La novela de Ramón Rocha Monroy
El muerto insomne
Hay dos clases de narradores, aquellos que
necesitan una disciplina de hierro para avanzar una página diaria, como es el
caso de Vargas Llosa, y aquellos que tienen un “duende” que hace que las
palabras fluyan de sus manos como un río, con poesía y con vigor. A esta última categoría pertenecen seres
privilegiados como García Márquez o Augusto Céspedes, y también Ramón Rocha
Monroy, que nos ha regalado hace poco una biografía novelada de Antonio José de
Sucre.
No quiero decir
que a los narradores de esta categoría les sea muy fácil escribir. Ya sabemos que el arte en general es 10% de
inspiración y 90% de transpiración. Ellos también necesitan disciplina,
concentración y esfuerzo, pero escriben como si fuera fácil porque tienen a las
palabras enamoradas de ellos y las manejan “como a su chola”, para usar una
expresión popular (y muy machista, reconozco). Cualquier tema es bueno para
estos narradores del cuño de Ramón Rocha, quien escribe sobre picantes o sobre historia
con la misma alegría, esa “alegría estética” que Sartre le atribuía al arte en
su relación con el espectador (o el lector, en este caso).
Ramón ha
publicado varias novelas antes, y aunque su capacidad y su facilidad para
escribir “de una sentada” siempre fueron evidentes, ahora se adentra en temas
que hacen de sus novelas más trascendentes en el tiempo. Lo hizo con “Potosí
1600” y a partir de allí, a la sombra del Cerro Rico, encontró la veta que dio
nacimiento a “¡Qué solos se quedan los muertos!” (aunque en la tapa del libro
el primer signo de admiración del título aparece patas arriba).
Esta es una
novela mayor, además de un aporte a nuestras percepciones sobre la historia. Se
ha dicho muchas veces que la novela describe mejor la historia que los libros
de historiadores. En este caso parece
confirmarse, porque el lector llega a través de sus páginas a amar o a odiar a los
personajes, y a vivir la historia como un testigo presencial. Que los
historiadores pongan sus precisiones y manifiesten sus acuerdos y desacuerdos…
Para mi, como lector, esta es la versión que quiero asumir. He tardado más de lo habitual en leer las 541
páginas porque he querido disfrutar cada página, y a veces volver sobre ella
golosamente.
La magia de
empezar una novela con un muerto que ya cumplió 70 años de muerto y enterrado,
y devolverlo a la vida en su máximo esplendor, envuelve al lector que se deja
seducir por los personajes. El autor, que se identifica frecuentemente como
“uno” (es decir, “uno” que es también el lector), dialoga con Sucre, lo
interroga en medio de su largo sueño.
Se mete Ramón
Rocha debajo de esa losa en la Iglesia del Carmen Bajo, en Quito, se acomoda junto a los huesos del Gran
Mariscal, para desentrañar los misterios de una vida y de una personalidad,
pero también de una historia, la nuestra, la de los países andinos y
latinoamericanos, productos de partos difíciles, de contradicciones tan
difíciles de resolver.
Hay mucha historia,
datos y documentos en la novela de Ramón, pero el vehículo son siempre los
propios personajes, no un narrador ajeno y neutro. Las voces de los más fieles
a Sucre son las que lo narran, además de él mismo, y al hacerlo nos cautivan
con todos esos detalles rescatados por el novelista, que tantas veces la
Historia con “hache” mayúscula desprecia o esconde. Y al final, son esos
“detalles” los que determinan el curso de los grandes acontecimientos. Los
celos de Santa Cruz o de Santander, la hipocresía de Gamarra y Olañeta, el
cariño de Bolívar por Sucre, la lealtad de Caicedo y Crespo…Y ese personaje difícil
de clasificar que es Manuela Rojas,
quizás una Mata Hari de la independencia que merecería una novela por sí
misma… (¿Fueron realmente los ocho hijos que parió producto de su relación con
los hombres que ella decía, o ello le convenía para otros fines?)
Como suele
suceder con las novelas sobre temas históricos, la tentación es grande de
ofrecer demasiados detalles al lector. Hay quizás demasiadas páginas sobre las
batallas, sobre la cantidad de armas, de soldados o de caballos. Cierto es, sin embargo, que todo esto
contribuye a poner en valor la visión estratégica de Bolívar y de Sucre, y su
determinación y coraje a la hora de combatir con enemigos mejor pertrechados.
Igualmente detallado,
pero apasionante, es el análisis del juego político que se desarrolla en los
entretelones de la lucha por la independencia entre Bolívar, Sucre, San Martín,
Santa Cruz, Santander y otros personajes de menor calibre. No queda bien
pintado Santa Cruz, llevándose todo el ejército peruano a Moquegua y dejando a
Sucre solo en Lima. El hábil uso de cartas y documentos para reconstruir los
diálogos entre los personajes, es una de las virtudes de la novela.
Uno de los
aspectos fascinantes de esta reconstrucción novelada, es la distancia
geográfica y el tiempo que tardaban (3 o 4 meses) los mensajeros en llevar
cartas de Bogotá a Lima, a Potosí y a otros lugares que transitaban nuestros
personajes. ¿Cómo podían tomarse decisiones políticas tan trascendentales en
esas condiciones? Un parte de batalla era conocido semanas o meses después,
mientras tanto se obraba en base a meras suposiciones.
Quizás el
análisis histórico que entre líneas hace “uno” (eco sobre todo del pensamiento
de Sucre), sea cuestionado por algunos especialistas e historiadores de gran
“H”. Sin embargo, esta es una novela y como novela, es una interpretación
legítima. Pero iré más lejos: también un
libro de historia es una interpretación de su autor. No hay libro de historia neutro, asexuado. Todos proponen interpretaciones distintas
sobre los hechos, y la verdad es que los mismos hechos son a veces
cuestionables. La historia se escribe en permanencia, nunca es definitiva, es
una suma de relatos sobre el pasado. Siempre aparecen nuevos datos y nuevas
interpretaciones que la hacen parecerse a una novela continua, infinita.
Cada capítulo de
esta novela está precedido por unos versos de Antonio “Soldado” Terán, uno de
los poetas más profundos que ha dado Cochabamba. No solamente los versos están
bien escogidos, sino que encierran en sí mismos sabios comentarios, como este:
“Que no nos coja / La coja / Desprevenidos”.
La muerte, efectivamente, es el hilo conductor de la novela; está presente en
todo momento, y se empeña en perseguir a todos los personajes, hasta
alcanzarlos. La Dama del Beso Postrero, mujer y novia, la Soberana, es el tema
de un hermoso diálogo imaginario entre Bolívar y Sucre (pág. 301).
Parece increíble,
al llegar a las últimas páginas de esta epopeya personal, que Sucre haya vivido
solamente 35 años… A esa edad la mayoría de los jóvenes de hoy están más
despistados que perros en procesión, aprendices de la vida, tratando de
orientar sus vidas y con frecuencia dependiendo todavía de sus padres. Sucre, a
los 20, a los 25, a los 30, era ya un gigante en la historia, y lo sabía, a
pesar de su enorme humildad.
No puede uno
evitar durante la lectura de la novela, relacionar hechos y personajes con las
circunstancias actuales del país y de América Latina. En el nacimiento de la
nueva República de Bolívar, más tarde Bolivia, los ciudadanos muestran un
comportamiento que no ha cambiado con el tiempo: todos se creen dignos de
muchos derechos y ninguno quiere reconocer sus obligaciones. A Sucre le angustia encontrar las arcas de
Bolivia vacías, y constatar que todos los que clamaron por la independencia
hacen todo lo posible para esconder su dinero y negarse a pagar impuestos.
Los traidores
solapados son del mismo corte hoy; abundan los demagogos, los conspiradores que
actúan en la sombra, los que circulan rumores maliciosos, los que ambicionan el
poder a cualquier precio, los que apuñalan por la espalda y esconden la cara…
Bolívar, Sucre y otros grandes hombres fueron víctimas de mediocres
maquinaciones políticas y terminaron solos y abandonados. Hoy, como ayer,
sobran Olañetas, pero faltan hombres grandes, generosos, humildes, leales y
dotados de un sentido superior de servicio a la nación.
02 feb. 07