"El ovillo de la memoria,"
o el archivo del siglo XIX en la última novela de Ramón Rocha Monroy
Hay una desmesurada intención en esta novela. Algo así como el intento de
Pierre Menard de reescribir El Quijote, o la delirante vigilia en la que cada
día Funes el memorioso ordena cada uno de sus recuerdos. Hay un deseo de
abarcar toda una vida y, palmo a palmo, repetirla en todos sus detalles. Y es
en la obsesiva fidelidad a los detalles históricos donde esta novela logra
construir una imagen intensa de la figura de Antonio José de Sucre, Mariscal de
Ayacucho y fundador de
"Si el dinero es el nervio de la guerra,
bien pudiera añadirse que las cuentas son el nervio de la verdad
histórica" (Gabriel René Moreno, citado en Oporto Ordoñez 203)
Al igual que el Pierre Menard de Borges, el
narrador de la novela de Ramón Rocha Monroy se embarca en una tarea imposible,
por inacabable. Repetir los detalles de una existencia, sumergirse en el rio de
la memoria para fijar las imágenes del pasado y coleccionarlas en la intensa
contemplación del presente, tal es la tarea que se trazó el narrador de ¡Qué
sólos se quedan los muertos! Pero al contrario de Borges, que condena de
antemano al fracaso el proyecto literario de Menard o el sistema mnemotécnico
de Funes, el narrador de Rocha Monroy jubilosamente empieza una tarea que
intuye imposible pero que considera necesaria.
La plegaria que encabeza la novela y que
convoca al espíritu de Antonio José es la expresión de una fe atea en la
perpetuidad del instante y de la memoria. Dice la oración en su parte final:
"Vigilia sin Dios, sin más allá de este presente sin hoy, de este viaje
inmóvil a la nada, de esta sucesión de ecos y espejos que recogen imágenes de
espectros." Esa fe es la que mueve al narrador a rescatar la memoria de
Antonio José.
La narración comienza con la ceremonia que,
exactamente 70 años después de su muerte por asesinato en Berruecos el 4 de
junio de 1830, viene a quebrar el silencio que había cubierto la memoria de
Antonio José de Sucre. Para entonces ya habían muerto la viuda, Mariana
Carcelén, el edecán Caicedo, y probablemente no sobrevivía ningún veterano de
las guerras por la independencia. El narrador empieza a deshacer el ovillo de
la memoria intercalando su narración con la voz de Mariana. Después del
asesinato la viuda había mandado traer el cuerpo de su marido en secreto a
Quito y lo depositó en una cripta de iglesia. Allí acudía a decir oraciones que
"se convertían en confidencias pronunciadas casi para sí misma" pero
que poco a poco se transformaron en un diálogo, en un coversatorio a tres
voces, cuando se une a Mariana el edecán Caicedo y la voz de ultratumba de
Sucre empieza a surgir entre los intersticios de la narración.
A partir de esta escena inicial en la cripta
donde la viuda Mariana Carcelén y el edecán Caicedo le susurran confidencias a
la tumba de Sucre, la narración progresa hacia atrás, evocando primero la
muerte en Berruecos, luego la historia sentimental entre Sucre y Mariana,
pasando por las campañas militares que llevaron a Sucre desde su natal Cumaná
al Alto Perú y, de ahí, de vuelta al momento de su asesinato en Berruecos.
El narrador conduce a estas voces aísladas a
encontrarse finalmente, más allá de la muerte. Lo que une a estas tres voces de
ultratumba es su obsesión con el pasado. Sin embargo, estas voces no dependen
de su sola memoria para rememorar el pasado. Curiosamente, los espíritus de
Sucre, Mariana y Caicedo necesitan de documentos, escritos, cartas, legajos,
expedientes, archivos, para recuperar su pasado. Así el narrador-historiador
usa como asistentes a los espectros de sus personajes y los manda al sótano de
El narrador es un punto de vista que observa la
realidad histórica desde su gabinete de investigador: "Uno que ha, no
digamos conocido al Libertador, pues aún siendo contemporáneo de él hubiese
sido innverosímil semejante privilegio, sino uno que ha fatigado biografías,
proclamas, escritos de su puño y letra, y husmeado en los documentos que, bien
o mal, se custodiaban en
Los tres espectros encarnan en sus voces los
distintos personajes que irán apareciendo en la narración. Poco a poco, la
campaña de Sucre en Perú y el Alto Perú empieza a a dibujarse a través de
recuerdos y documentos: Crespo, el ayudante boliviano de Sucre y sus historias
de la guerrilla de Ayopaya; los viajes interminable por el altiplano; el
maestro Simón Rodríguez en Tiawanaku; el infante don Tomasito Frías; el doctor
Olañeta; el Mariscal Andrés de Santa Cruz... Poco a poco va apareciendo la obra
del militar, estratega y estadista que, muy a su pesar, tuvo que conducir el
gobierno de la recién creada república boliviana. El espacio del sótano de la
casa azul donde están los archivos personales de Sucre es como un aleph que
contine la totalidad impoisble no sólo de la experiencia personal de Sucre,
sino de la experiencia colectiva que desembocó en la creación de Bolivia.
Apunta el narrador: "Preguntas, conjeturas, cavilaciones, risas; ecos y
espejos; frases sueltas e interpolaciones: todo eso fue conformando el ovillo
de la memoria cuya punta podríamos decir que uno la tomó en el sótano de
El narrador de esta novela actúa a veces como
un apuntador teatral soplándole las palabras al oído a sus personajes desde su
escondite subterráneo. Lo mismo hace con los documentos. Los obliga a hablar, o
los compulsa, como le hace decir el narrador a Sucre: "compulsar
documentos para probarles a Marianita y Caicedo que las cosas que decía no eran
inventos míos."
Y ¿por qué Sucre tiene que probarles a Mariana
y a su edecán que no se inventa nada? El lector no lo sabe, pero lo va
descubriendo página a página, a medida que se suceden batallas, estrategias,
desencuentros, derrotas y victorias. Sucre siente la necesidad de hurgar en el
pasado para descubrir el hilo del destino que lo llevó a la muerte y que le
impidió disfrutar de lo que tanto quería: una vida tranquila como padre de
familia productivo, alejado de la vida pública. Vamos descubriendo que Sucre
fue político y estadista a regañadientes.
Sin embargo, cuando le tocó tomar decisiones no
dudó en convertirse en el artífice del equilibrio geopolítico regional que
evitaría el posible enfrentamiento entre los ejércitos que venían del norte,
desde Colombia, y los del Rio de
Ahí está también Andrés de Santa Cruz, Mariscal
de Zepita, que le hizo la vida imposible a Sucre durante la guerra y cuya
habilidad como militar no sale bien parada de esta novela. No hay que olvidar a
una figura como la de José Miguel Lanza, patriota guerrillero que luchó
denodadamente hasta la victoria, pero cuyo comportamiento como hombre público,
según Sucre, dejaba mucho que desear. Ahí está el mismo Simón Bolivar, cuya
visión, demasiado abarcadora, de la geopolítica americana le impedía ver los
pequeños detalles que hacían a la política criolla.
Antonio José de Sucre aparece en esta novela
como el más candoroso y el menos caudillesco de los caudilllos militares del
siglo XIX boliviano, como el modelo de militar demócrata que tendrá poca
fortuna entre nosotros, al menos si hacemos casos a las historias que nos
presentan a Belzu y Melgarejo como el summum de la degradación política. A
partir de una narración que mezcla la cotidianidad con el dato estadístico y la
visión de conjunto, esta novela nos acerca de una manera creativa a la
gestación de una entidad socio-política que, aún a principios del siglo XXI,
está definiéndose. Aspectos como la formulación de las leyes y decretos
reformistas de Sucre, su apoyo a la prensa liberal, las intrigas de la política
chuquisaqueña, aparecen de manera órganica, enmarcadas en la narración
histórica que mezcla lo privado y lo público para darnos una perspectiva
panorámica y microscópica a la vez.
En fin, esta novela explora la intensísima
existencia de estos personajes, hombres y mujeres, enredados en los hilos de
sus propios recuerdos. Al final, la muerte, como ausencia de deseo, es el punto
desde donde los personajes de esta novela observan su propia existencia sin las
pasiones que los consumieron cuando vivos: "Pues si no hay ambición ni
rango ni batalla ni amor por los cuales luchar, ¿qué le queda a un difunto sino
su inocencia última y su veracidad." Esta declaración de fe narrativa es
la que justifica la novela.
Referencias
Oporto Ordoñez, Luis. Historia de la
archivística boliviana.
Rocha Monroy, Ramón. ¡Qué solos se quedan los muertos! Santa Cruz: Editorial El
País, 2006.