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Clandestino Boliviano
Fecha de publicacion: 30-nov-2007
"El ovillo de la memoria,"

"El ovillo de la memoria,"

o el archivo del siglo XIX en la última novela de Ramón Rocha Monroy

Roberto Pareja

Hay una desmesurada intención en esta novela. Algo así como el intento de Pierre Menard de reescribir El Quijote, o la delirante vigilia en la que cada día Funes el memorioso ordena cada uno de sus recuerdos. Hay un deseo de abarcar toda una vida y, palmo a palmo, repetirla en todos sus detalles. Y es en la obsesiva fidelidad a los detalles históricos donde esta novela logra construir una imagen intensa de la figura de Antonio José de Sucre, Mariscal de Ayacucho y fundador de la República de Boliva.

"Si el dinero es el nervio de la guerra, bien pudiera añadirse que las cuentas son el nervio de la verdad histórica" (Gabriel René Moreno, citado en Oporto Ordoñez 203)

Al igual que el Pierre Menard de Borges, el narrador de la novela de Ramón Rocha Monroy se embarca en una tarea imposible, por inacabable. Repetir los detalles de una existencia, sumergirse en el rio de la memoria para fijar las imágenes del pasado y coleccionarlas en la intensa contemplación del presente, tal es la tarea que se trazó el narrador de ¡Qué sólos se quedan los muertos! Pero al contrario de Borges, que condena de antemano al fracaso el proyecto literario de Menard o el sistema mnemotécnico de Funes, el narrador de Rocha Monroy jubilosamente empieza una tarea que intuye imposible pero que considera necesaria.

La plegaria que encabeza la novela y que convoca al espíritu de Antonio José es la expresión de una fe atea en la perpetuidad del instante y de la memoria. Dice la oración en su parte final: "Vigilia sin Dios, sin más allá de este presente sin hoy, de este viaje inmóvil a la nada, de esta sucesión de ecos y espejos que recogen imágenes de espectros." Esa fe es la que mueve al narrador a rescatar la memoria de Antonio José.

La narración comienza con la ceremonia que, exactamente 70 años después de su muerte por asesinato en Berruecos el 4 de junio de 1830, viene a quebrar el silencio que había cubierto la memoria de Antonio José de Sucre. Para entonces ya habían muerto la viuda, Mariana Carcelén, el edecán Caicedo, y probablemente no sobrevivía ningún veterano de las guerras por la independencia. El narrador empieza a deshacer el ovillo de la memoria intercalando su narración con la voz de Mariana. Después del asesinato la viuda había mandado traer el cuerpo de su marido en secreto a Quito y lo depositó en una cripta de iglesia. Allí acudía a decir oraciones que "se convertían en confidencias pronunciadas casi para sí misma" pero que poco a poco se transformaron en un diálogo, en un coversatorio a tres voces, cuando se une a Mariana el edecán Caicedo y la voz de ultratumba de Sucre empieza a surgir entre los intersticios de la narración.

A partir de esta escena inicial en la cripta donde la viuda Mariana Carcelén y el edecán Caicedo le susurran confidencias a la tumba de Sucre, la narración progresa hacia atrás, evocando primero la muerte en Berruecos, luego la historia sentimental entre Sucre y Mariana, pasando por las campañas militares que llevaron a Sucre desde su natal Cumaná al Alto Perú y, de ahí, de vuelta al momento de su asesinato en Berruecos.

El narrador conduce a estas voces aísladas a encontrarse finalmente, más allá de la muerte. Lo que une a estas tres voces de ultratumba es su obsesión con el pasado. Sin embargo, estas voces no dependen de su sola memoria para rememorar el pasado. Curiosamente, los espíritus de Sucre, Mariana y Caicedo necesitan de documentos, escritos, cartas, legajos, expedientes, archivos, para recuperar su pasado. Así el narrador-historiador usa como asistentes a los espectros de sus personajes y los manda al sótano de la Casa Azul, donde Mariana y Sucre vivieron brevemente, para recolectar papeles y más papeles. Los tres espíritus entran al sótano y descubren los archivos personales de Sucre. Baúles con prendas de vestir. Cajones con espadas y ornamentos militares. Y documentos, muchos documentos. Un festín para cualquier escarbador del pasado. De esta manera los tres espíritus se convierten en los arqueólogos de su propio pasado, desenterrando recuerdos a través de la lectura de cartas, apuntes, decretos, cuentas...

El narrador es un punto de vista que observa la realidad histórica desde su gabinete de investigador: "Uno que ha, no digamos conocido al Libertador, pues aún siendo contemporáneo de él hubiese sido innverosímil semejante privilegio, sino uno que ha fatigado biografías, proclamas, escritos de su puño y letra, y husmeado en los documentos que, bien o mal, se custodiaban en la Casa Azul, puede hacer el ejercico de imaginar a Bolivar..." Pero es un investigador que se empeña en buscar lo personal, lo íntimo, en la historia monumental de las batallas, las fecahs y los números, aunque desespere a veces: "uno se esfuerza por conocer la vida cotidiana de los héroes y encuentra tan poco."

Los tres espectros encarnan en sus voces los distintos personajes que irán apareciendo en la narración. Poco a poco, la campaña de Sucre en Perú y el Alto Perú empieza a a dibujarse a través de recuerdos y documentos: Crespo, el ayudante boliviano de Sucre y sus historias de la guerrilla de Ayopaya; los viajes interminable por el altiplano; el maestro Simón Rodríguez en Tiawanaku; el infante don Tomasito Frías; el doctor Olañeta; el Mariscal Andrés de Santa Cruz... Poco a poco va apareciendo la obra del militar, estratega y estadista que, muy a su pesar, tuvo que conducir el gobierno de la recién creada república boliviana. El espacio del sótano de la casa azul donde están los archivos personales de Sucre es como un aleph que contine la totalidad impoisble no sólo de la experiencia personal de Sucre, sino de la experiencia colectiva que desembocó en la creación de Bolivia. Apunta el narrador: "Preguntas, conjeturas, cavilaciones, risas; ecos y espejos; frases sueltas e interpolaciones: todo eso fue conformando el ovillo de la memoria cuya punta podríamos decir que uno la tomó en el sótano de la Casa Azul".

El narrador de esta novela actúa a veces como un apuntador teatral soplándole las palabras al oído a sus personajes desde su escondite subterráneo. Lo mismo hace con los documentos. Los obliga a hablar, o los compulsa, como le hace decir el narrador a Sucre: "compulsar documentos para probarles a Marianita y Caicedo que las cosas que decía no eran inventos míos."

Y ¿por qué Sucre tiene que probarles a Mariana y a su edecán que no se inventa nada? El lector no lo sabe, pero lo va descubriendo página a página, a medida que se suceden batallas, estrategias, desencuentros, derrotas y victorias. Sucre siente la necesidad de hurgar en el pasado para descubrir el hilo del destino que lo llevó a la muerte y que le impidió disfrutar de lo que tanto quería: una vida tranquila como padre de familia productivo, alejado de la vida pública. Vamos descubriendo que Sucre fue político y estadista a regañadientes.

Sin embargo, cuando le tocó tomar decisiones no dudó en convertirse en el artífice del equilibrio geopolítico regional que evitaría el posible enfrentamiento entre los ejércitos que venían del norte, desde Colombia, y los del Rio de la Plata. Desde esa perspectiva esta novela es una indagación en la historia subterránea de nuestro país, una exploración de personajes oscuros o brillantes, alabados o vilipendiados por la historia oficial, la de los manuales escolares. Ahí está el doctor Olañeta, que contribuiría decididamente a la formación de Bolivia pero cuyo oportunismo era infinito.

Ahí está también Andrés de Santa Cruz, Mariscal de Zepita, que le hizo la vida imposible a Sucre durante la guerra y cuya habilidad como militar no sale bien parada de esta novela. No hay que olvidar a una figura como la de José Miguel Lanza, patriota guerrillero que luchó denodadamente hasta la victoria, pero cuyo comportamiento como hombre público, según Sucre, dejaba mucho que desear. Ahí está el mismo Simón Bolivar, cuya visión, demasiado abarcadora, de la geopolítica americana le impedía ver los pequeños detalles que hacían a la política criolla.

Antonio José de Sucre aparece en esta novela como el más candoroso y el menos caudillesco de los caudilllos militares del siglo XIX boliviano, como el modelo de militar demócrata que tendrá poca fortuna entre nosotros, al menos si hacemos casos a las historias que nos presentan a Belzu y Melgarejo como el summum de la degradación política. A partir de una narración que mezcla la cotidianidad con el dato estadístico y la visión de conjunto, esta novela nos acerca de una manera creativa a la gestación de una entidad socio-política que, aún a principios del siglo XXI, está definiéndose. Aspectos como la formulación de las leyes y decretos reformistas de Sucre, su apoyo a la prensa liberal, las intrigas de la política chuquisaqueña, aparecen de manera órganica, enmarcadas en la narración histórica que mezcla lo privado y lo público para darnos una perspectiva panorámica y microscópica a la vez.

En fin, esta novela explora la intensísima existencia de estos personajes, hombres y mujeres, enredados en los hilos de sus propios recuerdos. Al final, la muerte, como ausencia de deseo, es el punto desde donde los personajes de esta novela observan su propia existencia sin las pasiones que los consumieron cuando vivos: "Pues si no hay ambición ni rango ni batalla ni amor por los cuales luchar, ¿qué le queda a un difunto sino su inocencia última y su veracidad." Esta declaración de fe narrativa es la que justifica la novela.

Referencias

Oporto Ordoñez, Luis. Historia de la archivística boliviana. La Paz: Progra de Investigación Estratégica; Biblioteca y Archivo Histórico del H. Congreso Nacional; Colegio Nacional de Historiadores de Bolivia, 2006.
Rocha Monroy, Ramón. ¡Qué solos se quedan los muertos! Santa Cruz: Editorial El País, 2006.

 



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