras con la otra elevaba por el aire un plumero tornasolado.
Preví, con el temor consiguiente, que el ciclo vital de mi mosca se estuviera acercando a su fin; aunque no ignoro que el subjetivismo vicia las experiencias, me pareció advertir que se quedaba más tiempo descansando o lavándose la cara, como si el vuelo la fatigara o la aburriera. La estimulaba levemente con un vaivén de la mano, para cerciorarme de sus reflejos, y la verdad era que el animalito salía como una flecha patas arriba, sobrevolaba el espacio cúbico cada vez más reducido, siempre de espaldas, y a ratos se acercaba a la plancha que hacía de cielo raso y se adhería con una negligente perfección que le faltaba, me duele decirlo, cuando aterrizaba sobre el azúcar o mi nariz. Polanco no estaba en su casa.
Al tercer día, mortalmente aterrado ante la idea de que la mosca podía llegar a su término en cualquier momento (era irrisorio pensar que me la encontraría de espaldas en el suelo, inmóvil para siempre e idéntica a todas las otras moscas) traje la última serie de planchas, que redujeron el espacio de observación a un punto tal que ya me era imposible seguir de pie y tuve que fabricarme un ángulo de observación a ras del suelo con ayuda de los almohadones y una colchoneta que la señora Fotheringham me alcanzó llorando. A esta altura de mis trabajos el problema era entrar y salir: cada vez había que apartar y reponer con mucho cuidado tres planchas sucesivas, cuidando no dejar el menor resquicio, hasta llegar a la puerta de mi pieza tras de la cual tendían a amontonarse algunos pensionistas. Por eso, cuando escuché la voz en el teléfono, solté un grito que él y su otorrinolaringólogo calificarían más tarde severamente. Inicié entonces un balbuceo explicativo, que Polanco cortó ofreciéndose a venir inmediatamente a casa, pero como los dos y la mosca no íbamos a caber en un pequeño espacio, entendí que primero tenía que ponerlo en conocimiento de los hechos para que más tarde entrara como único observador y fuera testigo de que la mosca podía estar loca, pero yo no. Lo cité en el café de la esquina de su casa, y ahí, entre dos cervezas, le conté.
Polanco encendió la pipa y me miró un rato. Evidentemente estaba impresionado, y hasta se me ocurre que un poco pálido. Creo haber dicho ya que al comienzo me preguntó cortésmente si yo estaba seguro de lo que le decía. Debió convencerse, porque siguió fumando y meditando, sin ver que ya no quería perder tiempo (¿y si ya estaba muerta, y si ya estaba muerta?) y que pagaba las cervezas para decidirlo de una vez por todas.
Como no se decidía me encolericé y aludí a su obligación moral de secundarme en algo que sólo sería creído cuando hubiera un testigo digno de fe. Se encogió de hombros, como si de pronto hubiera caído sobre él una abrumadora melancolía.
-Es inútil, pibe -me dijo al fin-. A vos a lo mejor te van a creer aunque yo no te acompañe. En cambio a mí...
-¿A vos? ¿Y por qué no te van a creer a vos?
-Porque es todavía peor, hermano -murmuró Polanco-. Mirá, no es normal ni decente que una mosca vuele de espaldas. No es ni siquiera lógico si vamos al caso.
-¡Te digo que vuela así! -grité, sobresaltando a varios parroquianos.
-Claro que vuela, así. Pero en realidad esa mosca sigue volando como cualquier mosca, sólo que le tocó ser la excepción. Lo que ha dado media vuelta es todo el resto -dijo Polanco-. Ya te podés dar cuenta de que nadie me lo va a creer, sencillamente porque no se puede demostrar y en cambio la mosca está ahí bien clarita. De manera que mejor vamos y te ayudo a desarmar los cartones antes de que te echen de la pensión, no te parece.

*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/cortazar/testigos.htm




Mapas*



Durante muchos años mi padre se esmero en contar una y otra vez de sus viajes en camión por las rutas italianas. Contaba ciudad por ciudad y pueblo por pueblo por donde había pasado manejando un camión con provisiones en la última etapa de la guerra, con los alemanes en retroceso y esa extraña fauna de tropas aliadas que incluía indios de la India, ingleses, africanos y norteamericanos a los que solo escuchaba decir "I love you girl" a las italianas.
Faltaba comida pero había abundancia de chocolates y cigarrillos para las tropas, mi padre trocaba los cigarrillos y chocolates por comida. Era -según cuenta- un gran chofer en esos caminos de montaña.
No recuerdo sus rutas, aunque las repitió mientras tuvo memoria y vida, y no logro reconstruirlas ni con  mapas encontrados en Internet.

Pero siempre voy a recordar ese esquema de ciudades que hicimos juntos en una madrugada de octubre del 2000, él había estado internado en terapia intensiva en una pequeña clínica de PAMI.
 La terapia lo desoriento. Después de 24 horas estabamos en una habitación, el me conocía pero me decía que estabamos en Quequén, miraba al paciente de la cama contigua y decía cuanta gente viene a este hotel, no intenté hacerle notar su equivoco. En la noche , desvelados, tratamos de reconstruir la ubicación de izquierda a derecha y de arriba abajo de los pueblos cercanos a su pueblo italiano.
Es el reverso de un folleto de propaganda de la clínica donde anuncian un plan social de salud al alcance de todos, una hoja pequeña y veo mi letra mezclada con la suya, son puntos de birome trazados en espiral con los nombres de las ciudades, a pesar de todo su esfuerzo sigo sin poder descifrar esas huellas invisibles.
 Los recuerdos mi padre en sus caminos italianos, como huellas en el pasto, se han borrado detrás de sus pisadas, derretidas como la nieve que cubría los caminos y obligaba a cruzar cadenas en las cubiertas del Guerrero a gas que manejaba.
Paterno Di lucania, su pueblo, atravesado por la ruta, apenas un descanso breve entre las montañas, ahí nomás el camino a Raia, donde vive uno de sus sobrinos. Al otro extremo del pueblo la ruta a Marsiconuovo, el pueblo donde nació mi padre, a la izquierda subiendo montañas por bosques de castaños y lobos salvajes por esta Padula y después Montesano.... más arriba esta Atana y aquí no quedo ningún imaginario trazo que pueda decirme como se llega o se va.. A la derecha de Marsiconuovo - Paterno y Raia se termina el papel .
Después están Pedale y Viggiano, mi papá pronunciaba "villano" y hay un "1º" escrito con mi letra..... seguramente el me contó que primero estaba villano arriba más alto y más alto todavía la Madonna de Viggiano a la que visitaba llevando a sus fieles en el camión, el tenía también fe en la Virgen y cuando le desesperaba y enojaba el mundo y la gente decía "Madonna santa". Camino a Pedale hay alguien que le dio trabajo y albergue, mi padre lo recuerda con gratitud, me dice el nombre y apellido, en esa noche de octubre donde en la penumbra de esa habitación nos creemos hospedados y refugiados del frío del mar y podemos ,por última vez creo, tratar de reconstruir algunas de sus rutas conocidas. Bien a la izquierda están listadas con mi letra imprenta de industrial casi cursiva: Bari-Brindisi-Lecce, luego una B que quedo allí desairada como un objeto o un botón irrecuperable que perdió hace años su lugar en el traje.
Sé que sus ojos claros se hacían vivaces e iluminaban esa penumbra cuando hablaba de sus caminos de infancia y juventud, de alguna manera él seguía viviendo allí y una parte de él no quería dejar morir ese tesoro, aun en la enfermedad y el olvido de los años. Siempre pense que se vive para defender una memoria viva que se lleva hasta el último minuto y mi viejo siempre me lo demostró con sus mapas contados en el aire, repetidos hasta el desinterés o la frustración de su querido oyente. Muchos habrán dicho antes que yo, que la muerte es cesar la lucha por la propia memoria hundida en el cuerpo, poro por poro erizado al detonante del recuerdo-palabra-imagen y gestos. En estos mapas del aire pensaba hoy, cuando abriendo el libro de Antonio Dal Masetto La tierra incomparable apareció como señalador el mapa que hicimos aquella noche resistiendo olvidos y dolores mi padre y yo.


-Año 2002-

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com
 
 


 


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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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25-jun-2007 - EN EL ÚNICO PAISAJE POSIBLE DE SÍ MISMO





 

 

En el único paisaje posible de sí mismo

 



Soledades*



Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación. Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa  con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional  a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.



*de Osvaldo Soriano,
En "Piratas, fantasmas y dinosaurios"  Editorial Norma, Bs. As. 1996.






SABIDURÍA*

     Edipo se acercó a la Esfinge.
     La Esfinge era hermosa y distante.

 
     Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de  animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
     Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
     La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
     Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró  el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un  árbol en su memoria.
     Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
     Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
     Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
     Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
     La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
     La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
     Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
     La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
     Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
     Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
     Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
     Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
     Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
     Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
    No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
     Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó "no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas".
   
 Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.

                                                                  
 *de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





Voces*



Si algo no me gustaba de mi padre era esa voz de trueno que tenía cuando se enojaba. Golpeaba la mesa y gritaba: "¡No me voy a morir en esta miseria!" o "¡Todas las lonjas salen del mismo cuero!". Lanzaba esa y otras imprecaciones que le venían de un abuelo que yo no alcancé a conocer. Casi siempre agregaba un sonoro carajo y asentía con la cabeza. También solía decir que "Lo que natura non da Salamanca non presta", y a veces se exaltaba con una tira de Rico Tipo o un poema de Quevedo.
En ese tiempo ni siquiera conocíamos la televisión en aquellos parajes, y si alguien levantaba la voz los hombres del general lo hacían callar enseguida. Entonces mi padre gritaba de pura impotencia y por eso siempre me dio pena la gente que alza el tono para imponerse. Si no lo toreaban hablaba tan bajito que casi no se le oía.
Recuerdo el día en que vinieron a interrogarlo. Se encerró en el escritorio con dos inspectores llegados de Buenos Aires y aunque yo me quedé al otro lado de la puerta apenas pude escuchar sus respuestas.
Trataba de no humillarse. Eran los tiempos de la caza de brujas y la ejecución de los Rosenberg en los Estados Unidos. Acá todo sucedía en un estilo más criollo. Perón perseguía a los rojos pero no había silla eléctrica ni tribunales como el del senador Joseh McCarthy. Socialistas y comunistas se quedaban sin trabajo y si insistían en pelear por un sindicato tarde o temprano los guardaban a la sombra.
A mediados de 1951 llegó a San Luis un porteñito de apellido Perco. Era tan pedante y pizpireto que pasaba por ser socialista de Palacios. A lo mejor no más que imitarlo: lucía bigote afrancesado, se perfumaba como una señorita y a veces, los domingos, se lo veía pasear sin corbata por la vuelta del perro. Se decía que tenía un éxito bárbaro con las mujeres. Algo de eso había: una tarde me llevó en la camioneta de Obras Sanitarias y no sé con qué excusa estuvo media hora dando vueltas alrededor de la misma manzana. Por fin, a la hora de la siesta, apareció en el umbral la rubia esposa del peluquero Mazza, que daba solfeo en el Conservatorio de señoritas. Salió con las carpetas de música y miró sobre el hombro, como si esperara a alguien.
Perco estacionó junto a la plaza, bajo la copa de un árbol y me dijo que lo esperara un rato, que tenía que llevarle algo a un amigo. Abrió un portafolios de cuero, revolvió entre los papeles y se fue con paso apurado a buscar a su rubia. Hacía tanto calor que bajé de la camioneta y fui a sentarme en un banco a releer el Rayo Rojo que llevaba en el bolsillo. Aquellos sobresaltos me marcaron la vida; los cuadritos del Fantasma Vengador y Perco con la rubia prohibida. ¿Qué le pasaría en el próximo capítulo a mi héroe de historieta? ¿Y si ahora, con este sol, se aparecía el peluquero Mazza empuñando un revólver?
Pensaba en eso cuando llegaron dos tipos con caras de policías. Eran los mismos que después iban a caer por casa a interrogar a mi padre. los vi acercarse a la camioneta, abrir una puerta y revolver los papeles del portafolios. Nada más recuerdo de aquella tarde como no sea el carmín de ella en el bigote del porteño. Le avisé de la mancha y de los tipos y me dijo que lo olvidara, que eran viejas cuentas que arrastraba de Buenos Aires.
Esa breve explicación de rencores y lejanías me iluminó aquellas largas vacaciones de verano. Mi padre no simpatizaba con el forastero. Era joven y tenía muchas cosas que él había perdido en el camino. Para peor ostentaba un título de contador nacional y siempre llevaba bajo el brazo un libro que mi padre no había leído.
Ahora me parece que sería de Maupassant o de Conrad, porque cada vez que venía a almorzar contaba maravillosas historias que fascinaban a mi madre y trastornaban la siesta de mi padre. Un día nos habló de unos escritores socialistas que ya no recuerdo y del portafolios sacó un ejemplar de Sur. Ya entonces el peronismo recelaba de los libros. Victoria Ocampo había pasado unas noches en la comisaría por alborotar la vía pública pero peor le había ido al comunista Alfredo Varela, el autor de El río oscuro, que estaba de veras entre rejas. Todo aquello parecía trágico y definitivo porque todavía era inimaginable que los libros se quemaran en público y la gente desapareciera para siempre.
Igual, no era tema para sacar en 1951 el de los escritores socialistas. Creo que mi padre se asustó porque ese gesto del porteño buscaba más complicidad que comprensión. Fue hasta la biblioteca y se puso a hojear un viejo Sinclair Lewis, que era uno de los pocos autores de ficción que tenía. Perco lo miró con una ironía algo insolente y cambió de conversación. Ahora me doy cuenta de que mi padre vivía con temor, que debe ser la peor manera de vivir. Dependía de un sueldo de empleado público para mantenernos a mi madre y a mí. Había gastado el entusiasmo de la juventud en los opacos años del general Justo y lo recuperó recién al final, cuando ya no le quedaba nada por perder. Así que ese día dejó que el porteño se fuera con la impresión de que él no estaba dispuesto a jugarse el puesto de sobrestante por una charla sobre literatura socialista.
Como lo vi preocupado le conté el encuentro de Perco con la profesora de música pero no quise decirle que le seguían los pasos. Lo de la rubia lo enfureció: era demasiado tímido para que esas cosas pudieran pasarle e él y entonces la envidia se le subía a la cabeza. Muchas veces lo sorprendí mirando embobado a una chica, hablando en voz baja consigo mismo.
Lo que pasó la noche en que vinieron a interrogarlo lo recuerdo de manera oscura y fragmentaria. fue después de la cena, poco antes de que empezaran las clases. Así como odiaba a nazis y fascistas, durante muchos años mi padre iba a desconfiar de todo lo que sonara a socialista y no fuera el Che Guevara. Hasta el final siguió creyendo en Sinclair Lewis, en la libre empresa y en el Parlamento que había idealizado por Lisandro de la Torre. Nunca mencionó aquel interrogatorio peronista aunque podría haberlo cotizado muy alto en tiempos de la Libertadora.
En verdad no estuvo tan sólido y coherente como Dashill Hammett ante McCarthy, pero no tenía alma de buchón. Enseguida que se encerraron pegué la oreja a la puerta y escuché que los tipos se decían sumariantes de Obras Sanitarias. Preguntaron si Perco era tan apegado a los dineros de la repartición como a las mujeres de otros.
"Consulten al gerente", contestó mi padre con tono glacial. Y así estuvo todo el tiempo. "Consulten al gerente", repetía, hasta que uno de ellos insinuó: "¿No será comunista el pibe ese?". Hubo un silencio en el que mi padre debía estar abriendo el tercer paquete de cigarrillos. Y de golpe inventó esto: "Nunca fueron mujeriegos los comunistas". Otro silencio y después una risa del interrogador: "¡Mierda que no! ¡Y drogadictos también!".
Eso aflojó la tensión y las voces se distanciaron un poco. Hablaron vaguedades; Fanny Navarro, los Cinco Grandes y el Segundo Plan Quiquenal. Las pocas cosas que hacían la vida de los años peronistas. de pronto, el que menos había hablado endureció el tono: "Y usted, che, ¿se daría cuenta si un socialista viene a envenenarle el agua a la gente?". mi padre no era rápido para la ironía. se había formado con Sandrini, Ángel Vargas y el Patoruzú. Como el Peludo Yrigoyen, pensaba que era feo salir en los diarios. Escuché el ruido de una silla que se movía y el puñetazo contra la mesa, igual que cuando se enojaba con nosotros: "¡No le permito, pedazo de insolente! ¿Acá al último comunista lo tiramos a la pileta y todavía está nadando por ahí! ¡Afuera, vamos!".
Salieron en silencio, cerca de medianoche. No teníamos teléfono para llamar un taxi y se fueron a pie por el medio de la calle. Yo estaba en mi cuarto, con la luz apagada, tratando de buscarle un sentido a lo que había escuchado. Mi padre se quedó un rato en el escritorio sin música ni visitas. Después, mientras trataba de dormirme, oí que se encerraba en el baño, abría las canillas y tosía hasta ahogarse.
Esa semana estuvo insoportable y para evitarlo mí madre y yo nos metíamos en el cine de la otra cuadra.
Unos meses después, a fines del otoño, el peluquero Mazza se apareció con una escopeta y sorprendió a su mujer en los brazos de Perco. No se habló de otra cosa aquel último año que pasamos en San Luis.
 


*De Osvaldo Soriano.
-En "Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana. Bs. As. Edición de 1993.
 




Razones*



Soy viajero infinito
de esta unidad de sucesos
un karma milenario:
 el pánico inmenso del neanderthal ante el mamut
 la voz de eco y el rostro de narciso
 la piel del bonzo que genera su última llama
la espalda del fakir contra el lecho de clavos
el puño del kamikaze cayendo sobre el acorazado
la mirada de Julio César rendida ante la daga
las manos de Colón sobre la arena
los pies del vudú sobre la madera ardiente
las entrañas del sobreviviente de un terremoto
la sangre seca de Facundo en su carruaje
los dedos de cleopatra buscando el frío del áspid
el vacío natural e insostenible de Romeo y Julieta
el torso tenso del clavadista erguido en el risco
el cianuro amargo en la lengua de Röemmel
los últimos sonidos que vibró Beethoven
el pecho contra el tanque del hombre en Tian'anmen
el espíritu de cristo camino al gólgota...

entonces
en silencio total
me disparé a la garganta la crucial pregunta
esa fruta prohibida:
    por qué escribo?

escribo porque es
mi salto al vacío
el sabor del fin
mi fuego
la primera esperanza
el miedo y una traición ineludible
el valor desesperado
ruinas del orgullo
el dolor y un destino acorralado
una furia
un hambre atroz
la decisión serena y el espanto
mis latidos
esta soledad
mis ojos del pasado y sus presencias
lo que nunca pude decirle...

reitero rituales de la tierra y sus elementos
buscando descifrar el exorcismo capital de mis dudas
la trascendencia fugaz
la savia humana
más que la inteligencia
el sentimiento desnudo
un poco de gloria que le reste tiempo
momentos a mi muerte
ó me haga al menos
merecedor de estar vivo.


    *de Santiago Torales. nahrid@yahoo.com.ar









HÉROES O PÁNFILOS CON “ALIAS”*


                  
Paso revista a las paredes de las grandes salas de reuniones, de los pasillos de las recepciones de edificios públicos, a los salones de clase de antes, en la escuela y los colegios y observo, con uniforme de cuellos con hilo de oro y rojo, a nuestros héroes. Allí estaban Bolívar, Santander, Sucre, Nariño, Ricaurte. Hombres y nombres con historias que contar. Con gestas que libraron y sangre que cortó cadenas y que sufrieron por conseguir la Libertad. Paso revista por América y veo a San Martín, a O´Higgins, a Martí,  Moctezuma, a don Benito Juárez,  hombres acompañados de Fama y gloria. 
Hoy los recordamos con admiración y respeto porque, pese a sus defectos como humanos, como hombres públicos brindaron su lealtad y sus fuerzas a la buena causa de la Res pública con pundonor, valentía y honor.
Paso revista por Grecia, Roma y Asia y veo las efigies gigantescas de Ulises, Aquiles, Héctor, Helena, Eneas, Alejandro y me pregunto : ¿si regresaran hoy  todos estos héroes a su pueblo los venerarían con el mismo fervor con que Historia los ha honrado? ¿En vano los hemos fundido en bronce, los pinceles los han inmortalizado y sus hazañas corren por libros y centurias?
Cómo crecimos con casi una idolatría por estos nuestros héroes. Los idealizamos por su palabra visionaria, por sus acciones valerosas, por toda una vida dedicada a engrandecer la patria. Fueron seres cuasimíticos que, aún siendo reales, se sobrepusieron a la tiranía que subyugaba a las naciones, idearon valiosas instituciones para favorecer a la mayoría y no dieron descanso a su brazo, muchas veces hasta sufrir cárcel y exilio por luchar contra la injusticia.
Cuánto significaban esas figuras para nuestras mentes de niños. Cómo las dibujaron en nuestra fantasía los maestros y maestras educados en las normales oficiales. La Historia Patria , como se llamaba esa asignatura, era tan sagrada como el lenguaje y la aritmética.
Vuelvo a preguntarme : ¿Ya no existe nuestra historia? Es un paquidermo extinto o acaso ya se acabó el método de acumular por días y por años los sucesos gloriosos u ominosos que ocurren sobre el suelo? ¿Se congelaron en neveras los hombres buenos, los hombres y mujeres que luchen contra nuevas tiranías? ¿O es que llegó la Hora Sabrosa de la historia y se acabaron el genocidio y la corruptela? ¿Se acabaron los dragones y  apenas sobreviven los hábiles camaleones que cambian de colores y se esconden tras alfombras rubicundas?    

Ah!, nuestros pánfilos prohombres que sólo buscan el sueldo y los honores. A ellos, por lo visto, nunca sus maestros les hablaron de héroes y de próceres.  ¿O será que los nuevos maestros tampoco en las aulas tuvieron a la vista a Bolívar o al Hombre de las leyes ni acaso les leyeron la Ilíada o La carta de Jamaica? ¿A quién de nuestros ilustres hombres del presente colgarán como íconos en su sala nuestros jóvenes y niños? ¿Al hombre araña, a Batman u otro gañán con  “alias”?


*Por Leopoldo de Quevedo y Monroy  leoquevedom@hotmail.com





Atardecer en la laguna*


 
Entre susurros y suspiros
contemplo el bello atardecer,
el fulgor rojo del sol
se agiganta en la laguna.
Saboreo el néctar de la vida,
el escenario entrelaza sensaciones,
mi alma se regocija,
el ocaso teje ilusiones.
Un velero blanco se divisa
y mis sueños navegan en él,
el silencio roza mi piel,
la tarde muere en mis brazos.
Recuerdo aquel libro de poemas
y recito uno de memoria,
los sentimientos de amor
se encienden en mi pecho.
En el horizonte se refleja
la luz de mis emociones,
la magia del atardecer
brilla en mis pupilas.



*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar

 



Correo:

Macri: “dice” que no va a decir*
 

Mejor hacer que hablar tanto
 
Es una frase una gran frase, pero está diciendo más que haciendo, está utilizando paradójicamente un discurso.
 
Pregunto al Señor Macri: Si usted cree que  está devaluada la palabra; ¿como nos comunicará sus proyectos ¿y si el hacer no concuerda con lo que queremos?
¿Como nos enteraremos? Porque la mayoría que lo eligió, votó una intención, lo hizo también por cansancio, pero, ¿saben cuales son los contenidos que llenarán ese hacer?
 
 
En la democracia, se usan las palabras. Usted las usó y bastante más agresivamente que en la actualidad cuando  se destituyó a Ibarra.( que “dicen” que hubiera sido otra la historia si el era candidato) 
 
Mi pregunta es:¿ Cambió solo el discurso por  recomendación de su asesor o lo cambió porque realmente ahora cree que la agresión no sirve?
 
Veremos, veremos, después lo sabremos
 
La verdad es que no me gusta Macri y a raíz de estocada cosa que dice no me cae, soy sincera, pero reconozco que no había demasiada alternativa o que no fueron bien asesorados para serlo. Y eso es lo malo, que nos quedemos con la cáscara de las cosas.
 
También estoy cansada de discursos vacíos, creo que ya nadie cree en cuentos de hadas, pero de ahí en descreer de la palabra, hay un gran trecho. Si, estamos agotados de que nada pase, claro, pero es una fantasía creer que lo (aparentemente) nuevo por arte de magia no hará mejores. Aunque reconozco que  aunque es una ilusión  casi adolescente, también es una esperanza  de que algo pase. Pero realmente ¿nada pasó por la ciudad? ¿Se hizo todo tan mal? Entonces ¿Dónde  estábamos? ¿Dónde estaba el Pro? ¿Sobre que cimientos fundaremos esta nueva forma de hacer política? Si es tan fácil:¿Por que no se hizo antes?
 
Macri y Micheti, dicen ser una nueva manera de hacer política, pero ellos ya están en la política y desde la legislatura pudieron haber hecho un poco más. Me molesta que se presenten como puros e inocentes, que  se contrapongan así al desgaste del poder que ellos también van a sufrir.
 
Y me pregunto ¿que tendrá que ver que el programa de Tinelli tenga tanto rating con esta nueva  forma de hacer política? Es decir:¿que mira, que lee la mayoría, y que vota en consecuencia?¿ queremos no pensar y mirar como los ricos y famosos se divierten con un discurso ciego a la mirada del otro o hacia otro?¿ queremos subirnos al carro de los triunfadores para contagiarnos sabiendo que en ese carro entran solo unos pocos?
 
Algunos no somos  ni de Boca ni de San Lorenzo, ni siquiera los que lo son podrán ser subir todos a la caravana del éxito ni vacunarse gratis contra el fracaso. Aunque es pro creerlo.
 
   
 
*De Silvia Irigaray. silviairigaray@arnet.com.ar




*


Este es el momento para salvar el Parque Federal*
(después puede ser demasiado tarde...)


Al día de hoy, el Parque Federal, desde 1997 (en agosto se cumplirán 10 años) prometido como "parque central", "corazón verde", "pulmón urbano", en su mayor parte continúa mostrando este panorama:

- Basurales extendidos a cielo abierto: proliferación de roedores, contaminación del suelo por lixiviado y del aire por incineración de residuos, degradación estética, etc., poniendo en peligro la salud de los habitantes de los barrios Sgto. Cabral, Gral. Alvear, Candioti Norte, Villa María Selva, Jardín Mayoral, Escalante, Fomento 9 de Julio.

- Ruinas ferroviarias sin custodia: destrucción y saqueo de instalaciones y edificios históricos, robo de rieles, durmientes, tejas y chapas, asentamientos irregulares en condiciones infrahumanas, sospecha de actividades vinculadas con la prostitución, el tráfico y el consumo de estupefacientes, facilidades para la actuación, escape y/o escondite delictivo.

- Carencias de infraestructura básica: insuficiente iluminación, forestación, basureros, juegos infantiles y asientos, falta de vereda-circuito aeróbico perimetral, falta de pavimentación de calles, etc. etc. etc.

- Peligro de "emprendimientos" inmobiliarios: que sepamos, tanto la propuesta de zonificación elaborada por el actual gobierno municipal como el proyecto de otro de los candidatos a intendente, apuntan a quitarle al Espacio Verde una superficie considerable del sector oeste para dedicarla a la construcción de torres, convirtiendo así al Parque central de todos los santafesinos prácticamente en un mero "jardín" del millonario negocio inmobiliario y comercial... y para siempre sin sol por la tarde, dicho sea de paso. En otras palabras, unos pocos quieren quedarse con algo que es de todos. La cuestión resulta grave, pues no es lo mismo un Parque de 21,5 has. (tal como fue transferido al Municipio y prometido desde 1996) que uno de 9 has. o menos, ya que así jibarizado no podría brindar todos los beneficios sociales y ambientales tan necesarios en ciudades como la nuestra.


En cambio, un Parque Federal a pleno, con sus 21,5 has. integradas y provistas gradualmente de los elementos que permitan una utilización colectiva diversificada, gratuita y sustentable, tiene mucho para dar a esta generación y a las que vengan:
- Lugares de encuentro y de inclusión social para TODOS los santafesinos a través de un Espacio Público revalorizado para compartir y disfrutar.
- Múltiples posibilidades de recreación a través del deporte, el arte, los juegos, la contemplación del paisaje, etc.
- Mayor superficie de suelo permeable y de masa vegetal para facilitar el escurrimiento y la absorción de excedentes pluviales, capturar gases de efecto invernadero y otros perjudiciales para la salud, mitigar la contaminación sonora, brindar belleza y diversidad de paisajes, etc.
- Sitio atractivo para quienes visiten la ciudad durante todo el año, potenciando un turismo sustentable y no centrado exclusivamente en mega eventos comerciales y esporádicos.

Entonces, en medio de un proceso electoral en el que se definirá quienes van a gobernar nuestra ciudad por los próximos 4 años y, en tal carácter, tomarán o dejarán de tomar decisiones que de algún modo afectarán nuestras vidas y las de nuestros hijos, vemos una clara oportunidad de hacer que el Parque Federal se consolide como Espacio Verde Público en toda su superficie, que se realicen algunas obras urgentes para que emerja del abandono actual y se establezca un sistema de gestión asociada en el que organizaciones barriales y vecinos seamos protagonistas y no espectadores-víctimas.

Pero será muy difícil que esta oportunidad se convierta en un logro concreto si cada vecino se queda en su casa resignado, escéptico o quejoso y cada organización se limita a atender únicamente sus cuestiones específicas, pues consideramos un hecho que casi todos los candidatos´y funcionarios sólo se comprometerán y actuarán en beneficio de la comunidad si por lo menos un número significativo de vecinos impulsamos y acompañamos los cambios que queremos.
Y para eso, lo que hace falta es que cada persona se anime, haga el pequeño -o gran- sacrificio de asistir y participar en reuniones quincenales, breves, dinámicas, constructivas y libres de partidismo, y también acompañe y difunda en la medida de sus posibilidades las acciones que se realicen en consecuencia.


*Alejandro Alvarez Durante. parquefederal@gigared.com
Presidente Asociación Parque Federal
Grupo promotor de la Mesa de Consenso y Gestión del Parque Federal

-Ciudad de Santa Fe-

 


*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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18-jun-2007 - OTROS FUEGOS...





*OSVALDO SORIANO. UN JOVEN EN MOTONETA.

 

 

 

Otros fuegos...




Lunes, 18 de Junio de 2007
Acéptenlo*


*Por Eduardo Aliverti


Ya se sabe que la política pasó a ser, demasiadas veces y antes que concreciones efectivas, un conjunto de signos. De gestos. De declaraciones.
De imágenes.
La política, entendida a partir de la clase dirigente, se elabora más por lo que quiere parecer que por lo que termina siendo. Y entendida desde la sociedad, la política es más lo que se quiere escuchar que lo que puede hacerse. Monseñor Bergoglio, por ejemplo, en irrefrenable pose no ya como el dirigente político que es sino como candidato sin boleta impresa, directamente, dijo durante la procesión de Corpus Christi que "nos hace falta bendecir el pasado" en lugar de maldecirlo. En otro contexto, el brulote de monseñor podría haberse adjudicado a un interés personal o corporativo, extremadamente obvio, vista la complicidad activa de los popes de la Iglesia con los jerarcas de la dictadura. Justo en el tránsito al
ballottage porteño, en cambio, a monseñor apenas le faltó cerrar su callejera homilía con un "va a estar bueno Buenos Aires con Mauricio y Gabriela". Sin embargo, a la prensa ni se le ocurrió, siquiera para
disimular un poco, la mera sugerencia de que el obispo se había metido de lleno en la campaña. No, no. Nada de eso. Monseñor es nada más que un pastor. Imagen, símbolo, eufemismos.
Macri no acepta un segundo debate porque dice que hay mucha agresión y eso no conduce a nada. Raro, ¿no?, porque si hay una coincidencia unánime es que uno de los factores que lo llevaron a su amplio triunfo consiste en haber aprovechado la agresividad del resto, dejándola correr. Lo que hace Macri
(como haría cualquiera, vamos) es no presentarse porque, con 22 puntos de ventaja, solamente a un loco se le ocurriría practicar un juego en el que no se entiende qué podría ganar (a un loco, o a un osado que no viviese pendiente de lo que le recomiendan sus diseñadores de imagen).
No debería poder creerse que un tipo gane elecciones visitando a viejitos de 107 años y a farmacéuticos asaltados 200 veces. Pero sí, las gana. No porque haga eso, sino porque no importa que haga eso. Lo que importa es que a pesar de que haga eso, que es el ABC de la más barata de las demagogias, hay una
mayoría, o hasta aquí primera minoría larga, creyente de que puede haber un cambio para mejor llevados de la mano por una figurita. Porque sólo eso es Macri. Una figurita de la televisión y de los éxitos futbolísticos de Boca.
No un partido, no una estructura, no un movimiento social, no una experiencia colectiva, no -siquiera- un militante. Es sólo una figurita hija de la crisis de representatividad estallada en 2001/2002, cuando tanto ingenuo creyó que la revolución quedaba más o menos a la vuelta de la esquina y no supo o no quiso ver que lo estallado eran las expectativas de consumo de la clase media.
De todos modos, tampoco deben obviarse las carencias imperdonables de la dirigencia del progresismo declamado. En una posmodernidad que complejiza cada vez más las relaciones sociales y las urgencias cotidianas, ya sin grandes utopías que puedan ser conducto de idearios nobles y avanzados, el
denominado "progresismo" (y está bien llamarlo así, si es por lo simbólico, como contraposición a los exponentes de la derecha cruda) no estuvo a la altura de sus deficiencias objetivas y subjetivas. ¿Cuáles? Haber prometido inmensamente más que lo que podía o quería desarrollar. Haberse refugiado en sus aparatos y en sus proyecciones de manejo de caja chica. No confiar en las organizaciones sociales. No descentralizar. No promover casi nada por fuera de las estructuras clientelares. Por allí volvió a colarse Macri, pero esta vez con la inestimable ayuda de un palacio kirchnerista que por razones de cálculos y enconos personales le dejó servido a Mauricio, que sí, que es Macri, la chance concretada de acumular, solo, contra un resto que fue dividido y que hizo todo lo posible por mostrarse de esa manera.
Igualmente, frente a la renovación electoral de la derecha más dispuesta a ejercer como tal; frente a una perspectiva de exclusión social más acentuada todavía, que si algo incrementará será precisamente el nivel de inseguridad y conflicto; frente a la certeza de que el Estado volverá a convertirse sólo
en un escenario de negocios privados, si es que no de corrupción generalizada; frente a la probabilidad de que la salud y la educación, en particular, queden en manos de un criterio comercial y sectario, no da lo mismo quién vaya a ser el jefe de Gobierno de Buenos Aires. Esa visión sólo puede entrar en la cabeza de quienes apuestan al testimonialismo como única forma de edificación política, para terminar, siempre, haciéndole el juego a la derecha. Son los cultores del cuanto peor-mejor. Así les va.
Vótese lo que sea, debería hacérselo con un grado de conciencia política, o al menos de esfuerzo hacia allí, algo superior -un poquito, nada más que un poquito- a lo pautado por lo que dicen que van a hacer los que sintonizan con lo que "la gente" quiere que le digan que va a pasar. Se puede votar a la derecha con conciencia política, cómo que no. Es absolutamente legítimo y respetable. Pero confiésenlo, asúmanlo. No votan a la derecha por sus propuestas (?) para los espacios verdes, la polución sonora, las características edilicias, la estructura del parque automotor. La votan porque quieren orden a cualquier costa, quieren represión, quieren la tranquilidad de la dictadura, quieren la ciudad limpia de indigentes,
quieren mano dura contra los inmigrantes, quieren meter en cana a los pibes desquiciados que viven a paco y porro. Si es por lo que está más a la vista, resulta que de la noche a la mañana en Buenos Aires no habrá más delincuencia, ni calles sucias, ni piquetes, ni caos en el tránsito, ni cartoneros, ni turnos de atención en los hospitales para dentro de varios meses. De la noche a la mañana, Buenos Aires será Zurich de la mano de Mauricio y de Gabriela.
Si creen eso, si quieren eso, díganlo de una vez. No tiene nada de malo.
Todo lo contrario. Es una interpretación de cómo mejorar la dirección y convivencia política y social, igual de estimable que aquella de los que piensan distinto. Sólo acéptenlo, por favor. Porque si es un voto vergonzante, esa legitimidad se pierde en tanto y cuanto saben que hay algo en ese voto, en esa actitud, en ese pensamiento, que pasa por hacer mierda a otra gente por la urgencia del beneficio propio.
Acepten que el domingo que viene van a votar a Menem. Que va a ganar Menem.
Y demuestren y demuéstrense, por favor, que eso no es un voto ideológico.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-86768-2007-06-18.html





Otros fuegos*


Los dolores comenzaron por la mañana, poco antes del mediodía. Después, habitación en el primer piso de la clínica, ventana que da al jardín, casas dispersas, techos de tejas en la neblina. Esperar las contracciones, controlar el reloj y mirar a través del vidrio. Aquel perro que corre sin parar de un extremo al otro de la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo.
Toda la tarde oigo sin alterarme sus quejidos de dolor o de placer.
Tal vez sufra, pero maneja el asunto bastante bien. Para eso hizo el curso de parto sin dolor.
Salgo al pasillo. Fumo. fumo bien, con todo el cuerpo.
Tratar de descubrirse ante la inminencia de un hecho trascendental.
El perro no cesa de trotar. Oscurece sobre las tejas mojadas. Aparece la enfermera, controla. Aparece la partera, controla. Dice: "Vamos".
Sigo la camilla. Recorro el pasillo como si fuera otro. "No soy yo, es otro." Una puerta que se abre, una puerta que se cierra. Ya estamos, adelante, llegó la hora.
Ella no se sentaba ni se acostaba: se agazapaba.
Hay buen ambiente. Se bromea. Me alcanzan un saco blanco, me lo pongo. Administro el oxígeno, le seco el sudor de la frente, hago lo que me ordenan. Ella, anestesiada, delira. dice cosas graciosas. La partera, la enfermera y yo reímos. También desde esta ventana puedo ver al perro loco.
Cierta vez me asaltó un olor al cruzar una plaza. Un olor a hojas húmedas, a vegetales fermentados, a sombras, a cosas lejanas. Jamás pude olvidarlo.
En aquella época me había convertido en una especie de mudo, pero no en un tonto. Estaba más lúcido que un pez.
Pujar. La partera incita, alienta: "Vamos, fuerza, ahora, vamos muchacha".
"Ya viene." La partera me llama a los pies de la camilla para que vea la cabeza que comienza a asomar. Ultimo esfuerzo, sale. Gran suspiro. "Varón." La partera me alcanza las tijeras. "Tome, corte usted." Está bien, soy el padre. Corto el cordón donde me indican. Ahí está, berrea, tiene la nariz achatada. Lo arropan, me lo dan.
Soy mis manos y mi lengua.
Me dicen: "Vaya a dar una vuelta, coma algo". Anocheció. Camino por una calle vacía: un galpón, un vivero, un gato, un baldío, restos humeantes de una fogata. Alimento el fuego y lo veo crecer.
El fuego arde en la noche de la ciudad, en el invierno de la ciudad, a pocos metros de donde alguien acaba de nacer. El fuego vive de cosas abandonadas: ramas, trapos, restos de cajones, desechos. Ilumina el terreno, pone sonidos secos y precisos en la quietud de los faroles y las casas ciegas rodeadas por jardines.
Bajo el cielo sin estrellas vuelvo a ser lo que he sido tantas veces: un tipo inmóvil y sin pensamientos espiando el movimiento de las llamas.
A poca altura, cruza una sombra, un pájaro nocturno.
Tengo que acordarme de todos los fuegos que vi arder. Aquella fogata de la noche de San Juan, el calor en las piernas desnudas, la muchacha que me tomó la mano. Recordar, ahora que es invierno y que a veces el presentimiento de estar al borde de un instante de felicidad se convierte en una tensión insoportable. (La muchacha del brazo de su compañero dio un paso adelante, se me puso al lado, tomó mi mano y la retuvo en la suya.)
Podría decir lo siguiente: todas mis horas presentes en este momento. Podría, ante el vértigo de los años que me preceden, ponerme a gritar que este abandono me es perfectamente familiar, no hay de qué extrañarse, mi vida dictándome una vieja canción, una vieja tonada invernal, que no es portadora de emociones o asombros, sino la evidencia de una ley, cosas sabidas desde antiguo, lucidez que al fin y al cabo es sólo conciencia de ceguera, nada más que eso en mi tonada invernal, y tal vez, escondido, medido, regulado como con cuentagotas, un fondo de nostalgias, un velo agitándose sobre los ojos y las ideas.
Todos los desórdenes.
El fuego se extingue, es hora de volver. Vuelvo. La madre duerme, el hijo duerme. ¿Y aquel olor? Aquel olor era como un fuego. Algo vivo. Tan vivo como la llama subiendo en la noche. La llama que hipnotiza.
¿En ese fuego había cambio y había permanencia? ¿Era algo íntimo o algo que me trascendía? ¿Vivía en mí o me era ajeno? ¿Estaba ahí, sobre la tierra, o en otra parte? ¿Se ocultaba arriba o abajo? ¿Moría, renacía o se mantenía latente? ¿No era una representación del silencio, de la duda, del acecho, del ojo atento, del ojo ávido? ¿No se anulaba a sí misma esa llama? ¿No había también en ella una precariedad, una espera, un control, un pudor? ¿No se contradecía?
Y hoy que estás solo en la noche, lejos de la infancia, igualmente lejos de la madurez, habiendo perdido tanto la capacidad de amor como de odio, ¿qué te queda por hacer?
El dolor reemplaza al dolor y así se va robusteciendo.
¿A quién hablarle si no a él? Esbozos de mensajes, atisbos, manotazos, sondas lanzadas al vacío. Para quién este monólogo, este temblor. Y los ojos cansados a la espera de una revelación.
Pienso: cosa increíble los ojos.
Tal vez afuera, en el frío, el perro siga corriendo sobre la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo.
También el perro podría entrar en esa carta que nunca logré escribir.
Estar ahí, mirando dormir y vivir al sin nombre, no es motivo de paz, sino el regreso de una sospecha. Frente a su cuerpo sin defensa, a las penas que lo esperan, no siento piedad por él.
Débil y feo.
Los faros de un coche iluminan la ventana y se van. De esta insistencia mía, de esta pelea contra el silencio, no queda sino una llamarada fugaz en los vidrios, menos que eso.
Rumores, llamados dispersos bajo el cielo en ruinas. Señales que alarman.
Lo dijeron todos: fue un buen parto.
Ahora, permanecer quieto en la oscuridad, recordar la fogata en la noche, velar el sueño de la madre, velar el sueño del hijo.
 


*De Antonio Dal Masetto.
Publicado en Página/12 el 5 de febrero de 1992.





16.06.2007
Hipertermia: ¿nueva esperanza para vencer al cáncer?

 Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift:  Los expertos obtienen resultados sorprendentes.

La medicina podría ayudar a pacientes con cáncer intestinal y de páncreas por medio del aumento de la temperatura corporal. En una clínica alemana, el método da pie a la esperanza.
Un estudio realizado en enfermos de cáncer en la Clínica Universitaria Großhadern de Múnich bajo la dirección del Profesor Rolf Issels podría ayudar a combatir tumores malignos de difícil tratamiento. Se trata del primer estudio clínico de este tipo en el mundo, en el cual se experimentó con "hipertermia localizada" (RHT, por sus siglas en alemán). En la última fase del estudio se registraron resultados exitosos en comparación con los métodos tradicionales, según informaron los investigadores.

¿Qué es la hipertermia?

La hipertermia, del griego "hiper" (más allá, por encima, exceso) y "termos" (calor) es un aumento localizado o sistémico de la temperatura corporal humana inducido artificialmente, en forma externa o
interna. Es muy diferente a la fiebre, que es un incremento de la temperatura provocado internamente por diversas enfermedades.
El método de la hipertermia se utilizaba ya en el pasado. En siglo XIX, el fisiólogo Karl Franz Nagelschmidt comenzó a investigar los efectos del calentamiento producidos por campos electromagnéticos y corrientes de alta frecuencia en material biológico, concluyendo que dichas frecuencias hacen oscilar las moléculas. Esto llevó a los médicos a aplicar el calor terapéutico en pacientes. La idea de usar microondas para la terapia nació en Alemania en 1938 y se investiga desde hace 20 años.
Hoy se utiliza la técnica de la hipertermia magnética, que es una variante de la hipertermia por microondas, y consiste en elevar la temperatura humana por medio de ondas electromagnéticas de  40 º C hasta 44º C. A partir de los 42º C se produce muerte celular. Pero no basta con el calentamiento para acabar con el cáncer: según los científicos, se lo combina con quimioterapia y, luego de cuatro ciclos, el tumor se opera. Luego sigue una terapia de radiación y otro ciclo de hipertermia combinado con quimioterapia. El costo del tratamiento es de casi 60.000 euros por paciente.
En las partes del tumor más irrigadas, el calor es expulsado más rápidamente a través de la sangre, y la quimioterapia actúa más eficazmente. En aquellas menos irrigadas, el efecto de la quimioterapia es menor y el de la hipertermia más intenso. Además, el estudio demuestra que la hipertermia no
aumenta los efectos secundarios de la quimioterapia.

¿Esperanza para vencer al cáncer?

En 1986 se comenzó a aplicar la hipertermia como tratamiento en la mencionada clínica, combinada con la quimioterapia sistémica, en el marco de estudios consecutivos. Se realizaron más de 5.000 tratamientos, y el equipo del Prof. Issels obtuvo en 1991 el "Premio Alemán a la Lucha contra el
Cáncer" por esta labor pionera.

Para el Prof. Issels, "el objetivo fue ampliamente alcanzado". En septiembre se espera la finalización de un estudio de hipertermia aplicada al cáncer de páncreas. El estudio aleatorio comenzó en 1997 con 341 pacientes, de los cuales un 37 por ciento respondió bien a la hipertermia, mientras sólo un 12 por ciento lo hizo al tratamientos estándar. Lo relevante es que muchos más pacientes pudieron vivir al menos
cinco años sin tener rastros de cáncer luego de aplicárseles la terapia, y esto "es un resultado extraordinario para nosotros", afirma Issels a la agencia DPA.

La hipertermia se aplica para tratar sólo tumores de gran tamaño que no tengan metástasis. Hasta ahora el tratamiento con hipertermia se realiza en cinco grandes clínicas alemanas, entre ellas, en el Hospital Charité de Berlín.



*Cristina Papaleo.
-FUENTE: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,2607497,00.html?maca=spa-Titulares-640-html

 




Incendios*



Es una vieja promesa: tenemos el desierto por delante y dos motos que responden bien. La mía es una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Mi padre, desde su Vespa, se vuelve y me grita que ahí el general Roca chocó con los indios. No sé si es verdad porque mi padre es un mistificador de la historia nacional, un mentiroso de aquellos. Va con el pucho en los labios y las antiparras blanqueadas por el polvo, estira el cuello como si se asomara por encima de la historia. En el maletín lleva pastelitos de dulce de membrillo y tortas fritas que compramos en Acha antes de internarnos en el puro desierto. Para mí es como estar en un cuento de Kipling, pero sin árboles africanos.
Mi padre había prometido volver a su mocedad de motores y distancias y esa aventura calzaba bien al esplendor de mi juventud. Ahí donde él dice que fusilaron a los indios hay como un paredón de piedras que han llegado de otro sitio pero cómo, para qué. Vamos por el huellón que años después será una ruta y al entrarle a la curva, cerca de los abrojos, mi padre hunde las ruedas en el polvo y sale lanzado por encima de los matorrales. Es un polvillo liviano y traicionero que cualquier buen piloto habría tomado en diagonal, como se encaran los rieles o las grandes verdades. Pero mi padre no es el avezado rutero que dice ser. A tantos nos pasa. Sus consejos son siempre buenos pero no hay manera de que los ponga en práctica a la hora de necesitarlos. Y ahí va, volando como una gigantesca águila blanca, planeando sobre el campo y los lejanos tiempos en que estuvo enamorado por primera vez. La caída es estrepitosa y ridícula; una rodada de anchos pantalones de sarga a los que van a pegarse los abrojos y los malos recuerdos. Lo jodido de ser joven, supongo que piensa mi padre mientras me mira avergonzado, es que lo peor todavía está por venir. Creo que habrá pensado así mientras se sacaba los abrojos como si fueran pulgas.
La cantimplora se ha volcado, la moto no deja de bramar ahí tirada; el matorral de espinillos petisos se inclina con el viento. Dejo la Tehuelche en la hondonada y voy a buscarlo. Tiene una sonrisa boba, metida para adentro, como si lo hubieran sorprendido robando naranjas. Se levanta las antiparras y me dice que un golpe de aire le torció el manubrio justo cuando buscaba la diagonal. Si fuera a creer todo lo que dice no estaría detrás suyo, en esas fronteras que ahora vuelven a mí para cruzarse con otras que intuyo adelante. Le paso las manos por debajo de los brazos y lo levanto hasta que al fin hace pie. Le da una patada furiosa a la Vespa y de pronto me señala un resplandor: una mancha roja que se abre paso por debajo de las nubes, allá donde nuestro camino se pierde en el horizonte. Ya había visto otros incendios me dice, pero en el río, cerca de Campana, nunca en el desierto.
Levanta la moto, comprueba que está bien y me indica unos arbustos que pueden darnos un rato de sombra. saca los pastelitos y prepara el mate en silencio. Al rato me doy cuenta de que se está devanando los sesos para encontrar una manera de atravesar el incendio sin quemarse el bigote. Le digo como al pasar que tal vez sería mejor volver a Acha con el fresco de la noche. Enseguida se le tuerce la boca en un gesto sobrador. Otra vez me quiere mostrar su omnipotencia. Sólo que ya soy grande y no me creo lo suyo. De chico me impresionaba porque sabía hacer cálculos complejos y se conocía de memoria las capitales de todo el mundo, pero después empezamos a alejarnos, a mirarnos con respeto, pero sin ternura. Ahora me daba cuenta de que ya venía jugado. Andaba buscando incendios no para apagarlos, sino para desafiarse a sí mismo; cruzaba ríos por el gusto de ganarle a la correntada y si le inventaba historias a los próceres era porque anhelaba haberlas vivido en carne propia. Como si fuera Roca peleando contra los indios. Así le iba: desde que salió a las provincias llevaba rotos un brazo, la cabeza y varias costillas. Piloteaba cualquier cacharro a toda velocidad sin enterarse de que era pésimo al volante. A veces iba preso o lo trasladaban por irrespetuoso. Casi siempre terminaba mal. Por eso, quizá, rumiaba la idea de irle de frente al incendio y al caer la noche trazó la hipótesis, escuchada en alguna parte, de que la mejor manera de combatir el fuego es ponerle más fuego.
Insisto en volver a Acha y él se pone furioso. Un tipo joven y que lleva su apellido no puede ser tan cagón, me grita y enumera imposibles blasones familiares. Sabe que no vamos a cruzar entre las llamas, pero un día podrá contar que fui yo quien se lo impidió. Al rato abre el bidón de nafta que llevamos de emergencia y se sienta a dibujar en la tierra el círculo de seguridad que se propone crear quemando un kilómetro de arbustos. Lo dejo hacer, lo escucho y me digo que nunca ha dejado de ser un chico. Todo lo hace sin pensar en las consecuencias. Esa clase de tipos que salen a comprar cigarrillos y tardan cinco años en volver.
A la hora de la cena el fuego aparece allá enfrente y una humareda negra cubre la luna. También, por fortuna, se ven relámpagos y pronto empiezan los truenos y las primeras gotas. Supongo que ha estado rezando para que Dios lo saque del apuro, pero lo primero que le oigo murmurar es que así debe ser el Apocalipsis. Fuego y agua, vientos cruzados; víboras que huyen y pájaros incendiados. Mi padre levanta los puños como un poseído, recita salmos de desastre y corre en círculo vaciando el bidón. Me dice que lleve las motos bien lejos y cuando vuelvo prende el encendedor. Un par de veces se lo apaga la lluvia hasta que por fin una mata toma fuego. En ese momento no pienso en el peligro, sino en el ridículo. Para que no entren las víboras, dice, por eso hizo un redondel de llamas. Furioso, lo agarro de las solapas y le grito que basta, que se deje de joder. Ya está lloviendo a cántaros y no tenemos con qué cubrirnos. Al fin me pega un empujón, tose y se sienta a contemplar el desierto que ha elegido para medirse con sus fantasmas. Ya es tarde para salir de ahí porque el agua ha embarrado el camino. Igual, nunca me había pasado de sentirme tan dispuesto a romper con él y sus manías. Fui corriendo a buscar la Tehuelche y empecé a desandar el camino, entre relámpagos. no me importaba abandonarlo a su suerte. Sin público que impresionar iba a volverse más razonable, supuse en ese momento y todavía pensaba lo mismo cuando escampó y me senté a esperarlo en una estación de servicio.
Pero no vino. Pasaron helicópteros, bomberos, tropas de auxilio y mi padre no llegó. Pregunté si habían encontrado gente atrapada allá y me dijeron que a dos alemanes y un viajante de comercio. Dormí un rato en el galpón de la gomería, cargué nafta y me largué de nuevo por el desierto. El campo tenía una extraña tersura esmeralda que fulguraba con el sol. Los arbustos habían ardido hasta que el buen dios que acompañaba a mi padre les mandó un chaparrón. Sobre los huellones había grandes pájaros quemados y eso sí que no pude olvidarlo nunca.
Volví muchas veces a la llanura y siempre pensé en mi padre y en mí, en aquel que era entonces. Ahora el niño soy yo y mi juguete es la palabra: puedo hacer que ardan de nuevo aquellos pájaros y trazar un arco iris al amanecer. Ahí está mi padre, en un boliche a la entrada del pueblo. Lleva un piloto largo y parece Clint Eastwood al final de Los imperdonables. Está un poco borracho y al verme llegar se le dibuja en los labios una mueca de desdén. Me siento frente a él y pasamos una hora en silencio. De tanto en tanto, tose hasta ahogarse. Por fin, cuando se le terminan los cigarrillos, me mira a los ojos y me pregunta a dónde voy.
Al mismo lugar que él, le contesto. A comprarle juguetes para que crezca y de una vez por todas aprenda a andar solo por el mundo.



*de Osvaldo Soriano.
Incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma. Bs. As. edición de 1996.








Matilde Sanchez y su novela "el desperdicio"
"Hay una idealización de los '80 de la que no participo"*

La escritora y periodista utiliza a la protagonista de su libro para analizar la realidad argentina en las últimas dos décadas.
"Los '80 entierran la cultura del papel."


*Por Silvina Friera


El auge y la decadencia de Helen o Elena Arteche sintonizan con las últimas tres décadas de la vida política y cultural argentina. Esta "mujer en construcción" de origen rural, que llegó a Buenos Aires para estudiar letras a fines de los '70, pronto se transformaría en una lectora, profesora y crítica excepcional por el influjo de la época -la "primavera democrática"- y del ambiente, tamizado de política y filiaciones literarias. Por exceso de confianza o de optimismo, se creía que el tránsito de la juventud al futuro era un camino empedrado de libros y cine blanco y negro. Esta mujer de argumentos aplastantes discurría de semiótica o de marxismo y abrazaba los postulados del formalismo ruso, de sus amados Tynianov y Víctor Sklovski, autor del concepto de ostranenie, el extrañamiento estético, que ella utilizaría en muchos de los breves ensayos que escribió y que fueron adoptados por las cátedras más innovadoras. "Tengo la certeza de que durante años fuimos ventrílocuos de Helen y, por ende, de los formalistas rusos. Predicadores indirectos de la ostranenie", dice la narradora de El desperdicio. La escritora, traductora y periodista Matilde Sánchez evoca esos tiempos de efervescencia juvenil, contrastados con la madurez, sin edulcorar la trama con un culto a la nostalgia. Quizá se pueda leer
entrelíneas que no todo tiempo pasado fue mejor. Ni peor. La edad de la comedia, ese tiempo de entusiasmos aún signados por un tono épico, cederá su paso, a principios de los '90, a un período gótico donde el ocaso del país y de la vida de Elena se deslizan de un modo inexorable -el aumento de la
pobreza y la indigencia con el alcoholismo y el cáncer de la protagonista- hacia un final fúnebre.
Sánchez cuenta que el embrión de su novela surgió de un relato de viajes que integra La canción de las ciudades. En ese relato, "Pirovano 94", se narra la historia de una muerte (la de Carmen, hermana de Elena) y el impacto que genera en una amiga. El desperdicio es una bisagra entre las muertes de
ambas hermanas y el "gigantesco desarreglo" argentino que fue la crisis de 2001. Ese año la escritora viajó con frecuencia a la provincia de Buenos Aires y fue testigo del deterioro del campo argentino, "manantial" agotado de la riqueza del país. "Estaba cerca de los acontecimientos como nunca más
volví a estar", confiesa Sánchez, que aprovechó esos registros, notas y apuntes para incorporarlos en la novela. "Quería plantear cómo la época impacta en las biografías de las personas", señala. "Uno se cree más autónomo de lo que realmente es, pero resulta muy difícil escapar al fatalismo de la época". ¿Por qué una persona tan excepcional termina, si se tiene en cuenta el título del libro, siendo un "desperdicio"? "Hay una trama de hechos que hace que una vida se desperdicie. Elena no puede despegarse del contexto y es arrasada como lo fuimos todos", subraya la autora de La ingratitud y El dock.
-Aunque el concepto de lo fúnebre está desplazado hacia fines de los '90, daría la impresión de que algo murió también durante los '80.
-La década del '80 está signada por la muerte de la idea de lo nacional.
Aunque me dediqué a formarme en narrativa argentina, no soy una persona que piense en términos nacionales. Más bien todo lo contrario. En los '80 asistimos al eclipse de esas identidades que llamamos países, que siguen existiendo, pero mucho más resbaladizas y sinuosas. A diferencia de la generación de los '90, para nosotros la decepción no fue lo dado. Yo tenía una cabeza muy política y seguí la militancia de muchos compañeros desde una lectura muy activa, pero nuestro despertar a lo real fue traumático. Los '80 representan, además de la muerte de lo nacional, el entierro de la cultura del papel, un tema que también estoy trabajando en textos de no ficción. La novela refleja los últimos avatares del mundo ilustrado.
-¿El fin de la cultura del papel implica la muerte del libro?
-No hay manera de que este cambio civilizatorio no afecte al libro porque la memoria ya no está en papel. Después de siglos, el papel dejó de ser el receptáculo privilegiado de nuestra memoria y, aunque los libros siguen siendo un objeto de transmisión, el soporte del relato no necesita más el papel.
-¿Por qué la narradora afirma que quienes idealizan los '80 llamándolos "primavera" incurren en la peor mitología?
-Hay una idealización de esos años de la que no participo en absoluto. Había un montón de energías desperdiciadas y estaban muy polarizados los debates entre realismo o no realismo, entre literatura y mercado, categorías que después cayeron en bloque porque resultó que todo era mercado y que todo
podía ser o no realismo. Es una época muy aureolada y no comparto esa mirada. Además, las disputas eran un poco simplonas, aunque aún puedan tener cierto tipo de gravitación. La reciente polémica en torno de Soriano en Radar es un coletazo de los '80, planteada en términos muy torpes.
-¿En la novela hay un rescate de Miguel Briante?
-Sí. Aprendí muchísimo trabajando con él y me gusta mucho el periodismo que hacía. Pero también me interesa como escritor, muy emblemático de esos años, que trataba de pensar lo nacional en el momento de su eclipse.
-¿Qué tipo de comparación establece entre los modelos que prevalecieron en los '80 y los que estarían marcando esta época?
-La transparencia de la vida privada es un imperativo de esta época. En los '80 había un culto al hermetismo porque la transparencia era mercado, otro de los debates de esa época que algún asidero tenía, a pesar de las simplificaciones. Hoy la transparencia se deslizó hacia la estupidez y la
banalidad, un vértigo de la nada que veo funcionando, por ejemplo, en Gran Hermano. Me angustia un poco, y a la vez la angustia aparece de manera teatral, una combinación de Beckett y de Ionesco, pero en clave grotesca. Es el regreso paródico del existencialismo, el ser y la nada.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-6676-2007-06-17.html








Fueguito*


Es una noche cualquiera. Usted esta en un lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún amigo. junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. Se arrodilla sobre la tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. Su figura -rápidamente lo descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. Tal vez se trate de una vieja ceremonia a la que esta acostumbrado, y le baste forzar un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de de fogatas a lo largo de su historia. Pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a exaltarlo igual que la primera vez.  Ante el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. Es como volver de una larga ausencia. Un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto, alimentado de certeza y plenitudes breves.  El fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una correspondencia exacta. El fuego es puro movimiento y usted no es más que sus ojos y el calor de su piel. rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos, están en el centro del mundo. Usted siente que nada puede tocarlo. Escucha su mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré. Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento.
A esta altura, usted es una sola cosa con el fuego, un presente inevitable. se entrega, se abandona. Sin embargo, cree comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que trasciende esta hora. a través del trabajo del fuego parece surgir una medida de orden. los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que, detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. Y comienza a percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser escrito, donde todo esta por ser iniciado. Y acá es donde vuelve a reconocerse. Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en permanente sospecha. Son principios de una doctrina que se ha ido forjando y cuyo sentido ahora el fuego le devuelve.  Comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. Que esa es una llama de consumación. Una llama donde usted se ha sacrificado siempre a si mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o de construir una historia diferente.  Es posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años, desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. Acomoda algunas ramas y piensa que cuando todo esta dicho es bueno regresar al fuego, al origen.
Que es bueno, muy bueno, volver a arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de su centro. Que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. que ahí, libre de toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar.  Y en esa llama sin tiempo ve arder también el ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la sangre.


*de Antonio Dal Masetto.







El vértigo incomparable de pensar*




*por Beatriz Sarlo  bsarlo@viva.clarin.com.ar


Diez costureras cosen 40 vestidos en quince horas, ¿cuántas costureras será necesario emplear para coser treinta vestidos en cinco horas? No era ése seguramente el problema; a lo mejor, en lugar de
costureras, se hablaba de albañiles y de metros de paredes, o de tanques de agua y canillas. Los detalles concretos del problema no tienen, en verdad, la menor importancia. Lo que sí recuerdo perfectamente es que, cuando me enseñaron la forma de su solución, en mi cabeza se abrió una especie de túnel luminoso: sentí que se perforaba un camino, y que me atravesaba algo así como un rayo frío, transparente
e intenso.
La imagen del túnel en el cerebro era la que yo podía inventar auxiliada por mi lectura de historietas, donde encontraba un depósito de comparaciones posibles para explicarme mis experiencias. O sea que el túnel se abrió en el medio de la frente y sentí cómo cedían los huesos sin quebrarse sino, al contrario, adaptándose a las molduras de la nueva realidad en la que yo ingresaba. Tenía nueve o diez años y creo que mi recuerdo no exagera nada.
Pocas veces en la vida se tiene la sensación física de que se está aprendiendo algo radicalmente nuevo. Después, entre esos momentos intensos y luminosos, se extiende lapaciencia, la repetición, la acumulación y el aburrimiento.
Esas pocas veces provocan sensaciones a las que es difícil definir como totalmente placenteras. Más bien intensas y eléctricas, no se adaptan a la norma habitual de lo placentero; son sensaciones alarmantes por su impacto y por la cualidad desconocida del mundo que dejan entrever. Uno cree estar
asomado a un paisaje suspendido cuya existencia anterior se desconocía.
Antes de aprender la solución al problema de las costureras, yo había aprendido las técnicas mecanizadas de la aritmética elemental. Las maestras creían que aprender a dividir por dos cifras era muy difícil. Por lo menos eso es lo que yo escuchaba repetir en mi casa, donde vivían varias maestras. Difícil o no, ésa era una técnica. En cambio, la solución del problema de las costureras y sus vestidos me pareció que no tenía que ver sólo con una técnica para resolver operaciones sino con otra cosa. Oscuramente agazapadas, detrás de las costureras o de los albañiles, palpitaban las incógnitas: es decir,
si solucionaba el problema entendiendo la forma de su solución, había pegado un salto fenomenal. Nadie se ocupó de decirme esto, naturalmente.
Sin embargo, el cilindro helado que me atravesaba la cabeza, como si yo fuera un personaje de historieta, indicaba que, por algún motivo, la belleza de ese problema que solucionaba incógnitas saltaba a la vista incluso de la chica mal preparada que yo era. A partir de ese día y durante varios meses resolví frenéticamente problemas de regla de tres, los buscaba en los libros y en los manuales, se
los pedía a las maestras, me ofrecía para hacérselos a compañeras menos entusiasmadas por el milagro de las incógnitas.
Después, ciertamente, el entusiasmo fue cediendo. Me di cuenta de que el cilindro de congelada luz ya no me atravesaba la frente cada vez que me ponía a averiguar cuántos canastos de fruta juntaban
los cosechadores en diferentes lapsos de tiempo. La novedad se había agotado y, sobre todo, yo había mecanizado el esquema de la solución quitándole toda novedad. No me desilusioné, pero quedé a la espera, convencida de que, si eso me había pasado una vez, seguramente volvería a pasarme. Era cuestión de tiempo y me parecía inútil preguntar a las maestras en la escuela ya que ellas se preocupaban por otras cosas y, seguramente, no hubieran encontrado demasiado adecuadas a su pedagogía mis imágenes de historieta futurista.
Está claro que yo no tenía aptitudes excepcionales para las matemáticas. No era por facilidad intelectual que me había ucedido eso con las incógnitas, sino simplemente porque una casualidad me había permitido captar el momento exacto en que aprendía algo que era lógicamente superior a lo que había
aprendido hasta entonces. El problema me mostró cómo funcionaba mi propia cabeza y descubrir eso a los nueve o diez años es, sencillamente, una experiencia límite. No asegura un futuro brillante, pero ofrece un momento de incandescencia en el presente.
Dos o tres años más tarde, me enseñaron la subordinación sintáctica. Con un trazo azul subrayaba la oración principal y luego, en diferentes colores, marcaba las subordinadas, armando una especie de árbol jerárquico por el que ascendía y descendía el pensamiento. De nuevo, como con la regla de tres, me pasé semanas buscando ejemplos en libros. Quería encontrar frases cada vez más complicadas, párrafos cada vez más largos, subordinadas cada vez más intrincadamente escondidas unas dentro de otras. En ese momento, mi ideal era una especie de frase infinita que yo no sabía escribir y que tampoco sabía
dónde encontrar, una frase cuyas bifurcaciones fueran incalculables. Sólo quería ver páginas cubiertas de distintos colores como si en ellas hubiera germinado el árbol de la lengua. Creo que la escuela pasa por alto estos períodos enloquecidos de la infancia, porque en realidad son momentos solitarios e intratables.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/06/17/sociedad/s-01437721.htm




*
Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 17 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Boris Alvarado. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067 



*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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17-jun-2007 - EL PADRE




El padre...





DÍA DEL PADRE*



    Los padres son esos hombres que estuvieron en la vida de sus hijos.
Estuvieron mucho o poco, bien o mal, pero para su gusto o disgusto tienen un papel en esa vida que engendraron.
    Hasta el padre desconocido figura como una fotografía vacía, como un anhelo insatisfecho. Es el hombre que pudo haber dado los abrazos que faltaron en una infancia incompleta. No tendrá, acaso, rostro ni voz, pero se presentará como un fantasma a lo largo de los años. Esa sombra arrojada
por un sol oblicuo se extiende hasta que cae la noche.
    Hay otros que son padres del cariño, padres que tomaron ese lugar de silla sin ocupante. Parejas de la mamá, abuelos, vecinos amables. A alguno se le reprochará que no sea quien no pudo ser, el padre biológico, y se le reprochará torvamente que haya elegido ejercer un oficio tan difícil, tantas
veces tan ingrato, como si en vez de dar estuviese robando.
    Le pedimos mucho al padre. Lo vemos en las propagandas. Papá es vital, está sonriente, tiene el pecho amplio y los brazos largos. No es un simple mortal, es El Padre. Demasiado para un pobre hombre que hace lo que puede con los escollos de su pasado, su propia vida y sus pobres aptitudes.
    A veces lo entendemos, a veces no.
    Nos justificamos en lo que no nos dio porque no quiso o no pudo. Le cobramos la deuda a él o a otros. Nos negamos a crecer cuando seguimos haciendo demandas a un hombre destinado, igual que nosotros, a un mundo y una tarea para la que no tenemos preparación.
    Habremos de aprender de su ejemplo, para seguirlo o para negarnos a caer en sus errores. Buen momento éste para saber quiénes somos, en relación a quién es o quién fue nuestro papá.
    Dichosos los que no frunzan el ceño, quienes no crispen los puños, quienes no se vean obligados a la tristeza. Y más dichosos aún los padres que han podido serlo y merecen la gratitud y el cariño.
    Pero los saludo a todos, buenos y malos, presentes o fugitivos, sentados a la cabecera de la mesa, difuntos. A todos. Feliz día, que puedan vivir en algún corazón que los premie o los redima. Y mucha suerte.

                                                                        

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com  





El Padre*



Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años.
Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en una rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él.
Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba.
Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran.
Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón.
Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañía General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí.
Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo, emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: "Para cuando venga Antonio". Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora.
Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. mi padre dijo "Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes". No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: "Papá murió".
Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: "Qué hermoso era papá". Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo.
De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañía, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.



*De Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias", Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición del 2002.







Mudanzas*



Mi padre siempre estaba yéndose a otra parte, a algún lugar imposible donde no pudiera alcanzarlo su sombra. Desplegaba sobre la mesa el mapa de la República y apoyaba el dedo en algún rincón que no hubiera sido fundado todavía.
Así era él: tenía hormigas en los pies y una mirada cortante que me helaba la respiración cada vez que se enojaba. "Acá", decía de pronto, y apretaba el mapa hasta hacerle un agujero allí donde íbamos a pasar las mil y una hasta que se le ocurriera dar otro salto.
Fueron tantas las veces que nos mudamos que ya confundo trenes y épocas. Ahora, al cambiar de barrio, me parece que voy de un continente a otro aunque las voces sean iguales y las mismas lluvias mojen los mismos árboles. Veo una casa desierta que es ésta y es otra, una de mi infancia. Por las ventanas entra una luz de invierno que colorea el polvillo suspendido en el aire. Ya no hay olores y los fantasmas flotan por ahí, me asustan como antes, me avisan que el tiempo pasa y en alguna parte, adentro mío, van mi padre con la vieja corbata azul y mi madre con aquel pañuelo al cuello.
Atrás voy yo con el pantalón corto y el echarpe con los colores de San Lorenzo.
En cada mudanza una pérdida. En la última, entre la Boca y Palermo Viejo se me extravió el Omega a cuerda que me había dejado mi padre. Quizá me lo robaron y vaya a saber en la muñeca de qué brazo andará. Me lo había entregado una enfermera en una clínica de Flores la tarde en que él murió. También me entregó el anillo de matrimonio y unos anteojos. Yo usaba a veces el Omega, aunque adelantaba cinco minutos y se me resbalaba bajo el puño de la camisa. Después lo dejaba en un cajón de la cómoda y me ponía otro cualquiera de los tantos que la vida nos deja. El de los quince años, el de la novia aquella, el primero que compramos a crédito en tiempos en que eran caros y estaban cargados de sentido.
Tendría nueve o diez años aquel invierno en que nunca llegó a Río Cuarto la pelota de tiento que me había mandado Perón. No sé cuál tristeza es más folletinesca, si aquella de la pelota o esta del reloj. Mi padre debe haber metido la pelota en un cajón mal cerrado o tal vez la tiró a la basura porque en ella veía la monstruosa cara del general gesticulando ante las masas. No quiero ser mal pensado: tanto detestaba al Conductor que una huella suya en nuestra casa era como otra mano en la cintura de mi madre.
Pero por encima de todo lo que yo más lloraba eran los gatos perdidos. Hubo uno que no apareció a la hora de la partida y todavía lo estoy esperando. Ni bien huelen mudanza los gatos se ponen mustios y dejan de comer. Me acuerdo de otro, negro y blanco, encerrado en un cajón para recorrer mil kilómetros en un Ford de los años cuarenta. Nosotros llegábamos siempre antes que los muebles y esperábamos con ansiedad las cacerolas y los juguetes. "Por ahí mañana aparece el camión", susurraba mi madre en la oscuridad del hotel. "Para qué querés muebles", le contestaba mi padre y enseguida la brasa de su cigarrillo marcaba de rojo el recuerdo que tengo de aquellos otros fantasmas. A la llegada, nadie nos daba la bienvenida y tampoco iban a despedirnos. De entre los papeles de la última mudanza se desliza al suelo una carta que mi madre me escribió cuando yo vivía en una pensión de la calle Uriburu. "En Cipolletti no nos acompañaron ni nos hicieron despedida, así es la gente de agradecida. Dormimos en la oficina de Obras Sanitarias que tenía una pieza con dos camas para los inspectores que venían de Buenos Aires, que la hizo hacer tu padre pero hasta allí nos llevo Desiderio en una camioneta que tenía."
No fue nadie a decirle adiós a mi padre, nadie le dio las gracias por las noches en blanco y los domingos perdidos. No sé si esperaba otra cosa. Nunca fue un tipo muy popular y lo que más recogía eran puteadas y sarcasmos. Conocía a la gente y pensaba que Perón se aprovechaba de su ingenuidad. Siempre fue así de gorila. Pero no creo que haya sido por eso que nadie fue a despedirnos. Más bien habrá sido porque el tren pasaba muy de madrugada y era un sacrificio salir a esa hora de la cama. Vagamente recuerdo aquella última noche en el cuarto de Obras Sanitarias que menciona mi madre. Era la sexta o séptima vez que cambiábamos de pueblo pero esta vez era distinto porque yo era grande y me obligaba a separarme de mi primera novia. Me vienen a la memoria el frío y la bronca que tenía con mi padre. Nos pasa que alguna vez queremos matarlo y para no hacerlo huimos hacia lo desconocido. Lo veo todavía recostado en la cama, con un pulóver descosido, hojeando un libro en inglés. En la muñeca llevaba el Omega que a mí me iban a robar treinta años después. ¿En qué pensaba? Me parece que empezaba a sentirse viejo porque había pedido el traslado a Tandil donde vivía la familia de mi madre. Allí había empezado su aventura y volvía tan pobre como al principio. No le importaban los pocos muebles que se iban en el camión y si tuvo alguna amante no le dolió dejarla. Era, definitivamente, un hombre solo, sentado en una silla incómoda. Indiferente a otra cosa que no fueran el agua con cloro, los cacharros que inventaba y su imaginario combate con Perón.
El día que dejamos Mar del Plata para ir a San Luís perdió el sombrero que más quería y desde entonces no volvió a ponerse otro. A veces, bajo el sol más hiriente, se calzaba un rancho de paja de Italia que había encontrado en un andén vacío. No era un intelectual pero a veces decía cosas que atribuía a Plutarco o a Dante: "Qué duro es el camino, Osvaldito", y se quedaba mirándome a los ojos a ver qué decía yo. ¿Qué iba a contestarle? Un día me lo encontré a la salida del hospital en que lo habían dejado cuando volcó con el coche y me dijo algo así como Eccovi l'uom ch'e stato all'inferno. ahora intuyo a qué infierno se refería. Igual, nunca me pareció un hombre angustiado. Era débil, sin duda. Inseguro. Tan inestable que cada vez que terminaba de construir una casa la abandonaba corriendo. Una vez apareció en Chilecito y otra en El Bolsón. Hasta ahí no lo seguimos, pero fuimos a visitarlo a una pensión de viajantes. Mi madre se condolía: sólo tenía una cama chica, unos libros en el suelo, la regla de cálculos, una Parker y el compás sobre la mesa. Apenas le llegaba luz de un ventanuco y la dueña lo sermoneaba porque había cambiado la bombita de veinticinco por una de sesenta. El Omega aún estaba en su brazo y ahora que no lo tengo más siento que mi padre empieza a alejarse de mí. Al verlo más distante, me parece que acerca el dedo al mapa y me señala un lugar en el que tarde o temprano vamos a encontrarnos para charlar largo de sus mudanzas y las mías.
 


*De Osvaldo Soriano.
incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios”. Editorial Norma, edición de 1996.





EL DIA QUE PAPA ME LLEVO A PESCAR*

(Recuerdo)

 Quizás fuera un sábado a la tarde, aquella vez qué papá me llevó a pescar al arroyo "El Rey"...
 No fue la única. Otras veces y a menudo tenía que hacerlo porqué tanto a él como a mí nos gustaba mucho ir de pesca.  Una pesca que no ofrecía grandes promesas, pero como aventura para mis diez años era un premio anhelado durante semanas.
El arroyo no quedaba lejos del pueblo, pero requería caminar un buen rato.
Papá llevaba el paso suficientemente acomodado a mi andar más lento y juguetón. Llevábamos las cañas, carnada y una pequeña canasta con un refrigerio, que mamá nos preparaba cariñosamente, donde no faltaba el mate cocido con leche caliente.
En el último tramo, donde la calle se terminaba, y entraba en un lento declive, comenzaba el territorio lindante, donde incluso se sentía en el aire el sabor salobre y el aroma vegetal de los pastizales de las cercanías.
Se llegaba por un callejón que tenía un sendero entre el pajonal bordeado de ceibos y aromos, florecidos entonces en racimos carmín y pomponcitos amarillos.
El sendero, que serpenteaba,  se abría y se bifurcaba,  entrelazándose en un verdadero laberinto calado en un mar de matas, que casi nos cubría por completo, y nos llevaba por un caminito u otro, hasta la orilla del arroyo; en una espesura mas bien enmarañada.

Allí donde terminaba, aparecía la barranca, de golpe, la franja poco ancha de agua quieta del arroyo, y mas allá los bancos de arena que dejaba el desplayado.
 Recuerdo la barranca recortada y profunda, que formaba la curva...
-"Un buen remanso"...- decía papá, -

Y nos acomodamos bajando al borde por un desliz del terreno barrancoso, como un caminito escalonado y sinuoso, con algunas matitas breves de paja, hasta casi el nivel del agua, y allí sí, desplegamos en el suelo a nuestro alrededor, todo el  arsenal de elementos, dispuestos a pasar la tarde.
Los de pesca, y las vituallas; porqué a esa altura, tras la caminata,  ya mi estómago requería la primera parte de la fiesta, que era abrir los víveres, y al lado del agua, con el alma plena de aire libre, eso era primordial, casi como ir de "pic-nic".
Y mientras saciaba mi hambre y mi sed,  con un buen bocado y el mate caliente,  papá encendió un cigarrillo de los negros que siempre fumaba, y se sentó con las líneas ya tiradas., esperando el primer pique.
Lo imité encarnando y arrojando mi "boguero", una caña casera, sin "reel" ni artilugio alguno;  sólo con una línea corta atada en el extremo,  y como boya un corcho de botella, y por supuesto el anzuelito  con la lombriz. que se resistía a colaborar, retorciéndose en el extremo, obstinadamente.
Yo tuve más suerte,  picó enseguida.
-"Un dientudo", -dijo papá.- (por la forma de hundir el corchito, seguro).
Yo loco de contento, viendo el corcho dar vueltas al mismo tiempo que iba hundiéndose en las aguas tranquilas., generando onditas circulares a cada tironcito del anzuelo.
Esa era la emoción que buscaba, esa era la alegría simple y vivificante; y como electrizado salté parándome dispuesto y alerta.
Recuerdo que pensé que debía serenarme, pero arrebatadamente, puse todo mi entusiasmo en un violento tirón, que sacó al pescado del agua como un rayo.
Tanta fue la fuerza que el "dientudo", -que al final lo era-, al salir del agua, tironeado de esa manera, le pegó al pobre papá con la boca abierta en el arco de la ceja derecha, abriéndole una profunda herida que le partió la ceja,  y comenzó a sangrar copiosamente..
No sé que pasó con el dientudo, ni con los anzuelos, ni con la canasta, ni la comida, ni nada; sólo recuerdo a papá tratando de parar la sangre con el pañuelo.
Yo estaba aterrado, sé que volvimos a casa, no sé cómo, ni recuerdo mucho más después de eso ., y me sentí siempre culpable de la torpeza de aquella tarde, que le dejó al pobre papá, tan particular cicatriz, que lo acompañó desde entonces  en sus últimos años.-
 HOY, en la placa del cementerio que lo cobija, se puede ver claramente en la foto la ingrata huella de esa frustrada pesca.

Para más, en la imagen del papá vivo que conservo, la del papá de todos los días..; .La veo mucho más pronunciada, agigantada; porqué sin querer yo fui el  protagonista  y  yo fui la causa.



*de CELSO H. AGRETTI celsoagr@arnet.com.ar

 




*

Es la hora
en
que los espejismos
están
cerca.

Todo
se convierte
en tiempo
y
alguien oye
una roja plegaria
parecida
al naufragio
y a la muerte.

Escribo
como si soñara
con la sangre,
con la hiel,
con la memoria.

Dios
es
una máscara ardiendo
en
la penumbra.

Dios
es
una inmensa torre
de silencio.






Noche infinita.

Así
es el territorio
donde
se prolonga
la batalla.

El ser, lleno de seres,
flotando
en la fosforencencia
del refugio.

Ensayando,
por fin,
la
verdadera comprensión
del
universo.







¿Qué hacer
con
la inmensidad
si estamos
acechando
el lentísimo juego
de lo vano?

Cuando
los secretos
nos lastimen
los labios,
entenderemos
que nada
tiene
nombre.

Y que los tormentos
más ardientes
son
un estéril resplandor
donde
los abismos
se transforman.






Esta desértica avenida
de
los sueños
ya
soñados
es atroz
e interminable.

Este
camino
hacia el fondo
de la sombra
se torna
fuego
y espejismo.

Ardua
es la batalla
que no cesa.

Larga es la forma
de
todo
lo que invade
la distancia.







Ya
no hay pájaros
en
este espacio clandestino.

Se han cerrado
todas
las ventanas.

El diablo
duerme
bajo
las estrellas frías,
en
un inmemorial simulacro
que nadie
reconoce
ni presiente.



              *de CARLOS CUCCARO carloscuccaro68@yahoo.com.ar






*
Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 17 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Boris Alvarado. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067 



*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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11-jun-2007 - SENTIMIENTOS PARA ARMAR...





Entre el principio y el fin*

Entre las palabras y los gestos
Entre la risa y la  blancura de la felicidad
Hay un libro de arena
Que anoche descubrí:
Intrigada miraba sus hojas
Sus acertijos, sus vanidades.
Leía con intensidad y fascinación
Deseaba voluptuosamente
Apropiarme de esos signos
Ser su dueña, su amante
Desornada e imperiosa
Quería descifrar el contenido
Había frases, epitafios, números
Cifras, coloraciones.

Pero cuando más conocía  alguno de los significados
Mas rápido y cruelmente  diluían  de la memoria,
Así como cuando un pequeño niño
Agarra un puñado de arena clara y caliente
Iban goteando,  resbalando, quebrando
Mis aprendizajes, lecciones
Ellos,  como las olas del mar
Conmovían, salpicaban mi ser
Pero desaparecían.

Jugaban, saltaban y reían
Armaban sus  imágenes, sus representaciones
Sus creaciones y sus equivocaciones

No les interesaba.

Era el principio y el fin
Y sus misterios.-

*De Azul. 
azulaki@hotmail.com




Sentimientos para armar...




LA PATA DE MONO*



    Pedir algo conlleva el riesgo de que ese algo se nos conceda. Hay un
dicho según el cual hay que tener cuidado con lo que se desea, y el famoso
cuento de la pata de mono nos advierte sobre las dádivas que resultan
onerosas, y sobre la sensación que nos aqueja de que el destino gobierna la
vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Lo escribió
W.W. Jacobs, pero expresa lo que muchos pensamos respecto a la súplica
dirigida a obtener lo que creemos será beneficioso, culminando en cambio con
la desesperación y la derrota.
    En el cuento, el padre desea doscientas libras para pagar la hipoteca de
la casa, las consigue ya que el hijo muere en la fábrica y tal es la suma
como compensación. Luego la madre lo obliga a pedir el segundo deseo, que el
hijo, destrozado por las máquinas y enterrado hace diez días, vuelva a la
vida. Aterrado cuando siente la presencia de ese temible ser golpeando a la
puerta, pide el tercer deseo y cuando su mujer abre la puerta, encuentra el
porche vacío. Nos propone el autor que las súplicas atendidas, como dijo
Santa Teresa, causan más lágrimas que aquellas que el cielo decide ignorar.
    La madre de Myriam le dijo "Muñeca, no pidas nada, que sea lo que Dios
quiera". Y el padre murió con rapidez. Algunas veces debemos de tener ese
enorme coraje que implica el dejar partir a quien ya no quiere o no puede
estar con nosotros. No es fácil, todos sabemos que es una de las cosas más
dificultosas el renunciar a una presencia amada, y exige enormes cantidades
de generosidad.
    Quién no ha aferrado la manga de alguien, quién, alguna vez, no ha
suplicado, llorado y extorsionado para lograr el improbable favor de
prolongar una agonía. Así se logra la tortura de convivir con quien ya no
nos ama, o la maldición de ver que un ser amado es obligado a presenciar su
propia disolución.
    Luchar por lo que queremos dentro de lo posible es encomiable y
necesario. Renunciar a lo imposible también conlleva una cuota de grandeza.



*de Mónica Russomanno.
russomannomonica@hotmail.com








*

"Estaban los tres ciegos ante el elefante.

Uno de ellos le palpó el rabo y dijo: - es una cuerda.

Otro ciego acarició una pata del elefante y opinó: - es una columna.

El tercer ciego apoyó la mano en el cuerpo del elefante y dijo: - es una
pared.

Así estamos: ciegos de nosotros, ciegos del mundo.

Desde que nacemos, nos entrenan para no ver mas que pedacitos.

La cultura del desvinculo nos prohíbe armar el rompecabezas."


*De Eduardo Galeano.






GUARDANDO EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES*



Mis cabellos matan el sol. Son negros mis cabellos; negros como la boca del
traidor, como la nariz de un perro en el bosque, negros son como el centro
de tus ojos.
     Mis cabellos son negros.
     Diría que ensortijados, diría que espléndidos en su derrame móvil sobre
mi espalda y mis hombros desnudos. La belleza lisa y bruñida de cada cinta
de resumida oscuridad es un fustazo de dicha nunca apropiada, nunca gozada
por mortal.
     Ah mis cabellos. Ondulo mi cintura blanca, tiendo acuáticos brazos
fantasmagóricos. Observo con fascinación mi sombra arbórea y móvil. Y
aguardo.
     Junto a mis hermanas aguardo, y guardo la puerta del jardín donde los
hombres no tienen cobijo.
Yo guardo y aguardo y espero.
     Te espero.
     Con los ojos del corazón te veo, y no con los del peligro. Detrás de
los párpados, detrás de los velos te añora mi frágil corazón de hembra sola.
Te llama mi anhelo. Transparentes vahos de deseo te atraen hasta la puerta
que no debes cruzar, que no debo permitir que cruces.
     Sé que vendrás.
     Sé que por tierra y agua marchas hacia mi destino. Y que más pronto que
tarde tu sombra dibujará tu belleza sobre mi tierra yerma. Aquí estarás para
cumplir la promesa de la muerte y las espadas. No ruego otra baraja ni otros
dados.
     Sé que vendrás. Me basta.
     Sé que puedo recorrer tu cuerpo duro con mis manos, que puedo atrapar
el hombre con mi boca anhelante. Pero sé asimismo que la dicha está
contaminada de brevedad, que la fugacidad de la carne tibia se transformará
en piedra contra mis senos ansiosos. Te matará mi amor, amor. Mi fatal
mirada.
     Mi amor te transformará en estatua de piedra. Sólo la dicha de
contenerme en tus ojos es mi anhelo, y tal dicha, lo sabemos, sería tu
sentencia.
Mis cabellos de serpiente se retuercen y anudan en deseo e ira.
     Mi amado, debieses comprender que Medusa te ama aunque mi amor confluya
con la muerte. No será para nosotros la ternura. Morir o destruir al objeto
de mi amor, tal es la torpe suerte que me ha tocado.
     Perseo, dejaré que me decapites y te ufanes de tu hazaña.


*de Mónica Russomanno.
russomannomonica@hotmail.com








EL ARROYO*



¿Te acuerdas?
El arroyo fue la serpiente buena...
Yo muero extrañamente...
No me mata la Vida,
¿Te acuerdas?
El arroyo fue la serpiente buena...
Fluía triste y triste como un llanto de ciego
cuando en las piedras grises
donde arraiga la pena
como un inmenso lirio se levantó tu ruego.
Mi corazón, la piedra más gris y más serena,
despertó en la caricia de la corriente y luego
sintió cómo la tarde, con manos de agarena,
prendía sobre él una rosa de fuego.
Y mientras la serpiente del arroyo blandía
el veneno divino de la melancolía,
tocada de crepúsculo me abrumó tu cabeza,
la coroné de un beso fatal, en la corriente
vi pasar un cadáver de fuego... Y locamente
me derrumbó en tu abrazo profundo la tristeza.



*De Delmira Agustini.
-Fuente:
http://amediavoz.com/agustini.htm






*


Entro de noche a mi ciudad, yo bajo a mi ciudad
donde me esperan o me duelen, donde tengo que huir
de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre,
una cita con dedos, con pedazos de carne en un armario,
con una ducha que no encuentro, en mi ciudad hay duchas,
hay un canal que corta por el medio mi ciudad
y navío enormes sin mástiles pasan en un silencio intolerable
hacia un destino que conozco pero que olvido al regresar,
hacia un destino que niega mi ciudad
donde nadie se embarca, donde se está para quedarse
aunque los barcos pasen y desde el liso puente alguno esté mirando mi
ciudad.

Entro sin saber cómo en mi ciudad, a veces otras noches
salgo a calles o casas y sé que no es mi ciudad,
mi ciudad la conozco por una expectativa agazapada,
algo que no es el miedo todavía pero tiene su forma y su perro y cuando es
mi ciudad
sé que primero habrá el mercado con portales y con tiendas de frutas,
los rieles relucientes de un tranvía que se pierde hacia un rumbo
donde fui joven pero no en mi ciudad, un barrio como el Once en Buenos
Aires, un olor a colegio,
paredones tranquilos y un blanco cenotafio, la calle Veinticuatro de
Noviembre
quizás, donde no hay cenotafios pero está en mi ciudad cuando es su noche.

Entro por el mercado que condensa el relente de un presagio
indiferente todavía, amenaza benévola, allí me miran las fruteras
y me emplazan, plantan en mí el deseo, llegar adonde es necesario y
podredumbre,
lo podrido es la llave secreta en mi ciudad, una fecal industria de jazmines
de cera,
la calle que serpea, que me lleva al encuentro con eso que no sé,
las caras de las pescaderas, sus ojos que no miran y es el emplazamiento,
y entonces el hotel, el de esta noche porque mañana o algún día será otro,
mi ciudad es hoteles infinitos y siempre el mismo hotel,
verandas tropicales de cañas y persianas y vagos mosquiteros y un olor a
canela y azafrán,
habitaciones que se siguen con sus empapelados claros, sus sillones de
mimbre
y los ventiladores en un cielo rosa, con puertas que no dan nada,
que dan a otras habitaciones donde hay ventiladores y más puertas,
eslabones secretos de la cita, y hay que entrar y seguir por el hotel
desierto
y a veces es un ascensor, en mi ciudad hay tantos ascensores, hay casi
siempre un ascensor
donde el miedo ya empieza a coagularse, pero otras veces estará vacío,
cuando es peor están vacíos y yo debo viajar interminablemente
hasta que cesa de subir y se desliza horizontal, en mi ciudad
los ascensores como cajas de vidrio que avanzan en zig-zag
cruzan puentes cubiertos entre dos edificios y abajo se abre la ciudad y
crece el vértigo
porque entraré otra vez en el hotel o en las deshabitadas galerías de algo
que ya no es el hotel, la mansión infinita a la que llevan
todos los ascensores y las puertas, todas las galerías,
y hay que salir del ascensor y buscar una ducha o un retrete
porque sí, sinrazones, porque la cita es una ducha o un retrete y no es la
cita,
buscar la dicha en calzoncillos, con un jabón y un peine
pero siempre sin toalla, hay que encontrar la toalla y el retrete,
mi ciudad es retretes incontables, sucios, con portezuelas de mirillas
sin cerrojos, apestando a amoníaco, y las duchas
están en una misma enorme cuadra con el piso mugriento
y una circulación de gentes que no tienen figura pero que están ahí
en las duchas, llenando los retretes donde también están as duchas,
donde debo bañarme pero no hay toallas y no hay
donde posar el peine y el jabón, donde dejar la ropa, porque a veces
estoy vestido en mi ciudad y después de la ducha iré a la cita,
andaré por la calle de las altas aceras, una calle que existe en mi ciudad
y que sale hacia el campo, me aleja del canal y los tranvías
y por sus torpes aceras de ladrillos gastados y sus setos,
sus encuentros hostiles, sus caballos fantasmas y su olor de desgracia.

Entonces andaré por mi ciudad y entraré en el hotel
y del hotel saldré a la zona de los retretes rezumantes de orín y de
excremento,
o contigo estaré, amor mío, porque contigo yo he bajado alguna vez a mi
ciudad
y en un tranvía espeso de ajenos pasajeros sin figura he comprendido
que la abominación se aproximaba, que iba a ocurrir el Perro, y he querido
tenerte contra mí, guardarte del espanto,
pero nos separan tantos cuerpos, y cuando te obligaban a bajar entre un
confuso movimiento
no he podido seguirte, he luchado con la goma insidiosa de solapas y caras,
con una guarda impasible y la velocidad y campanillas,
hasta arrancarme en una esquina y saltar y estar solo en una plaza del
crepúsculo
y saber que gritabas y gritabas perdida en mi ciudad, tan cerca e
inhallable,
pero siempre perdida en mi ciudad, y eso era el Perro era la cita,
inapelablemente era la cita, separados por siempre en mi ciudad donde
no habría hoteles para ti ni ascensores ni duchas, un horror de estar sola
mientras alguien
se acercaría sin hablar para apoyarte un dedo pálido en la boca.

O la variante, estar mirando mi ciudad desde la borda
del navío sin mástiles que atraviesa el canal, un silencio de arañas
y un suspendido deslizarse hacia ese rumbo que no alcanzaremos
porque en algún momento ya no hay barco, todo es andén y equivocados trenes,
las perdidas maletas, las innúmeras vías
y los trenes inmóviles que bruscamente se desplazan y ya no es andén,
hay que cruzar para encontrar el tren y las maletas se han perdido
y nadie sabe nada, todo es olor a brea y a uniformes de guardas impasibles
hasta trepar a ese vagón que va a salir, y recorrer un tren que no termina
nunca
donde la gente apelmazada duerme en las habitaciones de fatigados muebles,
con cortinas oscuras y una respiración de polvo y de cerveza,
y habrá que andar hasta el final del tren porque en alguna parte hay que
encontrarse,
sin que se sepa quién, la cita era con alguien que no se sabe y se ha
perdido las maletas
y tú, de tiempo en tiempo, estás también en la estación pero tu tren
es otro tren, tu Perro es otro Perro, no nos encontraremos, amor mío,
te perderé otra vez en el tranvía o en el tren, en calzoncillos correré
por entre gentes apiñadas y durmiendo en los compartimientos donde una luz
violeta
ciega los polvorientos paños, las cortinas que ocultan mi ciudad.




*De JULIO CORTAZAR.
-DE 62-MODELO PARA ARMAR.
-Fuente:
http://www.lexia.com.ar/62.htm






SOBRE EL EQUIVOCO OBJETO DEL PSICOANALISIS
Y su relación a la angustia*



Por Osvaldo Arribas *


Es interesante la combinación del término "equívoco" con objeto, porque el
adjetivo "equívoco", que en este caso califica al objeto en el título, es lo
que designa propiamente a lo que introduce el significante, sin el cual no
habría ningún tipo de equívoco.
La presencia de dicho objeto se comunica plenamente bajo la forma de la
angustia, y es casi inevitable que alguien se angustie frente a la angustia
del otro. De ahí la fantasía común de que los analistas viven desbordados
por la angustia, esa que les llega a baldes de parte de sus pacientes. ¿Pero
es así? En primer lugar, si fuera así, bien poco podría hacer el analista
confrontado con la angustia de sus pacientes. Desorientado, porque la
angustia no engaña pero sí desorienta, nada podría hacer para darle una
dirección de la cura posible si no contara con esa otra función del objeto
que se nombra deseo del analista.
Me refiero a lo que Lacan califica como su único invento, el objeto a, cuya
única traducción subjetiva, según el mismo Lacan, es la angustia. ¿Qué cosa
es este supuesto objeto designado por una letra, a la manera de una
escritura algebraica? En este "objeto" marcado por una letra, que no por
nada es la inicial de autre, "otro" en francés, más que tratarse de un
objeto en el sentido habitual del término, se trata más bien del "objeto"
que designa la falta de objeto.
En relación con esta falta de objeto, que implica un no saber radical
respecto del objeto que nos lleva a todos los engaños, la angustia es lo que
no engaña, es lo que se impone sin dar lugar a dudas. Pero justamente, la
angustia tiene dos caras al respecto, una que paraliza y desorienta, y otra
que, haciendo lugar a la orientación del deseo, impulsa al acto. De ahí que
Lacan defina al acto como el hecho mismo de arrancarle a la angustia una
certeza.
Claro que habría que decir, por un lado, que si hay que arrancarle una
certeza quiere decir que la verdad que supone dicha certeza no cae de madura
ni mucho menos, porque justamente hay que arrancarla. Y por otro lado,
también habría que decir que esto significa que la certeza no es en absoluto
lo mismo que la verdad, porque en la certeza se trata, en todo caso, de una
"verdad" oscura, opaca, que no se sabe como tal, es decir, de una "verdad"
de la que no se puede dar cuenta, por la cual no se puede responder.
En este sentido, por supuesto, vemos que tener una certeza desconociendo sus
razones, es más bien inquietante, incluso angustiante. ¿Pero por qué
tendríamos que conformarnos con una certeza? ¿Por qué no podemos esperar
encontrar la verdad? Es cierto que, tratándose del deseo, esa verdad no es
clara y evidente, como pretende Descartes, sino, más bien, oscura, siniestra
y extraña como nos enseña Freud.

* Psicoanalista. Miembro de la Escuela Freudiana de la Argentina.

-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-8863-2007-06-07.html




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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear
noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono
noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten
el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la
injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple.
Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable)
y luego reescribirla literari